sábado, 11 de abril de 2015

Capítulo 5

Otra fuerza a la que enfrentarse, otra parte que busca el poder y ha decidido
usarme como ficha de su juego, aunque las cosas nunca parecen salir según lo
previsto. Primero estaban los Vigilantes de los Juegos, que me convirtieron en su
estrella para después recuperarse como pudieron de aquel puñado de bayas
venenosas. Después el presidente Snow, que intentó usarme para apagar las llamas
de la rebelión y sólo consiguió que cada uno de mis actos resultara incendiario. A
continuación, los rebeldes me atrapan en la zarpa metálica que me saca de la arena y
me nombran Sinsajo, y después tienen que recuperarse de la conmoción de descubrir
que quizá yo no desee las alas. Y ahora Coin, con su puñado de preciados misiles y
su maquinaria bien engrasada, descubre que es mucho más difícil acicalar a un
sinsajo que cazarlo. Pero ha sido la más rápida en determinar que tengo mis propios
objetivos y, por tanto, no puede confiar en mí. Ha sido la primera que me ha
marcado en público como una amenaza.
Acaricio la espesa capa de burbujas de mi bañera. Limpiarme es el paso preliminar
para decidir mi nuevo aspecto. Con el pelo dañado por el ácido, la piel quemada por
el sol y unas feas cicatrices, el equipo de preparación tiene que ponerme guapa y
después herirme, quemarme y marcarme de manera más atractiva.
‐ Ponedla en base de belleza cero ‐fue lo primero que ordenó Fulvia esta mañana‐.
Trabajaremos a partir de ahí.
Al final resulta que la base de belleza cero es el aspecto que tendría una persona si
se levantara de la cama con un aspecto perfecto, pero natural. Significa que me cortan
las uñas a la perfección, aunque no las pintan; que tengo el pelo sedoso y reluciente,
aunque sin peinar demasiado; que me dejan la piel suave e impoluta, aunque sin
pintarla; que me hacen la cera y me borran las ojeras, aunque sin realizar mejoras
visibles. Supongo que Cinna dio las mismas instrucciones el primer día que llegué
como tributo al Capitolio. Aquello era distinto, ya que era una concursante y ahora
soy una rebelde, así que supongo que tendré que parecerme más a mí misma. Sin
embargo, resulta que los rebeldes televisados también tienen que estar a la altura.
Después de enjuagarme la espuma, me vuelvo y veo a Octavia esperando con una
toalla. Sin la ropa chillona, el exceso de maquillaje, los tintes, las joyas y los adornos
del pelo, no tiene nada que ver con la mujer que conocí en el Capitolio. Recuerdo que
un día se presentó con una melena rosa fuerte salpicada de parpadeantes luces de
colores con forma de ratones. Me dijo que en casa tenía varios ratones como
mascotas, cosa que me repugnó en su momento, ya que nosotros consideramos
alimañas a los ratones, a no ser que estén cocinados. Sin embargo, a Octavia le
gustaban porque eran pequeñitos, suaves y hacían ruidos chillones, como ella.
Mientras me seca, intento acostumbrarme a la Octavia del Distrito 13. Su color de
pelo real resulta ser un caoba muy bonito. Tiene una cara normal, aunque con una
dulzura innegable. Es más joven de lo que pensaba, quizá veintipocos. Sin las uñas
decorativas de ocho centímetros sus dedos son casi cortos y no dejan de temblar.
Quiero decirle que no pasa nada, que me aseguraré de que Coin no vuelva a hacerle
daño, pero los moratones multicolores que florecen bajo su piel verde me recuerdan
mi impotencia.
Flavius también parece desvaído sin los labios morados y la ropa de colores. Eso
sí, ha conseguido ordenar más o menos sus tirabuzones naranjas. Es Venia la que ha
cambiado menos: su pelo turquesa cae liso en vez de estar de punta, y se le ven las
raíces grises, pero los tatuajes son su rasgo más llamativo, y siguen tan dorados y
sorprendentes como siempre. Se acerca y le quita la toalla a Octavia.
‐ Katniss no va a hacernos daño ‐le dice a Octavia en voz baja, aunque firme‐. Ella
ni siquiera sabía que estábamos allí. Todo irá mejor ahora.
Octavia asiente levemente, aunque no se atreve a mirarme a los ojos.
No es fácil dejarme en base de belleza cero, ni siquiera con el arsenal de productos,
herramientas y cacharros que Plutarch tuvo la previsión de sacar del Capitolio. Mi
equipo lo hace bastante bien hasta que intentan solucionar el agujero que me dejó
Johanna en el brazo al sacar el dispositivo de seguimiento. El equipo médico no tuvo
en cuenta la estética cuando lo remendó, así que ahora tengo una cicatriz irregular y
llena de bultos que ocupa el tamaño de una manzana. Normalmente me lo tapa la
manga, pero el traje de Cinna está diseñado para que las mangas lleguen hasta justo
encima del codo. Es un problema tan gordo que llaman a Fulvia y Plutarch para
analizarlo. Juro que la visión de la cicatriz hace que Fulvia tenga arcadas. Cuánta
sensibilidad para alguien que trabaja con un Vigilante. En fin, supongo que sólo está
acostumbrada a ver cosas desagradables en una pantalla.
‐ Todos saben que tengo la cicatriz ‐digo, malhumorada.
‐ Saberlo y verla son dos cosas muy distintas ‐replica Fulvia‐. Es completamente
repulsivo. Plutarch y yo pensaremos en algo durante la comida.
‐ No pasará nada ‐dice Plutarch, restándole importancia‐, puede que con un
brazalete o algo así.
Asqueada, me visto para poder ir al comedor y me encuentro con mi equipo de
preparación apiñado en un grupito junto a la puerta.
‐ ¿Es que os traen aquí la comida? ‐les pregunto.
‐ No ‐responde Venia‐, se supone que tenemos que ir a un comedor.
Suspiro para mis adentros y me imagino entrando en el comedor con estos tres
detrás, pero, de todos modos, la gente siempre me mira, así que tampoco varía
mucho.
‐ Os enseñaré dónde es, venga.
Las miradas furtivas y los murmullos por lo bajo que suelo despertar no son nada
comparados con la reacción que produce mi estrafalario equipo de preparación. Las
bocas abiertas, los dedos acusadores, las exclamaciones…
‐ No hagáis caso ‐les digo a los tres, que me siguen por la fila con la mirada gacha
y movimientos mecánicos para aceptar los cuencos de estofado de pescado grisáceo y
quingombó, y las tazas de agua.
Nos sentamos a mi mesa junto a un grupo de la Veta que resulta ser un poco más
discreto que la gente del 13, aunque quizá por vergüenza. Leevy, que era vecino mío
en el 12, saluda con cautela a mi equipo , y la madre de Gale, Hazelle, que debe de
saber lo de su encierro, levanta una cucharada de estofado.
‐ No os preocupéis ‐comenta‐, sabe mejor de lo que parece.
Sin embargo es Posy, la hermana de cinco años de Gale, la que más ayuda. Corre
por el banco hasta Octavia y le toca la piel con indecisión.
‐ Eres verde, ¿estás enferma?
‐ Es por moda, Posy, como llevar pintalabios ‐explico.
‐ Se supone que es bonito ‐susurra Octavia, y veo que las lágrimas están a punto
de mojarle las pestañas.
Posy se lo piensa y afirma, rotunda:
‐ Creo que estarías bonita con cualquier color.
Los labios de Octavia esbozan una diminuta sonrisa, y responde:
‐ Gracias.
‐ Si de verdad quieres impresionar a Posy tendrás que teñirte de rosa chillón ‐dice
Gale al dejar su bandeja junto a la mía‐. Es su color favorito. ‐Posy suelta una risita y
se desliza por el banco para volver con su madre. Gale señala con la cabeza el cuenco
de Flavius‐. Será mejor que no se te enfríe, no mejora la consistencia.
Todos nos ponemos a comer. El estofado no sabe mal, pero sí que tiene una
viscosidad difícil de soportar, como si tuvieras que tragar tres veces cada bocado
para bajarlo del todo.
Gale, que no suele hablar mucho durante las comidas, se esfuerza por mantener
viva la conversación preguntando por el maquillaje. Sé que intenta suavizar las cosas
porque anoche discutimos cuando sugirió que no había dejado más opción a Coin
que contrarrestar mi exigencia con la suya:
«‐Katniss, ella dirige este distrito. No puede hacerlo si parece que se pliega a tu
voluntad.
»‐Quieres decir que no soporta ninguna disensión, aunque sea justa ‐contraataqué.
»‐Quiero decir que la dejaste mal. Obligarla a otorgar la inmunidad a Peeta y los
otros sin saber qué clase de problemas pueden causar…
»‐Entonces, ¿tendría que haber seguido con el guión y dejar que los demás tributos
se las apañen? Da un poco igual, ¡porque eso es lo que estamos haciendo de todas
formas!».
Entonces le cerré la puerta en las narices. No me senté con él en el desayuno, y
cuando Plutarch lo envió a entrenamiento esta mañana, lo dejé marchar sin decir
palabra. Sé que sólo hablaba porque se preocupa por mí, pero necesito que esté de mi
parte, no de la de Coin. ¿Cómo es que no lo sabe?
Después de comer, Gale y yo tenemos que ir a Defensa Especial para reunirnos
con Beetee. En el ascensor, Gale dice al fin:
‐ Sigues enfadada.
‐ Y tú sigues sin sentirlo.
‐ Sigo manteniendo lo que dije. ¿Quieres que te mienta?
‐ No, quiero que te lo vuelvas a pensar y llegues a la conclusión correcta ‐
respondo, pero se ríe.
Tengo que dejarlo pasar, no tiene sentido intentar dictar a Gale lo que debe pensar.
Además, para ser sincera, ésa es una de las razones por las que confío en él.
La planta de Defensa Especial está situada casi tan abajo como las mazmorras en
las que encontramos al equipo de preparación. Es una colmena de salas llenas de
ordenadores, laboratorios, equipo de investigación y pistas de pruebas.
Cuando preguntamos por Beetee, nos dirigen a través del laberinto hasta que
llegamos a una enorme ventana de lámina de vidrio. Dentro guardan la primera cosa
bella que veo en el Distrito 13: una réplica de un prado lleno de árboles de verdad y
plantas en flor, y repleto de colibrís. Beetee está sentado inmóvil en una silla de
ruedas en el centro del prado observando cómo un pájaro verde flota en el aire
sorbiendo el néctar de una gran flor naranja. Sus ojos siguen al pájaro que se aleja, y
entonces nos ve y nos hace un gesto amistoso para que entremos con él.
El aire es fresco y respirable, no húmedo y pesado como cabría esperar. Desde
todas las esquinas nos llega el zumbido de alas diminutas, que antes confundía con el
de los insectos de nuestro bosque. Me pregunto cómo es posible que hayan
construido algo tan bello en este lugar.
Beetee todavía tiene la palidez de un convaleciente, aunque detrás de esas gafas
que tan mal le sientan se le ven los ojos brillantes de la emoción.
‐ ¿A que son magníficos? Los del 13 llevan años estudiando aquí su aerodinámica.
Vuelo hacia delante y marcha atrás, y velocidades de hasta noventa y seis kilómetros
por hora. ¡Ojalá pudiera fabricarte unas alas así, Katniss!
‐ Dudo que supiera manejarlas ‐respondo entre risas.
‐ Un segundo aquí y otro allí. ¿Serías capaz de derribar a un colibrí con una flecha?
‐me pregunta.
‐ Nunca lo he intentado, no tienen mucha carne.
‐ No, y no eres de las que matan por deporte ‐dice él‐, pero seguro que cuesta
acertarles.
‐ Quizá podría usarse una trampa ‐comenta Gale; tiene esa expresión distante que
pone cuando está dándole vueltas a algo‐. Se usa una red con una malla muy fina, se
cierra una zona y se deja una abertura de unos dos metros cuadrados. En el interior
se ponen flores con néctar de cebo. Mientras se alimentan, se cierra la abertura.
Huirían al oír el ruido, pero sólo llegarían al otro extremo de la red.
‐ ¿Funcionaría eso? ‐pregunta Beetee.
‐ No lo sé, sólo es una idea ‐responde Gale‐. Puede que sean demasiado listos.
‐ Puede, pero juegas con su instinto natural de huir del peligro. Pensar como tus
presas…, así se descubren sus puntos débiles.
Recuerdo algo en lo que no quiero pensar: mientras nos preparábamos para el
Vasallaje, vi una cinta en la que Beetee, que no era más que un crío, conectaba dos
cables y electrocutaba a una manada de chicos que intentaba cazarlo. Las
convulsiones de los cuerpos, las expresiones grotescas… En los momentos anteriores
a su victoria en aquellos lejanos Juegos del Hambre, Beetee contempló las muertes de
los demás. No era culpa suya, sólo defensa propia. Todos actuábamos en defensa
propia…
De repente quiero salir de la sala de los colibrís antes de que alguien empiece a
montar una trampa.
‐ Beetee, Plutarch nos ha dicho que tenías algo para mí.
‐ Cierto, así es, tu nuevo arco.
Pulsa un control manual en el brazo de la silla y sale rodando de la sala. Mientras
lo seguimos por las vueltas y revueltas de Defensa Especial, nos explica lo de la silla.
‐ Ahora puedo caminar un poco, pero me canso muy deprisa. Me resulta más fácil
manejarme con esto. ¿Cómo le va a Finnick?
‐ Tiene… problemas de concentración ‐respondo; no quiero decir que sufre un
deterioro mental completo.
‐ Problemas de concentración, ¿eh? ‐dice Beetee, esbozando una sonrisa triste‐. Si
supieras por lo que ha pasado Finnick en los últimos años, sabrías el mérito que tiene
que siga entre nosotros. En fin, dile que he estado trabajando en un nuevo tridente
para él, ¿vale? Algo para distraerlo un poco.
Diría que lo que menos necesita Finnick son distracciones, pero prometo pasar el
mensaje.
Cuatro soldados protegen la entrada del pasillo que pone: «Armamento especial».
Comprobar los horarios de los antebrazos no es más que un paso preliminar.
También nos hacen escáneres de huellas, retina y ADN, y tenemos que pasar a través
de unos detectores de metal especiales. Beetee deja su silla de ruedas fuera, aunque le
proporcionan otra cuando entramos. Todo me parece muy extraño porque no creo
que nadie criado en el Distrito 13 pueda ser una amenaza para el Gobierno. ¿Han
montado estas medidas de seguridad por la reciente entrada de inmigrantes?
En la puerta de la armería nos encontramos con una segunda ronda de
comprobaciones de identidad (como si mi ADN hubiera cambiado en el rato que
hemos tardado en recorrer los veinte metros del pasillo) y por fin nos permiten entrar
en la colección de armas. Tengo que reconocer que el arsenal me quita el aliento: fila
tras fila de armas de fuego, lanzadores, explosivos y vehículos armados.
‐ Obviamente, la División Aerotransportada se guarda por separado ‐nos explica
Beetee.
‐ Obviamente ‐respondo, como si no cupiera duda.
No sé cómo van a encajar un arco y una flecha en un equipo de alta tecnología
como éste, hasta que llego a una pared llena de arcos mortíferos. Durante el
entrenamiento jugué con muchas de las armas del Capitolio, pero ninguna había sido
diseñada para el combate militar. Centro mi atención en un arco de aspecto letal tan
lleno de miras y dispositivos varios que seguro que ni puedo levantarlo, por no
hablar ya de disparar con él.
‐ Gale, quizá quieras probar unos cuantos de éstos ‐dice Beetee.
‐ ¿En serio? ‐responde Gale.
‐ Al final te darán un arma de fuego para la batalla, por supuesto, pero si apareces
como parte del equipo de Katniss en las propos, una cosa de éstas quedará más
vistosa. Se me había ocurrido que te gustaría elegir una que te vaya bien.
‐ Sí, claro.
Gale agarra justo el arco que me había llamado la atención hace un momento y se
lo lleva al hombro. Apunta con él hacia varios lugares de la sala y observa todo a
través de la mira.
‐ No parece muy justo para los ciervos ‐comento.
‐ Pero no lo usaría contra los ciervos, ¿no? ‐responde él.
‐ Ahora mismo vuelvo ‐dice Beetee antes de meter un código en un panel y abrir
así una puertecita. Lo veo desaparecer y se cierra la puerta.
‐ Entonces, ¿te resultaría fácil usarlo contra personas? ‐pregunto.
‐ No he dicho eso ‐responde Gale, bajando el arco‐, pero si hubiera tenido un arma
con la que evitar lo que pasó en el 12…, si hubiera tenido un arma para mantenerte
fuera de la arena… la habría usado.
‐ Yo también ‐reconozco, aunque no sé qué decirle sobre las consecuencias de
matar a una persona, sobre cómo esa persona sigue dentro de ti para siempre.
Beetee vuelve con una caja negra, alta y rectangular mal colocada entre su
reposapiés y el hombro. Se detiene y se inclina hacia mí.
‐ Para ti.
Dejo la caja en el suelo y abro los pestillos del lateral. La tapa se abre sin hacer
ruido. Dentro, sobre un lecho de terciopelo marrón arrugado, hay un arco negro
impresionante.
‐ Oh ‐susurro, admirada.
Levanto con cuidado el arco para contemplar su exquisito equilibrio, el elegante
diseño y la curva de los extremos que, de algún modo, recuerdan a las alas de un
pájaro en vuelo. Hay algo más: tengo que quedarme muy quieta para asegurarme de
que no me lo imagino, pero no, el arco está vivo. Me lo llevo a la mejilla y noto el
ligero zumbido que me llega hasta los huesos de la cara.
‐ ¿Qué está haciendo? ‐pregunto.
‐ Te saluda ‐explica Beetee, sonriendo‐. Ha oído tu voz.
‐ ¿Reconoce mi voz?
‐ Sólo tu voz. Verás, sólo querían que diseñara un arco bonito para tu disfraz,
¿sabes? Sin embargo, no dejaba de pensar que era una pérdida de tiempo. Es decir,
¿y si alguna vez lo necesitas de algo más que de adorno? Así que lo dejé sencillo por
fuera y volqué mi imaginación en el interior. Es más fácil explicarlo con la práctica,
¿queréis probarlos?
Queremos. Ya nos han preparado un campo de tiro. Las flechas que ha diseñado
Beetee son tan extraordinarias como el arco; entre las dos cosas, puedo disparar con
precisión a más de noventa metros. La variedad de flechas (afiladas como cuchillas,
incendiarias, explosivas) convierten el arco en un arma multidisciplinar. Cada tipo de
flecha tiene el astil de un color distinto y puedo usar el arco con la voz cuando
quiera, aunque no sé para qué iba a querer hacerlo. Para desactivar las propiedades
especiales del arco sólo tengo que decir: «Buenas noches». Entonces se va a dormir
hasta que el sonido de mi voz vuelve a despertarlo.
Cuando dejo a Beetee y a Gale para volver con mi equipo de preparación, estoy de
buen humor. Aguanto pacientemente el resto del trabajo de maquillaje y me pongo
mi disfraz, que ahora incluye una venda ensangrentada sobre la cicatriz del brazo, de
modo que quede claro que he entrado en combate hace poco. Venia me pone la
insignia del sinsajo a la altura del corazón. Recojo el arco y el carcaj de flechas
normales que me hizo Beetee sabiendo que nunca me permitirían andar por aquí con
las flechas cargadas. Después pasamos al estudio y me tengo que quedar de pie una
eternidad mientras retocan el maquillaje, la luz y el humo. Al final empiezan a
disminuir las órdenes que la gente invisible escondida en la misteriosa cabina
acristalada envía por el intercomunicador. Fulvia y Plutarch ya pasan más tiempo
examinando que retocando. Y por fin se hace el silencio; durante cinco minutos
enteros se limitan a observarme hasta que Plutarch dice:
‐ Creo que así vale.
Me piden que me acerque a un monitor. Vuelven a poner los últimos minutos de
grabación y veo a la mujer en la pantalla. Su cuerpo parece más alto, más imponente
que el mío; tiene la cara manchada, pero sexy; las cejas son de color negro y las
frunce en un gesto de desafío; le salen volutas de humo de la ropa, como sugiriendo
que acaba de apagarse o que está a punto de arder. No sé quién es esta persona.
Finnick, que lleva unas cuantas horas dando vueltas por el decorado, se me acerca
por detrás y dice con un toque de su antiguo humor:
‐ Querrán matarte, besarte o ser como tú.
Todos están emocionados y muy contentos con su trabajo. Ya casi es hora de bajar
a cenar, pero insisten en seguir. Mañana nos centraremos en los discursos y las
entrevistas, y tendré que fingir estar en batallas de los rebeldes. Hoy sólo necesitan
un lema, una única línea que puedan meter en una propo corta para Coin.
La línea es: «¡Pueblo de Panem: lucharemos, desafiaremos y acabaremos con
nuestra hambre de justicia!». Por la forma en que la presentan sé que han pasado
meses, puede que años, creándola y que están muy orgullosos de ella. Sin embargo,
es mucho para mí, muy rígido. No me imagino diciéndolo de verdad en la vida real,
salvo imitando el acento del Capitolio para reírme de ellos. Como cuando Gale y yo
imitábamos el lema de Effie Trinket: «¡Que la suerte esté siempre, siempre de vuestra
parte!». Pero tengo a Fulvia encima describiendo una batalla en la que acabo de estar,
que mis camaradas están muertos a mi alrededor y que, para arengar a los vivos,
debo volverme hacia la cámara y ¡gritar la línea!
Me devuelven corriendo a mi sitio, y la máquina de humo entra en acción.
Alguien pide silencio, las cámaras empiezan a rodar y oigo: «¡Acción!». Así que
levanto el arco sobre la cabeza y chillo con toda la rabia que logro reunir:
‐ ¡Pueblo de Panem: lucharemos, desafiaremos y acabaremos con nuestra hambre
de justicia!
El plató guarda silencio. Y el silencio dura y dura.
Finalmente se activa el intercomunicador y la dura risa de Haymitch resuena por
el estudio. Se contiene lo justo para decir:
‐ Y así, amigos míos, es como muere una revolución.

Capítulo 4

El hedor a cuerpos sucios, orina rancia e infección me llega a través de la nube de
antiséptico. La única forma de reconocerlos son sus alteraciones más notables en pro
de la moda: los tatuajes faciales dorados de Venia, los tirabuzones naranjas de
Flavius y la perenne piel verde claro de Venia, que ahora cuelga un poco, como si su
cuerpo fuera un globo desinflándose lentamente.
Al verme, Flavius y Octavia se aplastan contra la pared de azulejos como si
esperasen un ataque, aunque yo nunca les he hecho daño. Lo peor que les he hecho
es pensar maldades sobre ellos que jamás dije en voz alta, así que ¿por qué
retroceden?
El guardia me ordena que salga, pero, por el movimiento posterior, sé que Gale ha
logrado detenerlo. Me dirijo a Venia en busca de respuestas porque siempre ha sido
la más fuerte. Me agacho y le tomo las manos heladas, que se aferran a las mías como
un torno.
‐ ¿Qué ha pasado, Venia? ¿Qué hacéis aquí?
‐ Nos sacaron del Capitolio ‐responde ella con voz ronca.
‐ Pero ¿qué está pasando aquí? ‐pregunta Plutarch, entrando en la habitación.
‐ ¿Quién os sacó? ‐insisto.
‐ Gente ‐responde ella sin precisar‐. La noche que huiste.
‐ Nos pareció que quizá te reconfortaría tener a tu equipo de siempre ‐dice
Plutarch detrás de mí‐. Lo solicitó Cinna.
‐ ¿Cinna solicitó esto? ‐le salto, porque si hay algo que sé es que Cinna nunca
habría aprobado que abusaran así de estos tres, teniendo en cuenta la paciencia y la
amabilidad con las que los trataba él‐. ¿Por qué los tienen como a criminales?
‐ Te aseguro que no lo sé.
Algo en su voz hace que me lo crea, y la palidez de Fulvia lo confirma. Plutarch se
vuelve hacia el guardia, que acaba de aparecer en la puerta con Gale detrás y le dice:
‐ Sólo me contaron que los habían encerrado. ¿Por qué los están castigando?
‐ Por robar comida ‐responde el guardia‐. Tuvimos que retenerlos después de un
altercado por un trozo de pan.
Venia junta las cejas como si intentara encontrarle el sentido.
‐ Nadie nos decía nada. Teníamos mucha hambre. Sólo cogió una rebanada.
Octavia, temblorosa, empieza a sollozar y ahoga el sonido en su andrajosa túnica.
Me acuerdo de que la primera vez que sobreviví a la arena Octavia me pasó un
panecillo por debajo de la mesa porque no soportaba verme con hambre. Me arrastro
hasta ella.
‐ ¿Octavia? ‐le digo, pero, al tocarle el brazo, da un respingo‐. ¿Octavia? No va a
pasar nada. Te sacaré de aquí, ¿vale?
‐ Esto parece demasiado extremo ‐dice Plutarch.
‐ ¿Es porque se llevaron una rebanada de pan? ‐pregunta Gale.
‐ Hubo repetidas infracciones anteriormente. Se les advirtió, pero robaron más pan
‐explica el guardia; hace una pausa, como si no entendiera nuestro enfado‐. No se
puede robar pan.
No logro que Octavia se descubra la cara, pero la levanta un poco. Las esposas se
le resbalan un poquito por las muñecas y dejan al descubierto las rozaduras en carne
viva que hay debajo.
‐ Os voy a llevar con mi madre ‐les aseguro, y me dirijo al guardia‐.
Desencadénalos.
‐ No tengo autorización ‐responde el guardia, sacudiendo la cabeza.
‐ ¡Que los desencadenes! ¡Ahora!
Mi grito le hace perder la compostura; los ciudadanos medios no lo tratan así.
‐ No tengo órdenes de liberarlos, y tú no tienes autoridad para…
‐ Hazlo con la mía ‐interviene Plutarch‐. De todos modos, veníamos a recogerlos,
los necesitan en Defensa Especial. Yo asumo toda la responsabilidad.
El guardia sale para hacer una llamada y vuelve con unas llaves. Los del equipo de
preparación llevan tanto tiempo apretujados que, cuando les quitan las esposas, les
cuesta caminar. Gale, Plutarch y yo tenemos que ayudarlos. El pie de Flavius se
engancha en una rejilla metálica sobre una abertura circular en el suelo, y se me
encoge el estómago cuando caigo en por qué una habitación necesita un desagüe. Las
manchas de miseria humana que deben de haberse limpiado a manguerazos de estas
paredes de azulejos blancos…
En el hospital busco a mi madre, la única en la que confío para cuidar de ellos.
Tarda un minuto en reconocerlos, dadas sus condiciones actuales, pero se la ve
consternada, y sé que no es por lo mal que están, porque ha sido testigo de cosas
peores en el Distrito 12, sino por darse cuenta de que este tipo de cosas también
ocurren en el 13.
A mi madre la recibieron bien en el hospital, aunque la consideran más una
enfermera que un médico, a pesar de llevar toda la vida curando gente. Sin embargo,
nadie se mete cuando guía al trío a una sala de reconocimiento para evaluar sus
heridas. Me coloco en un banco del pasillo a la entrada del hospital y espero el
veredicto. Ella sabrá leer en sus cuerpos el dolor que les han causado.
Gale se sienta a mi lado y me pone un brazo sobre los hombros.
‐ Tu madre los arreglará ‐me dice, y yo asiento y me pregunto si estará pensando
en los brutales latigazos que le dieron en el 12.
Plutarch y Fulvia se sientan en el banco que tenemos enfrente, pero no comentan
nada sobre el estado de mi equipo. Si no sabían nada de esto, ¿qué pensarán de este
movimiento de la presidenta Coin? Decido echarles una mano.
‐ Supongo que nos han dado un aviso a todos ‐comento.
‐ ¿Qué? No. ¿A qué te refieres? ‐pregunta Fulvia.
‐ Castigar a mi equipo de preparación es una advertencia ‐respondo‐, y no sólo
para mí, sino también para vosotros; nos dicen quién es la que está al mando y qué
pasa si no la obedecemos. Si os habíais hecho ilusiones sobre llegar el poder, yo me
olvidaría. Al parecer, un linaje del Capitolio no sirve de protección por aquí, e
incluso puede que sea un lastre.
‐ No podemos comparar a Plutarch, que fue el cerebro de la revuelta, con esos tres
esteticistas ‐dice Fulvia en tono glacial.
‐ Si tú lo dices, Fulvia ‐respondo, encogiéndome de hombros‐. Pero ¿qué pasaría si
le llevaras la contraria a Coin? A mi equipo lo secuestraron, así que al menos les
queda la esperanza de poder volver algún día al Capitolio. Gale y yo podemos vivir
en el bosque. ¿Y vosotros? ¿Adónde huiríais?
‐ Quizá seamos un poquito más necesarios para la guerra de lo que tú crees ‐dice
Plutarch sin inmutarse mucho.
‐ Claro que sí, igual que los tributos eran necesarios para los Juegos. Hasta que
dejaron de serlo, momento en el que pasamos a ser muy prescindibles…, ¿verdad,
Plutarch?
Eso acaba con la conversación. Esperamos en silencio hasta que mi madre nos
encuentra.
‐ Se pondrán bien ‐informa‐, no han sufrido daños físicos permanentes.
‐ Bien, maravilloso ‐dice Plutarch‐. ¿Cuándo pueden ponerse a trabajar?
‐ Seguramente mañana. Eso sí, cabe esperar cierta inestabilidad emocional después
de todo lo que han pasado. No estaban preparados para ello, teniendo en cuenta la
vida que llevaban en el Capitolio.
‐ Así estamos todos ‐responde Plutarch.
Plutarch me libera de mis responsabilidades como Sinsajo para el resto del día, no
sé si porque el equipo de preparación está fuera de servicio o porque yo estoy
demasiado nerviosa. Gale y yo vamos a comer, y nos sirven estofado de alubias con
cebolla, una gruesa rebanada de pan y una taza de agua. Después de la historia de
Venia, el pan se me atranca, así que le paso el resto a Gale. Ninguno de los dos habla
mucho mientras comemos, pero, después de limpiar los cuencos, Gale se sube la
manga y deja al descubierto su horario.
‐ Ahora me toca entrenamiento.
Le pego un tirón a mi manga y pongo mi brazo al lado del suyo.
‐ Yo también ‐respondo, y recuerdo que ahora el entrenamiento significa caza.
Estoy tan ansiosa por escapar al bosque, aunque sea por un par de horas, que me
olvido de mis preocupaciones. Una inmersión en el follaje y la luz del sol me
ayudarán a ordenar las ideas. Gale y yo salimos de los pasillos principales y
corremos como críos hacia la armería. Cuando llegamos estoy sin aliento y mareada,
un recordatorio de que todavía no me he recuperado del todo. Los guardias nos
entregan nuestras viejas armas, además de cuchillos y un saco de arpillera para
guardar las presas. Les permito ponerme el dispositivo en el tobillo e intento hacer
como si escuchara cómo usar el intercomunicador portátil. Lo único que se me queda
grabado es que tiene un reloj y que debemos estar dentro del 13 a la hora designada
si no queremos que nos retiren nuestros privilegios de caza. Es la única regla que me
esforzaré en seguir.
Salimos a la gran área de entrenamiento vallada junto al bosque. Los guardias
abren las puertas sin hacer comentarios. Sería muy complicado atravesarlas solos, ya
que se trata de una altura de nueve metros que siempre está electrificada y acaba en
unos afiladísimos rizos de acero. Atravesamos el bosque hasta casi perder de vista la
verja, nos detenemos en un pequeño claro y echamos la cabeza atrás para disfrutar
de la luz del sol. Giro en círculos con los brazos extendidos a los lados, sin correr
mucho para que el mundo no me dé demasiadas vueltas.
La falta de lluvia que vi en el 12 también ha afectado a estas plantas, así que hay
algunas con hojas quebradizas que han formado una alfombra bajo nuestros pies.
Nos quitamos los zapatos. De todos modos, los míos no me encajan bien, ya que, con
su norma de que nada falta al que no malgasta, los del 13 me dieron un par que se le
había quedado pequeño a alguien. Al parecer, uno de los dos anda raro, porque han
cedido por donde no debían.
Cazamos como en los viejos tiempos: en silencio, sin palabras para comunicarnos;
en el bosque nos movemos como dos partes de un mismo ser. Anticipamos los
movimientos del otro y nos protegemos las espaldas. ¿Cuánto tiempo hace desde la
última vez que disfrutamos de esta libertad? ¿Ocho meses? ¿Nueve? No es
exactamente lo mismo después de todo lo sucedido, con los dispositivos de
seguimiento en los tobillos y mi necesidad de descansar a menudo, pero es lo más
parecido a la felicidad que puedo sentir en estos momentos.
Aquí los animales no son lo bastante suspicaces, y el momento de más que tardan
en ubicar nuestro desconocido olor significa su muerte. En hora y media tenemos
una docena variada (conejos, ardillas y pavos), y decidimos dejarlo para pasar el
resto del tiempo junto a un estanque que debe de alimentarse de un manantial
subterráneo, ya que el agua es fresca y dulce.
Cuando Gale se ofrece a limpiar las presas, no pongo objeción. Me meto unas
hojas de menta en la boca, cierro los ojos y me recuesto en una roca para empaparme
de los sonidos dejando que el abrasador sol de la tarde me queme la piel, casi en paz
hasta que la voz de Gale me interrumpe.
‐ Katniss, ¿por qué te importa tanto tu equipo de preparación?
Abro los ojos para ver si está de broma, pero mira con el ceño fruncido el conejo
que despelleja.
‐ ¿Y por qué no?
‐ Hmmm, a ver… ¿Porque se han pasado un año entero poniéndote guapa para la
matanza? ‐sugiere.
‐ Es más complicado, los conozco. No son ni malos ni crueles, ni siquiera son
listos. Hacerles daño es como hacer daño a unos niños. No ven… Es decir, no
saben… ‐Me enredo yo sola.
‐ ¿No saben qué, Katniss? ¿Que los tributos (que son los verdaderos niños de esta
historia, no tu trío de raros) se ven obligados a luchar hasta morir? ¿Que ibas a la
arena para entretener a la gente? ¿Era eso un gran secreto en el Capitolio?
‐ No, pero ellos no lo ven como nosotros ‐respondo‐. Los educan así y…
‐ ¿De verdad los estás defendiendo? ‐me pregunta, arrancándole la piel al conejo
de un solo movimiento.
Eso me pica porque, de hecho, es lo que estoy haciendo, y resulta ridículo. Hago lo
que puedo por encontrar una postura lógica.
‐ Supongo que defiendo a cualquiera al que traten así por llevarse una rebanada
de pan. ¡Quizá me recuerde demasiado a lo que te pasó a ti por un pavo!
Aun así, tiene razón, resulta extraño lo mucho que me preocupo por el equipo de
preparación. Debería odiarlos y querer verlos colgados de un árbol. Sin embargo,
están completamente perdidos y pertenecían a Cinna, y él estaba de mi lado, ¿no?
‐ No busco pelea ‐dice Gale‐, pero no creo que Coin estuviera enviándote un
mensaje al castigarlos por romper las reglas. Seguramente pensaba que lo verías
como un favor ‐afirma; después mete el conejo en el saco y se levanta‐. Será mejor
que nos vayamos si queremos regresar a tiempo.
Paso de la mano que me ofrece para ponerme de pie y me levanto a trompicones.
‐ Pues vale ‐respondo.
Ninguno de los dos habla durante el camino de vuelta, pero, una vez dentro del
recinto, me acuerdo de otra cosa.
‐ Durante el Vasallaje de los Veinticinco, Octavia y Flavius tuvieron que irse
porque no podían parar de llorar. Y Venia apenas fue capaz de decirme adiós.
‐ Intentaré recordarlo mientras te… rehacen.
‐ Sí, hazlo.
Le entregamos la carne a Sae la Grasienta en la cocina. A ella le gusta bastante el
Distrito 13, aunque cree que a los cocineros les falta algo de imaginación.
Obviamente, una mujer capaz de hacer un estofado aceptable con perro salvaje y
ruibarbo debe de sentirse muy limitada en un sitio como éste.
Exhausta por la caza y la falta de sueño, vuelvo a mi compartimento y lo
encuentro vacío. Entonces recuerdo que nos hemos mudado por Buttercup y subo a
la planta de arriba en busca del compartimento E. Es idéntico al 307, salvo por la
ventana (de sesenta centímetros de ancho por veinte de alto) situada en la parte
central superior del muro exterior. Hay una pesada placa metálica que se cierra sobre
ella, pero en estos momentos está abierta y no veo a cierto gato por ninguna parte.
Me estiro en la cama y un rayo de sol de la tarde juega sobre mi rostro. Cuando mi
hermana me despierta son ya las «18:00 ‐ Reflexión».
Prim me cuenta que han estado anunciando la asamblea desde la hora de la
comida. Toda la población debe asistir, salvo los que tengan trabajos esenciales.
Seguimos las instrucciones que nos dan para llegar al Colectivo, una enorme sala en
la que caben sin problemas los miles de personas que aparecen. Resulta evidente que
la construyeron para un aforo mayor, y quizá se llenara antes de la epidemia. Prim
señala discretamente los resultados del desastre: las cicatrices en los cuerpos de los
habitantes y los niños con leves desfiguraciones.
‐ Aquí han sufrido mucho ‐comenta.
Después de lo de esta mañana, no estoy de humor para sentir lástima por el 13.
‐ No más que nosotros en el 12 ‐respondo.
Veo que mi madre conduce a un grupo de pacientes capaces de moverse, todavía
vestidos con los camisones y las batas del hospital. Finnick está entre ellos; parece
desorientado, aunque está guapísimo. Lleva un trozo de cuerda fina de menos de
treinta centímetros entre las manos, demasiado corto para que haga un nudo
servible. Mueve los dedos rápidamente, atando y desatando mientras mira a su
alrededor. Seguramente forma parte de su terapia. Me acerco y lo saludo:
‐ Hola, Finnick. ‐No parece darse cuenta, así que le doy un codazo para llamarle la
atención‐. ¡Finnick! ¿Cómo estás?
‐ Katniss ‐responde, agarrándome la mano, creo que lo alivia encontrar una cara
conocida‐. ¿Por qué nos reunimos aquí?
‐ Le dije a Coin que sería su Sinsajo, pero la obligué a prometer que otorgaría
inmunidad a los demás tributos si los rebeldes ganan. En público, para que haya
muchos testigos.
‐ Ah, bien, porque me preocupa Annie, que diga algo que consideren traición sin
que ella lo sepa.
Annie. Oh, oh, se me había olvidado por completo.
‐ No te preocupes, me encargaré de ello.
Aprieto la mano de Finnick y voy derecha al podio que hay al frente. Coin, que
observa su discurso, arquea las cejas al verme.
‐ Necesito que añadas a Annie Cresta a la lista de indultados ‐le digo.
‐ ¿Quién es? ‐pregunta la presidenta, frunciendo un poco el ceño.
‐ Es la… ‐¿Qué? En realidad no sé cómo llamarla‐. Es la amiga de Finnick Odair,
del Distrito 4. Otra vencedora. La detuvieron y se la llevaron al Capitolio cuando la
arena voló en pedazos.
‐ Ah, la chica loca. En realidad no es necesario, no tenemos costumbre de castigar a
los más frágiles.
Pienso en la escena de esta mañana, en Octavia acurrucada junto a la pared, en
que Coin y yo debemos de tener una definición completamente distinta de la
fragilidad. Sin embargo, me limito a responder:
‐ ¿No? Entonces no supondrá ningún problema añadir a Annie.
‐ De acuerdo ‐dice la presidenta, escribiendo su nombre‐. ¿Quieres estar aquí
arriba durante el anuncio? ‐me pregunta, y sacudo la cabeza‐. Eso me parecía. Será
mejor que te pierdas entre la multitud lo antes posible, porque estoy a punto de
empezar.
Vuelvo con Finnick.
En el 13 tampoco malgastan las palabras. Coin pide la atención del público y le
dice que he aceptado ser el Sinsajo siempre que se indulte a los demás vencedores
(Peeta, Johanna, Enobaria y Annie) por los perjuicios que pudieran causar a los
rebeldes. La multitud murmura y noto que no están de acuerdo. Supongo que nadie
dudaba que quisiera ser el Sinsajo, así que ponerme precio (un precio que, además,
les salva la vida a posibles enemigos) los enfada. Permanezco impasible antes las
miradas hostiles que me lanzan.
La presidenta permite unos momentos de tensión antes de seguir con el mismo
brío de siempre, aunque las palabras que surgen de sus labios son nuevas para mí.
‐ Sin embargo, a cambio de esta solicitud sin precedentes, la soldado Everdeen ha
prometido dedicarse en cuerpo y alma a la causa. Por tanto, si se desvía de su misión,
tanto en motivos como en hechos, lo consideraremos una ruptura del acuerdo y el fin
de la inmunidad, de modo que el destino de los cuatro vencedores quedaría
determinado por las leyes del Distrito 13, al igual que el suyo. Gracias.
En otras palabras: si me aparto del guión acabaremos todos muertos.

Capítulo 3

Los ojos de Buttercup reflejan la tenue luz de la bombilla de seguridad que hay
sobre la puerta. Está tumbado en el hueco del brazo de Prim, de vuelta a su trabajo
de protegerla de la noche. Mi hermana está acurrucada junto a mi madre; dormidas
tienen el mismo aspecto que la mañana de la cosecha que me llevó a mis primeros
Juegos. Yo tengo una cama para mí sola porque estoy recuperándome y porque, de
todos modos, nadie puede dormir conmigo con tantas pesadillas y patadas.
Después de dar vueltas durante horas, por fin acepto que pasaré la noche en vela,
así que, bajo la atenta mirada de Buttercup, voy de puntillas por el frío suelo de
baldosas hasta la cómoda.
El cajón del centro contiene la ropa que me han dado aquí. Todos vestimos los
mismos pantalones y camisas grises, con la camisa metida por dentro. Debajo de la
ropa guardo las pocas cosas que llevaba cuando me sacaron de la arena: mi insignia
del sinsajo; el símbolo de Peeta, el medallón de oro con fotos de Prim, Gale y mi
hermana; un paracaídas plateado con la espita para sacar agua de los árboles; y la
perla que Peeta me dio unas horas antes de que mi flecha hiciera volar por los aires el
campo de fuerza. El Distrito 13 confiscó mi tubo de pomada dermatológica para
usarla en el hospital, y mi arco y mis flechas porque sólo los guardias pueden llevar
armas. Los tienen a buen recaudo en la armería.
Tanteo en busca del paracaídas y meto los dedos dentro hasta dar con la perla.
Después me siento en mi cama con las piernas cruzadas y me acaricio los labios con
la suave superficie irisada de la perla. No sé por qué, pero me calma; es como un frío
beso de la persona que me la regaló.
‐ ¿Katniss? ‐susurra Prim. Está despierta y me mira a través de la oscuridad‐. ¿Qué
te pasa?
‐ Nada, un mal suelo. Vuelve a dormir.
Es automático, siempre aparto a Prim y a mi madre para protegerlas.
Con cuidado de no despertar a nuestra madre, Prim se baja de la cama, recoge a
Buttercup y se sienta a mi lado. Me toca la mano en la que tengo la perla.
‐ Estás fría ‐me dice; saca una manta extra de los pies de la cama, nos enrolla con
ella a los tres, y me envuelve también en su calor y el calor del pellejo de Buttercup‐.
Podrías contármelo, ¿sabes? Se me da bien guardar secretos, no se lo diría a nadie. Ni
siquiera a mamá.
Entonces se ha ido de verdad, se ha ido la niña pequeña a la que le colgaba la
blusa como si fuera la colita de un pato, la que necesitaba ayuda para llegar a los
platos, la que suplicaba ver los pasteles glaseados del escaparate de la panadería. El
tiempo y la tragedia la han obligado a crecer demasiado deprisa, al menos para mi
gusto, y ahora es una joven que sutura heridas sangrantes y sabe que nuestra madre
no puede enterarse de todo.
‐ Mañana por la mañana voy a aceptar convertirme en el Sinsajo ‐le confieso.
‐ ¿Porque quieres o porque te ves obligada?
‐ Las dos cosas, supongo ‐respondo, entre risas‐. No, quiero hacerlo. Tengo que
hacerlo si ayuda a que los rebeldes derroten a Snow. ‐Aprieto la perla con fuerza en
el puño‐. Pero es que… Peeta… Temo que los rebeldes lo ejecuten por traidor si
ganamos.
Prim se lo piensa un poco.
‐ Katniss, no creo que entiendas lo importante que eres para la causa, y la gente
importante suele conseguir lo que desea. Si quieres mantener a Peeta a salvo de los
rebeldes, puedes.
Supongo que soy importante. Se tomaron muchas molestias para rescatarme y,
además, me llevaron al 12.
‐ ¿Quieres decir… que podría exigir que otorguen inmunidad a Peeta? ¿Y tendrían
que aceptar?
‐ Creo que podrías exigir lo que quisieras y ellos tendrían que aceptarlo ‐afirma
Prim, arrugando la frente‐. Pero ¿cómo puedes asegurarte de que mantengan su
palabra?
Recuerdo todas las mentiras que Haymitch nos contó a Peeta y a mí para
conseguir lo que quería. ¿Cómo lograr que los rebeldes no rompan el trato? Una
promesa verbal detrás de puertas cerradas o una promesa en papel podrían
evaporarse después de la guerra. Podrían negar su existencia o su validez, y los
testigos en la sala de mando no servirían de nada. De hecho, seguramente serían los
que firmaran la sentencia de muerte de Peeta. Necesito un grupo de testigos mucho
mayor. Necesito todos los que pueda.
‐ Será en público ‐digo en voz alta. Buttercup da un rabotazo, como si estuviera de
acuerdo‐. Haré que Coin lo anuncie delante de toda la población del 13.
‐ Eso suena bien ‐responde Prim, sonriendo‐. No es una garantía, pero será mucho
más difícil que se retracten.
Siento el alivio de haber llegado a una solución real.
‐ Debería despertarte más a menudo, patito.
‐ Ojalá lo hicieras ‐dice Prim, y me da un beso‐. Intenta dormir, ¿vale?
Y lo hago.
Por la mañana veo que tengo «7:00 ‐ Desayuno», seguido inmediatamente de «7:30
‐ Mando», lo que me viene bien, ya que será mejor que empiece lo antes posible. En el
comedor paso mi horario, que incluye algún número de identificación, por delante
de un sensor. Mientras deslizo la bandeja por el estante metálico detrás del que se
encuentran los contenedores de comida, veo que el desayuno es tan predecible como
siempre: un cuenco de cereales calientes, una taza de leche y un puñadito de fruta o
verdura. Hoy: puré de nabos. Todo ello sale de las granjas subterráneas del 13. Me
siento en la mesa asignada a los Everdeen, los Hawthorne y algunos otros
refugiados, y me trago la comida deseando repetir, pero aquí nunca se repite. Han
convertido la nutrición en una ciencia exacta, tienes que consumir las calorías
suficientes para llegar a la siguiente comida, ni más ni menos. El tamaño de las
raciones se basa en tu edad, tu altura, tu constitución, tu salud y la cantidad de
trabajo físico que exige tu horario. La gente del 12 recibe porciones algo más grandes
que los nativos del 13 para que ganemos algo de peso. Supongo que los soldados
esqueléticos se cansan demasiado deprisa. Sin embargo, funciona; en un mes
empezamos a parecer más sanos, sobre todo los niños.
Gale coloca su bandeja junto a la mía, y yo intento no quedarme mirando sus
nabos con cara penosa, porque estoy deseando comer más y él siempre me pasa su
comida a la mínima de cambio. Aunque me concentro en doblar con mucho primor
la servilleta, una cucharada de nabos aterriza en mi cuenco.
‐ Tienes que dejar de hacer esto ‐le digo, pero como ya estoy comiéndomelo, no
resulto muy convincente‐. De verdad. Seguro que es ilegal o algo así.
Tienen normas muy estrictas sobre la comida. Por ejemplo, si no te terminas algo y
quieres guardarlo para después, no puedes sacarlo del comedor. Al parecer, en los
primeros días hubo algún incidente con la gente que acaparaba comida. Para unas
personas como Gale y como yo, que llevamos años suministrando comida a nuestras
familias, es difícil. Sabemos pasar hambre, pero no que nos digan cómo manejar las
provisiones que tenemos. En cierto modo, el Distrito 13 es más controlador que el
Capitolio.
‐ ¿Qué van a hacer? Ya me han quitado el brazalector ‐responde Gale.
Mientras rebaño el cuenco tengo un momento de inspiración:
‐ Oye, quizá debería poner eso como condición para ser el Sinsajo.
‐ ¿Que pueda darte mi puré de nabos?
‐ No, que podamos cazar ‐digo, captando su atención‐. Tendríamos que entregarlo
todo en la cocina, pero podríamos… ‐No tengo que terminar la frase: podríamos estar
al aire libre, en el bosque, volver a ser nosotros mismos.
‐ Hazlo. Ahora es el momento, podrías pedir la luna y tendrían que encontrar la
forma de bajártela.
No sabe que ya voy a pedirles la luna cuando exija el perdón de Peeta. Antes de
decidir si se lo cuento o no, un timbre marca el final del turno de comedor. La idea de
enfrentarme a Coin sola me pone nerviosa.
‐ ¿Qué tienes en tu horario?
Gale se mira el brazo:
‐ Clase de historia nuclear. Donde, por cierto, se ha notado tu ausencia.
‐ Tengo que ir a la sala de mando, ¿vienes conmigo?
‐ Vale, pero quizá me echen después de lo de ayer.
Cuando vamos a soltar las bandejas, añade:
‐ ¿Sabes? Será mejor que metas a Buttercup en tu lista de exigencias. No creo que
aquí conozcan bien el concepto de mascotas inútiles.
‐ Oh, le encontrarán un trabajo. Le tatuarán la pata todas las mañanas ‐respondo,
pero tomo nota mental de incluirlo, por Prim.
Al llegar a la sala de mando, Coin, Plutarch y los suyos ya están reunidos. La
aparición de Gale hace que algunos arqueen las cejas, pero nadie lo echa. Mis notas
mentales se han hecho un lío, así que pido papel y lápiz nada más llegar. Mi aparente
interés en el proceso (la primera vez que lo demuestro desde que llegué aquí) los
pilla por sorpresa. Se miran entre ellos. Seguramente me tenían preparado un sermón
superespecial, sin embargo, Coin en persona me pasa el material, y todos guardan
silencio mientras me siento y me pongo a garabatear la lista: «Buttercup. Cazar.
Inmunidad de Peeta. Anunciado en público».
Ya está. Es probable que se trate de mi única oportunidad para negociar.
«Piensa, ¿qué más quieres?»
Lo noto a mi lado, de pie, y añado «Gale» a la lista. Creo que no podría hacer esto
sin él.
Empieza a dolerme la cabeza otra vez y mis ideas se enredan. Cierro los ojos y
empiezo a recitar en silencio: «Me llamo Katniss Everdeen. Tengo diecisiete años. Mi
casa está en el Distrito 12. Estuve en los Juegos del Hambre. Escapé. El Capitolio me
odia. A Peeta lo capturaron. Está vivo. Es un traidor, pero está vivo. Tengo que
mantenerlo con vida…».
La lista. Sigue pareciendo demasiado corta, debería intentar pensar con más
perspectiva, más allá de nuestra situación actual, en un futuro en el que quizá yo ya
no valga nada. ¿No debería pedir más? ¿Por mi familia? ¿Por el resto de los míos?
Las cenizas de los muertos hacen que me pique la piel. Recuerdo el enfermizo sonido
de mi pie al dar contra la calavera; el aroma de la sangre y las rosas me aguijonea la
nariz.
El lápiz se mueve solo por la página. Abro los ojos y veo las letras temblorosas:
«Yo mato a Snow». Si lo capturan, quiero ese privilegio.
Plutarch tose con discreción:
‐ ¿Ya has terminado?
Levanto la mirada y miro la hora: llevo sentada aquí veinte minutos. Finnick no es
el único con problemas de concentración.
‐ Sí ‐respondo con voz ronca, así que me aclaro la garganta‐. Sí, éste es el trato: seré
vuestro Sinsajo.
Espero a que terminen con sus suspiros de alivio, sus palabras de felicitación y sus
palmaditas en la espalda. Coin permanece tan impasible como siempre,
observándome, poco impresionada.
‐ Pero tengo algunas condiciones ‐continúo, alisando la hoja‐. Mi familia se queda
con nuestro gato.
Esa petición, la más insignificante, da lugar a un gran debate. Los rebeldes del
Capitolio no le dan importancia, claro que puedo quedarme mi mascota, mientras
que los del 13 enumeran las extremas dificultades que eso presenta. Al final se decide
que nos mudemos al nivel superior, que cuenta con el lujo de una ventana de veinte
centímetros que da al exterior. Buttercup puede entrar y salir a hacer sus cosas, y se
espera de él que se busque comida por su cuenta. Si se salta el toque de queda, lo
dejan fuera. Si provoca problemas de seguridad, le pegarán un tiro de inmediato.
Me suena bien, no difiere mucho de su forma de vida desde que nos fuimos, salvo
por lo del tiro. Si lo veo demasiado delgado, siempre puedo pasarle algunas tripas si
acceden a mi siguiente petición.
‐ Quiero cazar. Con Gale. En el bosque ‐digo, y todos guardan silencio.
‐ No iremos lejos, usaremos nuestros propios arcos y podéis usar la carne en la
cocina ‐añade Gale.
Me apresuro a seguir hablando antes de que digan que no.
‐ Es que… no puedo respirar aquí encerrada como un… Me pondría mejor más
deprisa si… si pudiera cazar.
Plutarch empieza a explicar los inconvenientes (los peligros, la seguridad
adicional, el riesgo de heridas), pero Coin lo corta.
‐ No, dejad que lo hagan. Dadles un par de horas al día, las descontaremos de su
tiempo de entrenamiento. Un radio de medio kilómetro con unidades de
comunicación y dispositivos de seguimiento en los tobillos. ¿Qué más?
Repaso la lista:
‐ Gale. Lo necesito a mi lado para hacer esto.
‐ ¿A tu lado cómo? ¿Fuera de cámara? ¿En todo momento? ¿Quieres que lo
presentemos como tu nuevo amante? ‐pregunta Coin.
No lo ha dicho en tono burlón, sino todo lo contrario, de manera muy práctica,
pero se me abre la boca igual.
‐ ¿Qué?
‐ Creo que tendríamos que seguir con el romance actual. Si abandona tan deprisa a
Peeta puede que la audiencia pierda simpatía por ella ‐dice Plutarch‐. Sobre todo
porque creen que está embarazada.
‐ Cierto. Entonces, en pantalla Gale puede ser un compañero rebelde más. ¿Te
parece bien? ‐dice Coin, y yo me quedo mirándola; ella lo repite, impaciente‐: Para
Gale, ¿es suficiente?
‐ Siempre podemos presentarlo como tu primo ‐dice Fulvia.
‐ No somos primos ‐respondemos Gale y yo a la vez.
‐ Ya, pero quizá deberíamos mantenerlo delante de las cámaras, por las
apariencias ‐dice Plutarch‐. Fuera de cámara, es todo tuyo. ¿Algo más?
Me ha puesto nerviosa el giro de la conversación, la insinuación de que estaría
dispuesta a deshacerme de Peeta, de que estoy enamorada de Gale, de que todo ha
sido puro teatro. Me empiezan a arder las mejillas. Resulta humillante que crean que
dedico tiempo a pensar en quién quiero que presenten como mi amante, teniendo en
cuenta las circunstancias actuales.
‐ Cuando acabe la guerra, si ganamos, indultaréis a Peeta.
Silencio total. Noto que Gale se tensa, supongo que debería habérselo dicho antes,
pero no estaba segura de su reacción, ya que tenía que ver con Peeta.
‐ No se le castigará de ninguna forma ‐sigo diciendo, y se me ocurre añadir algo
más‐. Lo mismo vale para los demás tributos capturados, Johanna y Enobaria.
La verdad es que no me importa Enobaria, la cruel tributo del Distrito 2; de hecho,
no la soporto, pero me parece mal dejarla fuera.
‐ No ‐responde Coin sin más.
‐ Sí ‐replico‐. No es culpa suya que los abandonaseis en la arena. ¿Quién sabe lo
que les estará haciendo el Capitolio?
‐ Se les juzgará junto con los demás criminales de guerra y se les tratará como
disponga el tribunal ‐dice ella.
‐ ¡Se les garantizará la inmunidad! ‐Me levanto de la silla con voz potente‐. Tú en
persona lo prometerás delante de toda la población del Distrito 13 y lo que queda del
12. Pronto. Hoy. Quedará grabado para generaciones futuras. Tanto tú como tu
Gobierno os haréis responsables de su seguridad, ¡o tendréis que buscaros a otro
Sinsajo!
Mis palabras quedan flotando en el aire un largo instante.
‐ ¡Ésa es ella! ‐oigo que Fulvia susurra a Plutarch‐. Justo ahí, con el disfraz, los
disparos de fondo y un poco de humo.
‐ Sí, eso es lo que queremos ‐responde Plutarch en voz baja.
Me gustaría lanzarles una mirada asesina, pero creo que sería un error apartar la
vista de Coin. Veo que calcula el coste de mi ultimátum, que sopesa si lo merezco.
‐ ¿Qué dices, presidenta? ‐pregunta Plutarch‐. Podrías conceder un perdón oficial,
dadas las circunstancias. El chico… ni siquiera es mayor de edad.
‐ De acuerdo ‐dice al fin Coin‐. Pero será mejor que cumplas.
‐ Cumpliré cuando hayas hecho el anuncio ‐respondo.
‐ Convocad una asamblea de seguridad nacional durante la hora de reflexión de
hoy ‐ordena‐. Haré el anuncio entonces. ¿Queda algo en tu lista, Katniss?
Tengo el papel hecho una bola en mi puño derecho, así que aliso la hoja sobre la
mesa y leo las irregulares letras.
‐ Sólo una cosa más: yo mato a Snow.
Por primera vez veo la sombra de una sonrisa en los labios de la presidenta.
‐ Cuando llegue el momento, las dos lo echaremos a suertes ‐responde.
Quizá esté en lo cierto, la verdad es que no soy la única con derecho a reclamar la
vida de Snow, y creo que ella es perfectamente capaz de hacer el trabajo.
‐ Me parece justo ‐transijo.
Coin mira brevemente su brazo y el reloj. Ella también tiene que seguir un horario.
‐ La dejo en tus manos, Plutarch.
Sale de la sala, seguida de su equipo, y nos quedamos Plutarch, Fulvia, Gale y yo
misma.
‐ Excelente, excelente ‐dice Plutarch, dejándose caer en la silla con los codos en la
mesa, restregándose los ojos‐. ¿Sabes lo que echo de menos más que nada? El café.
¿Tan impensable es tener algo con lo que tragar mejor las gachas y los nabos?
‐ No sabíamos que aquí serían tan estrictos ‐nos explica Fulvia mientras masajea
los hombros de Plutarch‐. No en los puestos más elevados.
‐ O que al menos contaríamos con la opción de hacer algo al margen ‐añade
Plutarch‐. Bueno, incluso en el 12 teníais un mercado negro, ¿no?
‐ Sí, el Quemador ‐dice Gale‐. Allí es donde intercambiábamos.
‐ ¿Lo ves? ¡Y mira lo éticos que habéis salido los dos! Prácticamente incorruptibles.
‐Plutarch suspira‐. Oh, bueno, las guerras no duran para siempre. En fin, me alegra
teneros en el equipo ‐comenta, y se dispone a aceptar el enorme cuaderno
encuadernado en cuero que Fulvia le ofrece‐. Ya sabes, a grandes rasgos, lo que
esperamos de ti, Katniss. Sé que no estás del todo conforme con tu participación.
Espero que esto te ayude.
Plutarch me pasa el cuaderno. Durante un instante lo miro con suspicacia, pero la
curiosidad me puede y lo abro. En el interior hay un retrato de mí, firme y fuerte, con
un uniforme negro. Sólo existe una persona capaz de haber diseñado el traje, que a
primera vista parece muy práctico, pero que resulta ser una obra de arte: la caída del
casco, la curva del peto, el ligero abullonado de las mangas que deja ver los pliegues
blancos bajo los brazos… En sus manos, vuelvo a ser un sinsajo.
‐ Cinna ‐susurro.
‐ Sí, me hizo prometer no enseñártelo hasta que decidieras por ti misma ser el
Sinsajo. Créeme, ha sido una gran tentación ‐dice Plutarch‐. Venga, echa un vistazo.
Paso las páginas despacio, examinando todos los detalles del uniforme: las
minuciosas capas de blindaje, las armas ocultas en las botas y el cinturón, el refuerzo
especial sobre el corazón… En la última página, bajo el boceto de mi insignia del
sinsajo, Cinna ha escrito: «Todavía apuesto por ti».
‐ ¿Cuándo…? ‐empiezo, pero me falla la voz.
‐ Veamos… Bueno, después del anuncio del Vasallaje de los Veinticinco. ¿Unas
cuantas semanas antes de los Juegos, quizá? Además de los bocetos, tenemos tus
uniformes. Oh, y Beetee tiene algo muy especial esperándote en la armería. No te
daré pistas, no quiero arruinar la sorpresa.
‐ Vas a ser la rebelde mejor vestida de la historia ‐dice Gale, sonriendo. De repente
me doy cuenta de que había estado aguantándose. Igual que Cinna, desde el
principio quería que tomara esta decisión.
‐ Nuestro plan es lanzar un asalto a las ondas ‐dice Plutarch‐. Hacer lo que
nosotros llamamos «propos» (abreviatura de spots de propaganda) en los que salgas
tú y emitirlos para que los vea todo Panem.
‐ ¿Cómo? El Capitolio controla las emisiones ‐dice Gale.
‐ Pero nosotros tenemos a Beetee. Hace unos diez años básicamente rediseñó la red
subterránea que transmite toda la programación. Cree que existe una posibilidad real
de conseguirlo. Obviamente, necesitaremos algo que emitir, así que, Katniss, el
estudio te espera cuando quieras. ¿Fulvia? ‐añade después, dirigiéndose a su
ayudante.
‐ Plutarch y yo hemos estado hablando sobre cómo demonios enfocar esto.
Creemos que lo mejor sería construir a nuestro líder rebelde, construirte a ti, desde
fuera… hacia dentro. Es decir, vamos a buscarte el look de Sinsajo más
despampanante que podamos ¡y después te fabricaremos una personalidad que esté
a la altura! ‐exclama Fulvia alegremente.
‐ Ya tenéis su uniforme ‐comenta Gale.
‐ Sí, pero ¿está Katniss herida y ensangrentada? ¿Arde en ella el fuego de la
rebelión? ¿Hasta qué punto podemos ensuciarla sin repugnar a los espectadores? En
cualquier caso, tiene que impresionar. Es decir, está claro que esto… ‐dice Fulvia,
atrapándome rápidamente la cara entre las manos‐ no nos sirve. ‐Aparto la cara por
reflejo, pero ella ya está recogiendo sus cosas‐. Por tanto, con eso en mente, tenemos
otra sorpresita para ti. Venid, venid.
Fulvia nos hace un gesto, y Gale y yo la seguimos a ella y a Plutarch al pasillo.
‐ A veces las mejores intenciones pueden resultar muy insultantes ‐me susurra
Gale.
‐ Bienvenido al Capitolio ‐contesto en voz baja.
Sin embargo, las palabras de Fulvia no me afectan. Abrazo con fuerza el cuaderno
de bocetos y me permito tener esperanza. Si Cinna lo quería, debe de ser la decisión
acertada.
Subimos al ascensor, y Plutarch consulta sus notas.
‐ Veamos, es el compartimento tres, nueve, cero, ocho.
Pulsa el botón que pone «39», pero no pasa nada.
‐ Tendrás que meter la llave ‐comenta Fulvia.
Plutarch saca una llave que lleva colgada de una delgada cadena bajo la camisa y
la mete en una rendija que no había visto antes. Las puertas se cierran.
‐ Ah, ya estamos.
El ascensor desciende diez, veinte, treinta y tantas plantas, aunque yo creía que el
Distrito 13 no abarcaba tanto. Al parar, las puertas se abren a un pasillo lleno de
puertas rojas que casi parecen decorativas comparadas con las grises de los pisos
superiores. Cada una lleva un número: 3901, 3902, 3903…
Cuando salimos, me vuelvo y veo que unas rejas metálicas se cierran sobre las
puertas normales del ascensor. Al mirar de nuevo adelante, un guardia ha salido de
una de las habitaciones del otro extremo del pasillo. Una puerta se cierra en silencio
detrás de él mientras se acerca a nosotros.
Plutarch se acerca a saludarlo levantando una mano, y el resto lo seguimos. Aquí
hay algo que no encaja; es algo más que el ascensor blindado, la claustrofobia de
estar a tantos metros bajo tierra y el olor a antiséptico. Con sólo mirar a Gale sé que él
también lo nota.
‐ Buenos días, estábamos buscando… ‐empieza a decir Plutarch.
‐ Se han equivocado de planta ‐lo interrumpe el guardia.
‐ ¿En serio? ‐pregunta Plutarch, consultando sus notas‐. Tengo aquí apuntada la
tres, nueve, cero, ocho. ¿Podría hacer una llamada a…?
‐ Me temo que debo pedirles que se marchen ahora mismo. Las discrepancias en
las asignaciones se solucionan en las oficinas centrales ‐dice el guardia.
Está justo delante de nosotros, el compartimento 3908, a unos cuantos pasos. La
puerta (de hecho, todas las puertas) parecen incompletas. No tienen pomos. Se
abrirán al empujarlas como la que ha utilizado el guardia.
‐ ¿Y dónde era eso, por favor? ‐pregunta Fulvia.
‐ Encontrarán las oficinas centrales en el nivel siete ‐responde el guardia mientras
extiende los brazos para acorralarnos de vuelta al ascensor.
Del otro lado de la puerta 3908 me llega un sonido, un gemido muy débil, como
un perro asustado que intenta evitar que le peguen, aunque con un tono muy
humano y familiar. Miro a Gale a los ojos un segundo, pero con eso basta para dos
personas que funcionan como nosotros. Dejo caer el cuaderno de Cinna a los pies del
guardia haciendo mucho ruido. Un segundo después de que se agache a recuperarlo,
Gale también se agacha y se choca a posta con su cabeza.
‐ Oh, lo siento ‐dice, soltando una risita y agarrándose a los brazos del guardia
como si pretendiera recuperar el equilibrio, aunque lo que en realidad hace es
volverlo un poco para que no me vea.
Es mi oportunidad, paso corriendo junto al guardia distraído, abro la puerta que
pone 3908 y allí me los encuentro, medio desnudos, llenos de moratones y esposados
a la pared.
Mi equipo de preparación.

Capítulo 2

¿Habrá alguna aeronave del Capitolio viniendo derecha hacia nosotros para
borrarnos del mapa? No dejo de buscar indicios de un ataque durante el viaje sobre
el Distrito 12, pero nadie nos persigue. Al cabo de varios minutos, cuando oigo un
intercambio entre Plutarch y el piloto que confirma que el espacio aéreo está vacío,
empiezo a relajarme un poco.
Gale señala con la cabeza la bolsa de caza, de la que salen aullidos.
‐ Ya sé por qué querías venir.
‐ Tenía que hacerlo, por poco probable que fuera recuperarlo ‐respondo. Suelto la
bolsa en un asiento, donde la odiosa criatura empieza a emitir un gruñido ronco y
amenazador‐. Ay, cállate ya ‐le digo a la bolsa, y me dejo caer en el asiento acolchado
de la ventanilla que está frente al gato.
Gale se sienta a mi lado.
‐ ¿Ha sido muy malo?
‐ No podría ser mucho peor ‐contesto.
Lo miro a los ojos y veo mi propia pena reflejada en los suyos. Nos damos la mano
para agarrarnos con fuerza a una parte del 12 que Snow no ha logrado destruir.
Guardamos silencio durante el resto del viaje al 13, que sólo dura unos cuarenta y
cinco minutos, una simple semana a pie. Resulta que Bonnie y Twill, las refugiadas
del Distrito 8 con las que me encontré en el bosque el verano pasado, no estaban tan
lejos de su destino. Sin embargo, parece que no lo consiguieron. Cuando pregunté
por ellas en el 13, nadie sabía de quién hablaba. Supongo que murieron en el bosque.
Desde el aire, el 13 parece tan alegre como el 12: las ruinas no echan humo, como
el Capitolio nos muestra en la televisión, pero apenas queda vida sobre la superficie.
En los setenta y cinco años transcurridos desde los Días Oscuros (cuando se suponía
que el 13 había quedado destruido en la guerra entre el Capitolio y los distritos), casi
todas las nuevas construcciones se han hecho bajo tierra. Ya había unas instalaciones
subterráneas bastante grandes allí, desarrolladas a lo largo de los siglos como refugio
clandestino de líderes gubernamentales en caso de guerra o como último recurso
para la humanidad si la vida se volvía imposible en la superficie. Lo más importante
para la gente del 13 es que se trataba del centro del programa de desarrollo de armas
nucleares del Capitolio. Durante los Días Oscuros, los rebeldes del 13 lograron
hacerse con el control del lugar, apuntaron con los misiles al Capitolio e hicieron un
trato: se harían los muertos a cambio de que los dejaran en paz. El Capitolio tenía
otro arsenal nuclear en el oeste, pero no podía atacar al 13 sin sufrir su venganza, así
que se vio obligado a aceptar el trato. El Capitolio demolió los restos visibles del
distrito y cortó todos los accesos desde el exterior. Quizá los líderes del Gobierno
pensaron que, sin ayuda, el 13 moriría solo. Estuvo a punto de hacerlo unas cuantas
veces, pero logró salir adelante gracias a un estricto racionamiento de recursos, una
disciplina agotadora y una vigilancia continua ante posibles ataques del exterior.
Ahora los ciudadanos viven bajo tierra casi todo el tiempo. Puedes salir a hacer
ejercicio y tomar el sol a unas horas muy concretas de tu horario. No puedes saltarte
tu horario. Cada mañana se supone que tienes que meter el brazo derecho en un
cacharro de la pared que te tatúa en la parte interior del antebrazo cuál será tu
programa para el día. La tinta de color morado enfermizo dicta: «7:00 ‐ Desayuno.
7:30 ‐ Trabajo en la cocina. 8:30 ‐ Centro educativo, aula 17». Etcétera, etcétera. La
tinta es indeleble hasta las «22:00 ‐ Aseo». Entonces pierde su cualidad impermeable
y puedes quitártela con agua. Las luces se apagan a las 22:30, lo que indica que ha
llegado la hora de dormir para todos los que no estén en el turno de noche.
Al principio, cuando estaba enferma en el hospital, podía evitar la impresión del
horario. Sin embargo, en cuanto me trasladé al compartimento 307 con mi madre y
mi hermana, se suponía que tenía que cumplir el programa. Salvo para ir a comer,
hago caso omiso de lo que pone en mi brazo. Me limito a volver al compartimento, a
vagar por el 13 o a dormirme en cualquier escondrijo: un conducto de ventilación
abandonado, detrás de las tuberías del agua de la lavandería… Hay un armario en el
Centro Educativo que me viene genial porque, al parecer, nunca necesitan reponer
material para las clases. Aquí son tan frugales con las cosas que desperdiciar algo es
casi un delito. Por suerte, los habitantes del Distrito 12 nunca hemos sido muy
derrochadores, pero una vez vi a Fulvia Cardew arrugar un trozo de papel en el que
sólo había escrito un par de palabras, y la miraron de tal forma que era como si
hubiera asesinado a alguien. Se le puso la cara roja como un tomate, lo que hizo que
las flores plateadas grabadas en sus rollizas mejillas se notaran todavía más: era la
imagen misma del exceso. Uno de mis escasos placeres en el 13 es observar al grupito
de mimados «rebeldes» del Capitolio que intentan adaptarse.
No sé durante cuánto tiempo podré seguir despreciando la precisión horaria
exigida por mis anfitriones. En estos momentos me dejan en paz porque me han
clasificado como mentalmente desorientada (lo dice en mi pulsera médica de
plástico) y todos tienen que tolerar mis incoherencias. Sé que no durará para siempre,
igual que tampoco puede durar su paciencia con el tema del Sinsajo.
Desde la pista de aterrizaje, Gale y yo bajamos unas escaleras que llevan al
compartimento 307. Aunque podríamos usar el ascensor, me recuerda demasiado al
que me llevaba a la arena. Me está costando mucho acostumbrarme a pasar tanto
tiempo bajo tierra. Sin embargo, después del surrealista encuentro con la rosa, es la
primera vez que este descenso me hace sentir más segura.
Vacilo ante la puerta marcada con el número 307, temiendo las preguntas de mi
familia.
‐ ¿Qué les voy a contar sobre el Distrito 12? ‐le pregunto a Gale.
‐ Dudo que te pidan detalles. Ellas lo vieron arder, así que estarán más
preocupadas por cómo lo lleves tú ‐me responde, tocándome la mejilla‐. Igual que
me pasa a mí.
Aprieto la mejilla contra su mano durante un segundo.
‐ Sobreviviré.
Después respiro hondo y abro la puerta. Mi madre y mi hermana están en casa
para «18:00 ‐ Reflexión», una media hora de descanso antes de la cena. Noto que
están preocupadas e intentan calcular mi estado emocional. Antes de que nadie
pregunte nada, vacío la bolsa de caza y la hora se convierte en «18:00 ‐ Adoración del
gato». Prim, llorando, se sienta en el suelo y mece al odioso Buttercup, que sólo
interrumpe su ronroneo de vez en cuando para bufarme. Me lanza una mirada
especialmente petulante cuando mi hermana le ata el lazo azul al cuello.
Mi madre abraza con fuerza la foto de boda y después la coloca, junto con el libro
de plantas, en la cómoda proporcionada por el Gobierno. Cuelgo la chaqueta de mi
padre en el respaldo de una silla y, por un momento, es como estar en casa, así que
supongo que el viaje al Distrito 12 no ha sido una completa pérdida de tiempo.
Cuando salimos hacia el comedor para «18:30 ‐ Cena», el brazalector de Gale
empieza a pitar. Tiene aspecto de reloj o brazalete grande, pero recibe mensajes
escritos; tener un brazalector es un privilegio especial que se reserva a los más
importantes para la causa, un estatus que Gale logró por su rescate de los ciudadanos
del 12.
‐ Nos necesitan a los dos en la sala de mando ‐dice.
Avanzo unos cuantos pasos por detrás de él e intento prepararme antes de
sumergirme en lo que seguro será otra implacable sesión sinsajística. Me rezago en la
puerta de la sala de mando, una habitación de alta tecnología mezcla de sala de
reuniones y sala de guerra, equipada con paredes que hablan, mapas electrónicos
que muestran los movimientos de la tropa en distintos distritos y una gigantesca
mesa rectangular con cuadros de control que no debo tocar. Sin embargo, nadie nota
mi presencia, están todos reunidos en torno a una pantalla de televisión situada en el
otro extremo de la sala, en la que se ven veinticuatro horas al día las retransmisiones
del Capitolio. Justo cuando estoy pensando en escabullirme, Plutarch, cuyo amplio
cuerpo tapaba el televisor, me ve y me hace gestos urgentes para que me acerque. Lo
hago a regañadientes, intentando imaginar por qué me iba a interesar a mí, ya que
siempre es lo mismo: grabaciones de batallas, propaganda, repeticiones del
bombardeo del Distrito 12 o un siniestro mensaje del presidente Snow. Así que me
resulta casi divertido ver a Caesar Flickerman, el eterno presentador de los Juegos
del Hambre, con su cara pintada y su traje chispeante, preparándose para hacer una
entrevista…, hasta que la cámara se retira y veo que su invitado es Peeta.
Dejo escapar un sonido, la misma combinación de grito ahogado y gruñido que se
produce cuando te sumerges en el agua y te falta tanto el oxígeno que duele. Aparto
a la gente a empujones y me pongo delante de él, con la mano sobre la pantalla.
Busco en sus ojos algún rastro de dolor, cualquier señal de tortura, pero no hay nada.
Peeta parece sano hasta el punto de resultar robusto; le brilla la piel, que no tiene
defecto alguno, como cuando te arreglan de pies a cabeza. Su gesto es sereno, serio.
No logro conciliar esta imagen con la del chico machacado y ensangrentado que
atormenta mis sueños.
Caesar se acomoda en el sillón que hay frente a Peeta y lo mira durante un buen
rato.
‐ Bueno…, Peeta…, bienvenido de nuevo.
‐ Imagino que no pensabas volver a entrevistarme, Caesar ‐responde Peeta,
sonriendo un poco.
‐ Confieso que no. La noche antes del Vasallaje de los Veinticinco… Bueno, ¿quién
iba a pensar que volveríamos a verte?
‐ No formaba parte de mi plan, eso te lo aseguro ‐dice Peeta, frunciendo el ceño.
‐ Creo que a todos nos quedó claro cuál era tu plan ‐afirma Caesar, acercándose un
poco a él‐: sacrificarte en la arena para que Katniss Everdeen y tu hijo pudieran vivir.
‐ Exacto, simple y llanamente. ‐Peeta recorre con los dedos el diseño de la tapicería
del brazo del sillón‐. Pero había más gente con planes.
«Sí, otra gente con planes», pienso. ¿Habría averiguado Peeta que los rebeldes nos
usaron como marionetas? ¿Que mi rescate se organizó desde el principio? ¿Y,
finalmente, que nuestro mentor, Haymitch Abernathy, nos traicionó a los dos en
favor de una causa por la que fingía no sentir interés?
En aquel momento de silencio noto las arrugas que se han formado entre las cejas
de Peeta: o lo ha averiguado o se lo han dicho. Sin embargo, el Capitolio ni lo ha
asesinado ni lo ha castigado. Por el momento, eso supera mis más locas esperanzas,
así que me alimento de su buen aspecto, de su salud física y mental, que me corre por
las venas como la morflina que me dan en el hospital para mitigar el dolor de las
últimas semanas.
‐ ¿Por qué no nos hablas de la última noche en la arena? ‐sugiere Caesar‐.
Ayúdanos a aclarar un par de cosas.
Peeta asiente, pero se toma su tiempo para contestar.
‐ Aquella última noche… Hablarte sobre esa última noche…, bueno, primero
tienes que imaginar cómo era estar en la arena. Era como ser un insecto atrapado bajo
un cuenco lleno de aire hirviendo. Y jungla por todas partes, jungla verde, viva y en
movimiento. Un reloj gigantesco va marcando lo que te queda de vida. Cada hora
significa un nuevo horror. Tienes que imaginar que en los últimos dos días han
muerto dieciséis personas, algunas de ellas defendiéndote. Al ritmo que van las
cosas, los últimos ocho estarán muertos cuando salga el sol. Salvo uno, el vencedor. Y
tu plan es procurar no ser tú.
Empiezo a sudar al recordarlo; aparto la mano de la pantalla y la dejo caer muerta
junto al costado. Peeta no necesita pincel para pintar imágenes de los Juegos. Sabe
trabajar igual de bien con las palabras.
‐ Una vez en la arena, el resto del mundo se vuelve muy lejano ‐sigue diciendo‐.
Todas las personas y cosas que amas o te importan casi dejan de existir. El cielo rosa,
los monstruos de la jungla y los tributos que quieren tu sangre se convierten en tu
realidad, en la única que importa. Por muy mal que eso te haga sentir, vas a matar a
otros seres humanos, porque en la arena sólo se te permite un deseo, y es un deseo
muy caro.
‐ Te cuesta la vida.
‐ Oh, no, te cuesta mucho más que la vida. ¿Matar a gente inocente? Te cuesta todo
lo que eres.
‐ Todo lo que eres ‐repite Caesar en voz baja.
La sala guarda silencio y puedo notar que ese silencio se extiende por Panem, una
nación entera inclinándose sobre sus televisores, porque nadie había hablado antes
sobre cómo es realmente la arena.
‐ Así que te aferras a tu deseo ‐sigue Peeta‐. Y esa última noche sí, mi deseo era
salvar a Katniss, pero, aun sin saber lo de los rebeldes, había algo que fallaba. Todo
era demasiado complicado. Me arrepentí de no haber huido con ella antes, aquel
mismo día, como me había sugerido. Sin embargo, ya no había forma de evitarlo.
‐ Estabas demasiado inmerso en el plan de Beetee para electrificar el lago de sal ‐
dice Caesar.
‐ Demasiado ocupado jugando a alianzas con los demás. ¡No tendría que haberles
permitido separarnos! ‐estalla Peeta‐. Ahí fue donde la perdí.
‐ Cuando te quedaste en el árbol del rayo, mientras Johanna Mason y ella se
llevaban el rollo de alambre hasta el agua ‐aclara Caesar.
‐ ¡No quería hacerlo! ‐exclama Peeta, sonrojándose de la emoción‐. Pero no podía
discutir con Beetee sin dar a entender que estábamos a punto de romper la alianza.
Cuando se cortó el alambre empezó la locura. Sólo recuerdo algunas cosas: haber
intentado encontrarla, ver cómo Brutus mataba a Chaff, matar a Brutus… Sé que ella
me llamó. Después el rayo cayó en el árbol y el campo de fuerza que rodeaba la
arena… voló por los aires.
‐ Lo voló Katniss, Peeta. Ya has visto las grabaciones.
‐ Ella no sabía lo que estaba haciendo. Ninguno entendíamos el plan de Beetee. Se
ve claramente que Katniss intentaba averiguar qué hacer con el alambre ‐responde
Peeta.
‐ De acuerdo, aunque parece sospechoso, como si formara parte del plan de los
rebeldes desde el principio.
Peeta se pone en pie y se inclina sobre la cara de Caesar, agarrando los brazos del
sillón de su entrevistador.
‐ ¿En serio? ¿Y formaba parte del plan que Johanna estuviera a punto de matarla?
¿Que la descarga eléctrica la paralizara? ¿Provocar el bombardeo? ‐añade, gritando‐.
¡No lo sabía, Caesar! ¡Lo único que intentábamos los dos era protegernos el uno al
otro!
Caesar le pone una mano en el pecho, en un gesto que le servía tanto de protección
como de ademán conciliador.
‐ Vale, Peeta, te creo.
‐ Vale ‐responde él. Se aparta de Caesar, retira las manos y se las pasa por el pelo,
alborotando el perfecto peinado de sus rizos rubios. Se deja caer en el sillón,
angustiado.
Caesar espera un momento y lo observa.
‐ ¿Y vuestro mentor, Haymitch Abernathy?
El gesto de Peeta se endurece.
‐ No sé qué sabía Haymitch.
‐ ¿Podría haber formado parte de la conspiración?
‐ Nunca lo mencionó.
‐ ¿Y qué te dice el corazón? ‐insiste Caesar.
‐ Que no tendría que haber confiado en él, eso es todo.
No he visto a Haymitch desde que lo ataqué en el aerodeslizador y le dejé las
largas marcas de mis uñas en la cara. Sé que lo ha pasado mal porque el Distrito 13
prohíbe terminantemente tanto la producción como el consumo de bebidas
alcohólicas, hasta el punto de mantener bajo llave el alcohol del hospital. Por fin
Haymitch se ve obligado a mantenerse sobrio, sin alijos secretos ni brebajes caseros
que le faciliten la transición. Lo tienen recluido hasta que se le pase, y creen que no
está presentable para aparecer en público. Debe de ser espantoso, pero dejé de sentir
compasión por él cuando me di cuenta de que nos había engañado. Espero que esté
viendo la emisión del Capitolio en estos momentos y sepa que Peeta también lo ha
abandonado.
Caesar le da unas palmaditas en el hombro.
‐ Podemos parar, si quieres.
‐ ¿Es que tenemos que hablar de algo más? ‐dice Peeta, irónico.
‐ Te iba a preguntar por tu opinión sobre la guerra, pero si estás demasiado
afectado…
‐ Oh, no lo suficiente para no contestar a esa pregunta. ‐Peeta respira hondo y mira
directamente a la cámara‐. Quiero que todos me veáis, estéis en el Capitolio o en el
lado rebelde, que os detengáis un segundo a pensar sobre lo que podría significar
esta guerra para los seres humanos. Casi nos extinguimos luchando entre nosotros la
última vez, ahora somos aún menos y estamos en condiciones más difíciles. ¿De
verdad es lo que queréis hacer? ¿Que nos aniquilemos por completo? ¿Con la
esperanza de… qué? ¿De que alguna especie decente herede los restos humeantes de
la tierra?
‐ No sé… no estoy seguro de seguirte… ‐dice Caesar.
‐ No podemos luchar entre nosotros, Caesar ‐explica Peeta‐. No quedará suficiente
gente viva para seguir adelante. Si no deponemos todos las armas (y tendría que ser
ahora mismo), todo acabará.
‐ Entonces, ¿estás pidiendo un alto el fuego? ‐pregunta Caesar.
‐ Sí, estoy pidiendo un alto el fuego ‐replica Peeta, cansado‐. Y ahora, ¿podemos
pedir ya a los guardias que me lleven a mi alojamiento para que pueda construir
otros cien castillos de naipes?
Caesar se vuelve hacia la cámara.
‐ De acuerdo, creo que hemos acabado. Volvemos a nuestra programación
habitual.
La música pone fin a la emisión y aparece una mujer leyendo una lista de los
productos que escasearán en el Capitolio: fruta fresca, pilas solares, jabón… La
observo con una atención desacostumbrada porque sé que todos están esperando mi
reacción a la entrevista. Sin embargo, me es imposible procesarlo todo tan deprisa: la
alegría de ver sano y salvo a Peeta, su defensa de mi inocencia en el plan rebelde y su
innegable complicidad con el Capitolio al pedir un alto el fuego. Oh, hizo que
pareciera que condenaba a ambos bandos del conflicto, pero, llegados a este punto,
teniendo en cuenta que los rebeldes sólo han conseguido victorias menores, un alto el
fuego supondría una vuelta al estado anterior. O algo peor.
Detrás de mí oigo que surgen las acusaciones contra Peeta. Las palabras «traidor»,
«mentiroso» y «enemigo» rebotan en las paredes. Como no puedo sumarme a la ira
de los rebeldes ni rebatirla, decido que lo mejor es largarme. Justo cuando llego a la
puerta, la voz de Coin se eleva por encima de las demás.
‐ No se te ha dado permiso para salir, soldado Everdeen.
Uno de los hombres de Coin me pone una mano en el brazo; aunque no es un
gesto agresivo, después de la arena reacciono a la defensiva ante cualquier contacto
desconocido, así que aparto el brazo de golpe y salgo corriendo por los pasillos.
Detrás de mí oigo una refriega, pero no me paro. Hago un rápido repaso mental de
mis pequeños escondrijos y acabo en el armario de material escolar, hecha un ovillo
contra una caja llena de tizas.
‐ Estás vivo ‐susurro, llevándome la mano a las mejillas, notando una sonrisa tan
amplia que debe de parecer una mueca. Peeta está vivo. Y es un traidor. Sin embargo,
ahora mismo no me importa lo que sea, ni lo que diga, ni para quién lo diga; sólo que
sigue siendo capaz de hablar.
Al cabo de un rato se abre la puerta y alguien entra. Gale se sienta a mi lado; le
sangra la nariz.
‐ ¿Qué ha pasado? ‐le pregunto.
‐ Me interpuse en el camino de Boggs ‐responde él, encogiéndose de hombros. Le
limpio la nariz con la manga‐. ¡Cuidado!
Intento ser más delicada, dar golpecitos en vez de restregar.
‐ ¿Cuál de ellos es?
‐ Bueno, ya lo sabes, el lacayo favorito de Coin, el que intentó pararte. ‐Me quita la
mano‐. ¡Déjalo! Vas a conseguir que me desangre.
El goteo se ha convertido en todo un chorro, así que me rindo.
‐ ¿Te has peleado con Boggs?
‐ No, sólo le he bloqueado la puerta cuando intentó seguirte. Su codo me acertó en
la nariz ‐responde Gale.
‐ Seguramente te castigarán.
‐ Ya lo han hecho ‐responde, enseñándome la muñeca, y yo me quedo mirándola
sin entenderlo‐. Coin me ha quitado el brazalector.
Me muerdo el labio para intentar mantenerme seria, pero me resulta tan ridículo…
‐ Lo siento, soldado Gale Hawthorne.
‐ No lo sientas, soldado Katniss Everdeen ‐responde, sonriendo‐. La verdad es que
me sentía muy estúpido yendo a todas partes con ese cacharro. ‐Los dos empezamos
a reírnos‐. Creo que ha sido una degradación en toda regla.
Es una de las pocas cosas buenas del 13: haber recuperado a Gale. Como ya no
estamos bajo la presión del matrimonio concertado del Capitolio entre Peeta y yo,
hemos vuelto a nuestra antigua amistad. Él no lo fuerza, no intenta besarme ni hablar
de amor. O yo he estado demasiado enferma o él está dispuesto a darme espacio, o
simplemente sabe que sería demasiado cruel, teniendo en cuenta que Peeta está en
manos del Capitolio. Sea cual sea la razón, vuelvo a tener a alguien a quien contar
mis secretos.
‐ ¿Quiénes son estas personas?
‐ Somos nosotros si hubiéramos contado con armas nucleares en vez de con unos
cuantos trozos de carbón ‐me responde.
‐ Quiero pensar que el 12 no habría abandonado al resto de los rebeldes en los
Días Oscuros.
‐ Puede que lo hubiéramos hecho de haber sido cuestión de rendirse o iniciar una
guerra nuclear. En cierto modo, es asombroso que sobrevivieran.
Quizá sea porque sigo teniendo las cenizas de mi distrito en los zapatos, pero, por
primera vez, estoy dispuesta a ver en los del 13 algo que no les había visto hasta
ahora: mérito. Por seguir vivos contra todo pronóstico. Sus primeros años tuvieron
que ser terribles, acurrucados en las cámaras subterráneas después de que los
bombardeos redujeran su ciudad a polvo. La población diezmada, sin posibilidad de
pedir ayuda a algún aliado. A lo largo de los últimos setenta y cinco años han
aprendido a ser autosuficientes, han convertido a sus ciudadanos en un ejército y han
construido una nueva sociedad sin ayuda de nadie. Serían aún más poderosos si esa
epidemia de varicela no hubiera reducido su índice de natalidad y no estuvieran tan
desesperados por aumentar su reserva genética y sus criaderos. Quizá sean
militaristas, demasiado organizados y algo faltos de sentido del humor, pero aquí
siguen, y están dispuestos a derrocar al Capitolio.
‐ De todos modos, han tardado mucho en aparecer ‐digo.
‐ No fue fácil, tenían que organizar una base rebelde en el Capitolio y montar una
red clandestina en los distritos. Después necesitaban a alguien que lo pusiera todo en
marcha. Te necesitaban a ti.
‐ Necesitaban a Peeta también, aunque parece que se les ha olvidado.
‐ Peeta puede haber causado mucho daño hoy ‐responde Gale con el rostro
ensombrecido‐. La mayoría de los rebeldes no harán caso de lo que ha dicho, claro,
pero hay distritos en los que la resistencia es más inestable. No cabe duda de que el
alto el fuego ha sido idea del presidente Snow. El problema es que, en boca de Peeta,
suena muy razonable.
Temo la respuesta de Gale, pero lo pregunto de todos modos:
‐ ¿Por qué crees que lo ha dicho?
‐ Puede que lo hayan torturado o persuadido. Yo creo que ha hecho algún trato
para protegerte. Habrá aceptado la idea del alto el fuego a cambio de que Snow lo
dejara presentarte como una chica embarazada y aturdida que no tenía ni idea de lo
que pasaba cuando los rebeldes la tomaron prisionera. Así, si los distritos pierden,
todavía tendrías una oportunidad. Si sabes aprovecharla. ‐Debo de tener cara de
perplejidad, porque Gale dice la siguiente frase muy despacio‐: Katniss…, todavía
intenta mantenerte con vida.
¿Mantenerme con vida? Entonces lo entiendo: los Juegos no han terminado.
Salimos de la arena, pero como no nos mataron, su último deseo de proteger mi vida
sigue en pie. Su idea es que yo no destaque, que permanezca a salvo y encerrada
mientras transcurre la guerra. Así ninguno de los dos bandos tendrá motivos para
matarme. ¿Y Peeta? Si ganan los rebeldes, será desastroso para él; y si gana el
Capitolio, ¿quién sabe? Quizá nos permitan vivir a los dos (si juega bien sus cartas)
para que veamos cómo continúan los Juegos…
Me pasan varias imágenes por la cabeza: la lanza perforando el cuerpo de Rue en
la arena, Gale colgado del poste de los latigazos, el páramo cubierto de cadáveres que
antes era mi hogar. ¿Y para qué? ¿Para qué? Se me calienta la sangre y recuerdo otras
cosas: la primera vez que intuyo un levantamiento, en el Distrito 8; los vencedores de
la mano la noche antes del Vasallaje de los Veinticinco; y que no fue un accidente que
disparara la flecha al campo de fuerza de la arena. Estaba deseando clavarla en lo
más profundo del corazón de mi enemigo.
Me levanto de golpe y tiro una caja de cien lápices, que se desperdigan por el
suelo.
‐ ¿Qué pasa? ‐me pregunta Gale.
‐ No puede haber un alto el fuego ‐respondo antes de agacharme para meter los
palitos de grafito gris oscuro en su caja‐. No podemos retroceder.
‐ Lo sé ‐responde Gale mientras agarra un puñado de lápices y los alinea
perfectamente dándoles golpecitos en el suelo.
‐ Sea cual sea la razón por la que lo ha dicho, Peeta se equivoca.
Los estúpidos palitos no se meten en la caja, y mi frustración me hace romper unos
cuantos.
‐ Lo sé. Dámelos, vas a hacerlos pedazos.
Gale me quita la caja y la vuelve a llenar con movimientos rápidos y precisos.
‐ No sabe lo que han hecho con el 12. Si hubiera visto lo que había en el suelo… ‐
empiezo.
‐ Katniss, no te lo estoy discutiendo. Si pudiera pulsar un botón y matar a todas y
cada una de las personas que trabajan para el Capitolio, lo haría sin dudar ‐afirma;
después mete el último lápiz en la caja y la cierra‐. La cuestión es: ¿qué vas a hacer
tú?
Resulta que la pregunta a la que había estado dando tantas vueltas sólo tenía una
respuesta posible, aunque para reconocerlo me ha hecho falta ver la estratagema que
Peeta había montado por mí.
«¿Qué voy a hacer?»
Respiro hondo. Subo un poco los brazos (como si recordara las alas negras y
blancas que me dio Cinna) y los dejo caer a los lados.
‐ Voy a ser el Sinsajo.

Capítulo 1

Me miro los zapatos, veo cómo una fina capa de cenizas se deposita sobre el cuero
gastado. Aquí es donde estaba la cama que compartía con mi hermana Prim. Allí
estaba la mesa de la cocina. Los ladrillos de la chimenea, que se derrumbaron
formando una pila achicharrada, sirven de punto de referencia para moverme por la
casa. ¿Cómo si no iba a orientarme en este mar de color gris?
No queda casi nada del Distrito 12. Hace un mes, las bombas del Capitolio
arrasaron las casas de los humildes mineros del carbón de la Veta, las tiendas de la
ciudad e incluso el Edificio de Justicia. La única zona que se libró de la incineración
fue la Aldea de los Vencedores, aunque no sé bien por qué. Quizá para que los
visitantes del Capitolio que tuvieran que pasar por aquí sin más remedio contaran
con un sitio agradable en el que alojarse: algún que otro periodista; un comité que
evaluara las condiciones de las minas; una patrulla de agentes de la paz encargada de
atrapar a los refugiados que volvieran a casa…
Pero yo soy la única que ha vuelto, y sólo para una breve visita. Las autoridades
del Distrito 13 estaban en contra de que lo hiciera, lo veían como una empresa
costosa y sin sentido, teniendo en cuenta que en estos momentos hay unos doce
aerodeslizadores sobre mí, protegiéndome, y ninguna información valiosa que
obtener. Sin embargo, tenía que verlo, tanto que lo convertí en una condición
indispensable para aceptar colaborar con ellos.
Finalmente, Plutarch Heavensbee, el Vigilante Jefe que había organizado a los
rebeldes en el Capitolio, alzó los brazos al cielo y dijo: «Dejadla ir. Mejor perder un
día que perder otro mes. Quizá un recorrido por el 12 es lo que necesita para
convencerse de que estamos en el mismo bando».
El mismo bando. Noto un pinchazo en la sien izquierda y me la aprieto con la
mano; es justo donde Johanna Mason me dio con el rollo de alambre. Los recuerdos
giran como un torbellino mientras intento dilucidar qué es cierto y qué no. ¿Cuál ha
sido la sucesión de acontecimientos que me ha llevado hasta las ruinas de mi ciudad?
Es difícil porque todavía no me he recuperado de los efectos de la conmoción
cerebral y mis pensamientos tienden a liarse. Además, los medicamentos que me dan
para controlar el dolor y el estado de ánimo a veces me hacen ver cosas. Supongo.
Aún no estoy del todo convencida de que alucinara la noche que vi el suelo de la
habitación del hospital convertido en una alfombra de serpientes en movimiento.
Utilizo una técnica que me sugirió uno de los médicos: empiezo con las cosas más
simples de las que estoy segura y voy avanzando hacia las más complicadas. La lista
empieza a darme vueltas en la cabeza:
«Me llamo Katniss Everdeen. Tengo diecisiete años. Mi casa está en el Distrito 12.
Estuve en los Juegos del Hambre. Escapé. El Capitolio me odia. A Peeta lo
capturaron. Lo creen muerto. Seguramente estará muerto. Probablemente sea mejor
que esté muerto…»
‐ Katniss. ¿Quieres que baje? ‐me dice mi mejor amigo, Gale, a través del
intercomunicador que los rebeldes me han obligado a llevar. Está arriba, en uno de
los aerodeslizadores, observándome atentamente, listo para bajar en picado si algo va
mal.
Me doy cuenta de que estoy agachada con los codos sobre los muslos y la cabeza
entre las manos. Debo de parecer al borde de un ataque de nervios. Eso no me vale,
no cuando por fin empiezan a quitarme la medicación.
Me pongo de pie y rechazo su oferta.
‐ No, estoy bien.
Para dar más énfasis a la afirmación, empiezo a alejarme de mi antigua casa y me
dirijo a la ciudad. Gale pidió que lo soltaran en el 12 conmigo, pero no insistió
cuando me negué. Comprende que hoy no quiero a nadie a mi lado, ni siquiera a él.
Algunos paseos hay que darlos solos.
El verano ha sido abrasador y más seco que la suela de un zapato. Apenas ha
llovido, así que los montones de ceniza dejados por el ataque siguen prácticamente
intactos. Mis pisadas los mueven de un lado a otro; no hay brisa que los desperdigue.
Mantengo la mirada fija en lo que recuerdo como la carretera, ya que cuando aterricé
en la Pradera no tuve cuidado y me di contra una roca. Sin embargo, no era una roca,
sino una calavera. Rodó y rodó hasta quedar boca arriba, y durante un buen rato no
pude evitar mirarle los dientes preguntándome de quién serían, pensando en que los
míos seguramente tendrían el mismo aspecto en circunstancias similares.
Sigo la carretera por costumbre, pero resulta ser una mala elección porque está
cubierta de los restos de los que intentaron huir. Algunos están incinerados por
completo, aunque otros, quizá vencidos por el humo, escaparon de lo peor de las
llamas y yacen en distintas fases de apestosa descomposición, carroña para animales,
llenos de moscas. «Yo te maté ‐pienso al pasar junto a una pila‐. Y a ti. Y a ti.»
Porque lo hice, fue mi flecha, lanzada al punto débil del campo de fuerza que
rodeaba la arena, lo que provocó esta tormenta de venganza, lo que hizo estallar el
caos en Panem.
Oigo en mi cabeza lo que me dijo el presidente Snow la mañana que
empezábamos la Gira de la Victoria: «Katniss Everdeen, la chica en llamas, ha
encendido una chispa que, si no se apaga, podría crecer hasta convertirse en el
incendio que destruya Panem». Resulta que no exageraba ni intentaba asustarme.
Quizá intentara pedirme ayuda de verdad, pero yo ya había puesto en marcha algo
que no podía controlar.
«Arde, sigue ardiendo», pienso, entumecida. A lo lejos, los incendios de las minas
de carbón escupen humo negro, aunque no queda nadie a quien le importe. Más del
noventa por ciento de la población ha muerto. Los ochocientos restantes son
refugiados en el Distrito 13, lo que, por lo que a mí respecta, es como decir que
hemos perdido nuestro hogar para siempre.
Sé que no debería pensarlo, sé que debería sentirme agradecida por la forma en
que nos han recibido: enfermos, heridos, hambrientos y con las manos vacías. Aun
así, no consigo olvidarme de que el Distrito 13 fue esencial para la destrucción del 12.
Eso no me absuelve, hay culpa para dar y tomar, pero sin ellos no habría formado
parte de una trama mayor para derrocar al Capitolio ni habría contado con los
medios para lograrlo.
Los ciudadanos del Distrito 12 no poseían un movimiento de resistencia
organizada propio, no tenían nada que ver con esto. Les tocó la mala suerte de ser
mis conciudadanos. Es cierto que algunos supervivientes creen que es buena suerte
librarse del Distrito 12 por fin, escapar del hambre y la opresión, de las peligrosas
minas y del látigo de nuestro último jefe de los agentes de la paz, Romulus Thread.
Para ellos es asombroso tener un nuevo hogar ya que, hasta hace poco, ni siquiera
sabíamos que el Distrito 13 existía.
En cuanto a la huida de los supervivientes, todo el mérito es de Gale, aunque él se
resista a aceptarlo. En cuanto terminó el Vasallaje de los Veinticinco (en cuanto me
sacaron de la arena), cortaron la electricidad y la señal de televisión del Distrito 12, y
la Veta se quedó tan silenciosa que los habitantes escuchaban los latidos del corazón
del vecino. Nadie protestó ni celebró lo sucedido en el campo de batalla, pero, en
cuestión de quince minutos, el cielo estaba lleno de aerodeslizadores que empezaron
a soltar bombas.
Fue Gale el que pensó en la Pradera, uno de los pocos lugares sin viejas casas de
madera llenas de polvo de carbón. Llevó a los que pudo hacia allí, incluidas Prim y
mi madre. Formó el equipo que derribó la alambrada (que no era más que una
inofensiva barrera metálica sin electricidad) y condujo a la gente al bosque. Los guió
hasta el único lugar que se le ocurrió, el lago que mi padre me enseñó de pequeña, y
desde allí contemplaron cómo las llamas lejanas se comían todo lo que conocían en
este mundo.
Al alba, los bomberos se habían ido, los incendios morían y los últimos rezagados
se agrupaban. Prim y mi madre habían montado una zona médica para los heridos e
intentaban tratarlos con lo que encontraban por el bosque. Gale tenía dos juegos de
arco y flechas, un cuchillo de cazar, una red de pescar y más de ochocientas personas
aterradas que alimentar. Con la ayuda de los más sanos, se apañaron durante tres
días. Entonces los sorprendió la llegada del aerodeslizador que los evacuó al Distrito
13, donde había alojamientos limpios y blancos de sobra para todos, mucha ropa y
tres comidas al día. Los alojamientos tenían la desventaja de estar bajo tierra, la ropa
era idéntica y la comida relativamente insípida, pero para los refugiados del 12 eran
detalles menores. Estaban a salvo; cuidaban de ellos; seguían vivos y los recibían con
los brazos abiertos.
Aquel entusiasmo se interpretó como amabilidad, pero un hombre llamado
Dalton, un refugiado del Distrito 10 que había logrado llegar al 13 a pie hacía algunos
años, me contó el verdadero motivo: «Te necesitan. Me necesitan. Nos necesitan a
todos. Hace un tiempo sufrieron una especie de epidemia de varicela que mató a
bastantes y dejó estériles a muchos más. Ganado para cría, así es como nos ven». En
el 10 trabajaba en uno de los ranchos de ganado conservando la diversidad genética
de las reses con la implantación de embriones de vaca congelados. Seguramente tiene
razón sobre el 13, porque no se ven muchos niños por allí, pero ¿y qué? No nos
encierran en corrales, nos forman para trabajar y los niños van a la escuela. Los que
tienen más de catorce años han recibido rangos militares y se dirigen a ellos
respetuosamente, llamándolos «soldados». Todos los refugiados han recibido
automáticamente la ciudadanía.
Sin embargo, los odio. Aunque, claro, ahora odio a casi todo el mundo. Sobre todo
a mí.
La superficie que piso se vuelve más dura y, bajo la capa de cenizas, noto los
adoquines de la plaza. Alrededor del perímetro hay un borde de basura donde antes
estaban las tiendas. Una pila de escombros ennegrecidos ocupa el lugar del Edificio
de Justicia. Me acerco al sitio donde creo que estaba la panadería de la familia de
Peeta; no queda mucho, salvo el bulto fundido del horno. Los padres de Peeta, sus
dos hermanos mayores…, ninguno llegó al 13. Menos de una docena de los que antes
eran los más pudientes del Distrito 12 escaparon del incendio. En realidad, a Peeta no
le queda nada aquí. Salvo yo…
Retrocedo para alejarme de la panadería, tropiezo con algo, pierdo el equilibrio y
me encuentro sentada en un pedazo de metal calentado por el sol. Me pregunto qué
sería antes, hasta que recuerdo una de las recientes renovaciones de Thread en la
plaza: cepos, postes para latigazos y esto, los restos de la horca. Malo. Esto es malo.
Me trae las imágenes que me atormentan, tanto despierta como dormida: Peeta
torturado por el Capitolio (ahogado, quemado, lacerado, electrocutado, mutilado,
golpeado) para sacarle una información sobre los rebeldes que él desconoce. Aprieto
los ojos con fuerza e intento llegar a él a través de cientos de kilómetros de distancia,
enviarle mis pensamientos, hacerle saber que no está solo. Pero lo está, y yo no
puedo ayudarlo.
Salgo corriendo. Me alejo de la plaza y voy al único lugar que no ha destruido el
fuego. Paso junto a las ruinas de la casa del alcalde, donde vivía mi amiga Madge.
No sé nada de ella ni de su familia. ¿Los evacuaron al Capitolio por el cargo de su
padre o los abandonaron a las llamas? Las cenizas se levantan a mi alrededor, así que
me subo el borde de la camiseta para taparme la boca. No me ahoga pensar en lo que
estoy respirando, sino pensar en a quien estoy respirando.
La hierba está achicharrada y la nieve gris también cayó aquí, pero las doce bellas
casas de la Aldea de los Vencedores están intactas. Entro rápidamente en la casa en la
que viví el año pasado, cierro la puerta de golpe y me apoyo en ella. Parece que no ha
cambiado nada. Está limpia y el silencio resulta escalofriante. ¿Por qué he vuelto al
12? ¿De verdad me va a ayudar esta visita a responder a la pregunta de la que no
puedo huir?
«¿Qué voy a hacer?», susurro a las paredes, porque yo no tengo ni idea.
Todos me hablan, hablan, hablan sin parar. Plutarch Heavensbee, su calculadora
ayudante Fulvia Cardew, un batiburrillo de líderes de los distritos, dirigentes
militares…, pero no Alma Coin, la presidenta del 13, que se limita a mirar. Tiene
unos cincuenta años y un pelo gris que le cae sobre los hombros como una sábana. Su
pelo me fascina por ser tan uniforme, por no tener ni un defecto, ni un mechón
suelto, ni siquiera una punta rota. Tiene los ojos grises, aunque no como los de la
gente de la Veta; son muy pálidos, como si les hubieran chupado casi todo el color.
Son del color de la nieve sucia que estás deseando que se derrita del todo.
Lo que quieren es que asuma por completo el papel que me han diseñado: el
símbolo de la revolución, el Sinsajo. No basta con todo lo que he hecho en el pasado,
con desafiar al Capitolio en los Juegos y despertar a la gente. Ahora tengo que
convertirme en el líder real, en la cara, en la voz, en la personificación de la revuelta.
La persona con la que los distritos (la mayoría en guerra abierta contra el Capitolio)
pueden contar para incendiar el camino hacia la victoria. No tendré que hacerlo sola,
tienen a un equipo completo de personas para arreglarme, vestirme, escribir mis
discursos y orquestar mis apariciones (como si todo eso no me sonara horriblemente
familiar), y yo sólo tengo que representar mi papel. A veces los escucho y a veces me
limito a contemplar la línea perfecta del pelo de Coin y a intentar averiguar si es una
peluca. Al final salgo de la habitación porque la cabeza me duele, porque ha llegado
la hora de comer o porque, si no salgo al exterior, podría ponerme a gritar. No me
molesto en decir nada, simplemente me levanto y me voy.
Ayer por la tarde, cuando cerraba la puerta para irme, oí a Coin decir: «Os dije que
tendríamos que haber rescatado primero al chico». Se refería a Peeta, y no podría
estar más de acuerdo con ella. Él si que habría sido un portavoz excelente.
Y, en vez de eso, ¿a quién pescaron en la arena? A mí, que no quiero cooperar. Y a
Beetee, el inventor del 3, a quien apenas veo porque lo llevaron al departamento de
desarrollo armamentístico en cuanto pudo sentarse. Literalmente, empujaron su
cama con ruedas hasta una zona de alto secreto y ahora sólo sale de vez en cuando
para comer. Es muy listo y está muy dispuesto a colaborar con la causa, pero no tiene
mucha madera de instigador. Luego está Finnick Odair, el sex symbol del distrito
pescador que mantuvo vivo a Peeta en la arena cuando yo no podía. A él también
quieren transformarlo en un líder rebelde, aunque primero tendrán que conseguir
que permanezca despierto durante más de cinco minutos. Incluso cuando está
consciente, tienes que decirle las cosas tres veces para que le lleguen al cerebro. Los
médicos dicen que es por la descarga eléctrica recibida en la batalla, pero yo sé que es
bastante más complicado. Sé que Finnick no puede centrarse en nada de lo que
sucede en el 13 porque intenta con todas sus fuerzas ver lo que sucede en el Capitolio
con Annie, la chica loca de su distrito, la única persona a la que ama en este mundo.
A pesar de tener serias reservas, tuve que perdonar a Finnick por su parte en la
conspiración que me trajo hasta aquí. Al menos él entiende un poco por lo que estoy
pasando. Además, hace falta mucha energía para permanecer enfadada con alguien
que llora tanto.
Me muevo por la planta baja con pasos de cazadora, reacia a hacer ruido. Recojo
algunos recuerdos: una foto de mis padres en su boda, un lazo azul para Prim, y el
libro familiar de plantas medicinales y comestibles. El libro se abre por una página
con flores amarillas y lo cierro rápidamente, ya que las pintó el pincel de Peeta.
«¿Qué voy a hacer?»
¿Tiene sentido hacer algo? Mi madre, mi hermana y la familia de Gale están por
fin a salvo. En cuanto al resto del 12, o están muertos, lo que es irreversible, o
protegidos en el 13. Eso deja a los rebeldes de los distritos. Obviamente, odio al
Capitolio, pero no creo que convertirme en el Sinsajo beneficie a los que intentan
derribarlo. ¿Cómo voy a ayudar a los distritos si cada vez que me muevo consigo que
alguien sufra o muera? El hombre al que dispararon en el Distrito 11 por silbar; las
repercusiones en el 12 cuando intervine para que no azotaran a Gale; mi estilista,
Cinna, al que sacaron a rastras, ensangrentado e inconsciente, de la sala de
lanzamiento antes de los Juegos. Las fuentes de Plutarch creen que lo mataron
durante el interrogatorio. El inteligente, enigmático y encantador Cinna está muerto
por mi culpa. Aparto la idea porque es demasiado dolorosa para detenerse en ella sin
perder mi ya de por sí frágil control de la situación.
«¿Qué voy a hacer?»
Convertirme en el Sinsajo… ¿Supondría más cosas buenas que malas? ¿En quién
puedo confiar para que me ayude a responder a esa pregunta? Sin duda, no en la
gente del 13. Lo juro, ahora que mi familia y la de Gale están a salvo, no me
importaría huir. Sin embargo, me queda un trabajo inacabado: Peeta. Si supiera con
certeza que está muerto, desaparecería en el bosque sin mirar atrás. Sin embargo,
hasta que lo haga, estoy bloqueada.
Me vuelvo al oír un bufido. En la entrada de la cocina, con el lomo arqueado y las
orejas aplastadas, se encuentra el gato más feo del mundo.
‐ Buttercup.
Miles de personas muertas, pero él ha sobrevivido e incluso parece bien
alimentado. ¿De qué? Puede entrar y salir de la casa por una ventana que siempre
dejamos entornada en la despensa. Habrá estado comiendo ratones de campo; me
niego a considerar la alternativa.
Me agacho y le ofrezco una mano.
‐ Ven aquí, chico.
No es probable, está furioso por su abandono. Además, no le ofrezco comida, y mi
habilidad para proporcionarle sobras siempre ha sido lo único que me daba puntos
ante él. Durante un tiempo, cuando los dos nos encontrábamos en la vieja casa
porque a ninguno nos gustaba la nueva, creí que nos habíamos unido un poquito.
Está claro que se acabó el vínculo. Se limita a parpadear, cerrando sus desagradables
ojos amarillos.
‐ ¿Quieres ver a Prim? ‐le pregunto.
El sonido le llama la atención, ya que es la única palabra que significa algo para él
aparte de su propio nombre. Deja escapar un maullido oxidado y se acerca, así que lo
recojo del suelo, lo acaricio, me acerco al armario, saco la bolsa de caza y lo meto
dentro sin más ni más. No tengo otra forma de transportarlo en el aerodeslizador, y
mi hermana le tiene muchísimo aprecio al bicho. Por desgracia, su cabra, Lady, un
animal que sí que valía algo, no ha aparecido.
Oigo en el intercomunicador a Gale diciéndome que tenemos que volver, pero la
bolsa de caza me ha recordado otra cosa que quería recuperar. La cuelgo en el
respaldo de una silla y subo corriendo las escaleras en dirección a mi dormitorio.
Dentro del armario está la chaqueta de cazador de mi padre. Antes del Vasallaje la
traje aquí desde la casa vieja pensando que su presencia consolaría a mi madre y a mi
hermana cuando muriese. Si no la hubiera traído, habría acabado convertida en
cenizas.
El suave cuero me reconforta y, durante un instante, me calman los recuerdos de
las horas pasadas bajo ella. Entonces, sin razón aparente, empiezan a sudarme las
manos y una extraña sensación me sube por la nuca. Me vuelvo para observar el
cuarto, pero está vacío; todo está en su sitio, no se oye nada alarmante. ¿Qué es,
entonces?
Me pica la nariz. Es el olor: empalagoso y artificial. Una mancha blanca asoma del
jarrón lleno de flores secas que hay sobre mi cómoda. Me acerco con precaución y
allí, apenas visible entre sus protegidas primas, hay una rosa blanca recién cortada.
Perfecta hasta la última espina y el último pétalo de seda.
Y sé al instante quién me la ha enviado.
El presidente Snow.
Cuando empiezo a sentir arcadas por el hedor, retrocedo y me largo. ¿Cuánto
tiempo lleva aquí? ¿Un día? ¿Una hora? Los rebeldes revisaron la Aldea de los
Vencedores antes de que me permitieran venir; buscaban explosivos, micrófonos o
cualquier cosa extraña, pero quizá la rosa no les pareció digna de mención. A mí sí.
Bajo las escaleras y cojo la bolsa de la silla dejando que rebote en el suelo, hasta
que recuerdo que está ocupada. Una vez en la entrada hago señales como loca al
aerodeslizador, mientras Buttercup se retuerce en su encierro. Le doy un codazo,
cosa que no sirve más que para enfurecerlo. El vehículo se materializa sobre mí y
deja caer una escalera. Me subo a ella y la corriente me paraliza hasta que llego a
bordo.
Gale me ayuda a bajar de la escalera.
‐ ¿Estás bien?
‐ Sí ‐respondo, y me limpio el sudor de la cara con la manga.
Quiero gritar que Snow me ha dejado una rosa, pero no estoy segura de que sea
buena idea compartir la información con alguien como Plutarch delante. En primer
lugar, porque me haría sonar como una loca, como si me lo hubiera imaginado, lo
cual es posible, o como si reaccionara exageradamente, lo que me supondría un
billete de vuelta a la tierra farmacéutica de los sueños de la que estoy intentando
salir. Nadie lo entenderá del todo, no entenderán que no es sólo una flor, ni siquiera
una flor del presidente Snow, sino una promesa de venganza; no había nadie en el
estudio con nosotros cuando me amenazó antes de la Gira de la Victoria.
Esa rosa blanca como la nieve colocada en mi cómoda es un mensaje personal para
mí. Significa que tenemos un asunto inacabado. Susurra: «Puedo encontrarte, puedo
llegar hasta ti, quizá te esté observando en estos precisos instantes».