domingo, 29 de marzo de 2015

Sábado, 11 de Julio de 1942

Querida Kitty:
Papá, mamá y Margot no logran acostumbrarse a las campanadas de la iglesia del Oeste,
que suenan cada quince minutos anunciando la hora. Yo sí, me gustaron desde el
principio, y sobre todo
por las noches me dan una sensación de amparo. Te interesará saber qué me parece mi
vida de escondida, pues bien, sólo puedo decirte que ni yo misma lo sé muy bien. Creo
que aquí nunca me sentiré realmente en casa, con lo que no quiero decir en absoluto que
me desagrade estar aquí; más bien me siento como si estuviera pasando unas vacaciones
en una pensión muy curiosa. Reconozco que es una concepción un tanto extraña de la
clandestinidad, pero las cosas son así, y no las puedo cambiar. Como escondite, la Casa
de atrás es ideal; aunque hay humedad y está toda inclinada, estoy segura de que en todo
Amsterdam, y quizás hasta en toda Holanda, no hay otro escondite tan confortable como
el que hemos instalado aquí.
La pequeña habitación de Margot y mía, sin nada en las paredes, tenía hasta ahora un
aspecto bastante desolador. Gracias a papá, que ya antes había traído mi colección de
tarjetas postales y mis fotos de estrellas de cine, pude decorar con ellas una pared entera,
pegándolas con cola. Quedó muy, muy bonito, por lo que ahora parece mucho más
alegre. Cuando lleguen los Van Daan, ya nos fabricaremos algún armarito y otros
chismes con la madera que hay en el desván.
Margot y mamá ya se han recuperado un poco. Ayer mamá quiso hacer la primera sopa
de guisantes, pero cuando estaba abajo charlando, se olvidó de la sopa, que se quemó de
tal manera que los guisantes estaban negros como el carbón y no había forma de
despegarlos del fondo de la olla. '
Ayer por la noche bajamos los cuatro al antiguo despacho de papá y pusimos la radio
inglesa. Yo tenía tanto miedo de que alguien pudiera oírnos que le supliqué a papá que
volviéramos arriba. Mamá comprendió mi temor y subió conmigo. También con respecto
a otras cosas tenemos mucho miedo de que los vecinos puedan vernos u oírnos. Ya el
primer día tuvimos que hacer cortinas, que en realidad no se merecen ese nombre, ya que
no son más que unos trapos sueltos, totalmente diferentes entre sí en forma, calidad y
dibujo. Papá y yo, que no entendemos nada del arte de coser, las unimos de cualquier
manera con hilo y aguja. Estas verdaderas joyas las colgamos luego con chinchetas
delante de las ventanas, y ahí se quedarán hasta que nuestra estancia aquí acabe.
A la derecha de nuestro edificio se encuentra una filial de la compañía Keg, de Zaandam,
y a la izquierda una ebanistería. La
gente que trabaja allí abandona el recinto cuando termina su horario de trabajo, pero aun
así podrían oír algún ruido que nos delatara. Por eso, hemos prohibido a Margot que tosa
por las noches, pese a que está muy acatarrada, y le damos codeína en grandes
cantidades.
Me hace mucha ilusión la venida de los Van Daan, que se ha fijado para el martes. Será mucho más ameno y también habrá menos silencio. Porque es el silencio lo que por las
noches y al caer la tarde me pone tan nerviosa, y daría cualquier cosa por que alguno de
nuestros protectores se quedara aquí a dormir.
La vida aquí no es tan terrible, porque podemos cocinar nosotros mismos y abajo, en el
despacho de papá, podemos escuchar la radio. El señor Kleiman y Miep y también Bep
Voskuijl nos han ayudado muchísimo. Nos han traído ruibarbo, fresas y cerezas, y no
creo que por el momento nos vayamos a aburrir. Tenemos suficientes cosas para leer, y
aún vamos a comprar un montón de juegos. Está claro que no podemos mirar por la
ventana ni salir fuera. También está prohibido hacer ruido, porque abajo no nos deben
oír.
Ayer tuvimos mucho trabajo; tuvimos que deshuesar dos cestas de cerezas para la oficina.
El señor Kugler quería usarlas para hacer conservas.
Con la madera de las cajas de cerezas haremos estantes para libros.
Me llaman.

Tu Ana.

Viernes, 10 de Julio de 1942

Querida Kitty:
Es muy probable que te haya aburrido tremendamente con mi tediosa descripción
de la casa, pero me parece importante que sepas dónde he venido a parar. A través de mis
próximas cartas ya te enterarás de cómo vivimos aquí.
Ahora primero quisiera seguir contándote la historia del otro día, que todavía no he
terminado. Una vez que llegamos al edificio de Prinsengracht 663, Miep nos llevó en
seguida por el largo pasillo, subiendo por la escalera de madera, directamente hacia
arriba,
a la Casa de atrás. Cerró la puerta detrás de nosotros y nos dejó solos. Margot había
llegado mucho antes en bicicleta y ya nos estaba esperando.
El cuarto de estar y las demás habitaciones estaban tan atiborradas de trastos que
superaban toda descripción. Las cajas de cartón que a lo largo de los últimos meses
habían sido enviadas a la oficina, se encontraban en el suelo y sobre las camas. El cuartito
pequeño estaba hasta el techo de ropa de cama. Si por la noche queríamos dormir en
camas decentes, teníamos que poner manos a la obra de inmediato. A mamá y a Margot
les era imposible mover un dedo, estaban echadas en las camas sin hacer, cansadas,
desganadas y no sé cuántas cosas más, pero papá y yo, los dos «ordenalotodo» de la
familia, queríamos empezar cuanto antes.
Anduvimos todo el día desempaquetando, poniendo cosas en los armarios, martilleando y
ordenando, hasta que por la noche caímos exhaustos en las camas limpias. No habíamos
comido nada caliente en todo el día, pero no nos importaba; mamá y Margot estaban
demasiado cansadas y nerviosas como para comer nada, y papá y yo teníamos demasiado
que hacer.
El martes por la mañana tomamos el trabajo donde lo habíamos dejado el lunes. Bep y
Miep hicieron la compra usando nuestras cartillas de racionamiento, papá arregló los
paneles para oscurecer las ventanas, que no resultaban suficientes, fregamos el suelo de la
cocina y estuvimos nuevamente trajinando de la mañana a la noche. Hasta el miércoles
casi no tuve tiempo de ponerme a pensar en los grandes cambios que se habían producido
en mi vida. Sólo entonces, por primera vez desde que llegamos a la Casa de atrás,
encontré ocasión para ponerte al tanto de los hechos y al mismo tiempo para darme cuenta de lo que realmente me había pasado y de lo que aún me esperaba.

Tu Ana.

Jueves, 9 de Julio de 1942

Querida Kitty:
Así anduvimos bajo la lluvia torrencial, papá, mamá y yo, cada cual con una
cartera de colegio y una bolsa de la compra, cargadas hasta los topes con una mezcolanza
de cosas. Los trabajadores que iban temprano a trabajar nos seguían con la mirada. En sus caras podía verse claramente que lamentaban no poder ofrecernos ningún transporte: la
estrella amarilla que llevábamos era elocuente.
Sólo cuando ya estuvimos en la calle, papá y mamá empezaron a contarme poquito a
poco el plan del escondite. Llevaban meses sacando de la casa la mayor cantidad posible
de muebles y enseres, y habían decidido que entraríamos en la clandesti
nidad voluntariamente, el i6 de julio. Por causa de la citación, el asunto se había
adelantado diez días, de modo que tendríamos que conformarnos con unos aposentos
menos arreglados y ordenados.
El escondite estaba situado en el edificio donde tenía las oficinas papá. Como para las
personas ajenas al asunto esto es algo difícil de entender, pasaré a dar una aclaración.
Papá no ha tenido nunca mucho personal: el señor Kugler, Kleiman y Miep, además de
Bep Voskuijl, la secretaria de z3 años. Todos estaban al tanto de nuestra llegada. En el
almacén trabajan el señor Voskuijl, padre de Bep, y dos mozos, a quienes no les
habíamos dicho nada.
El edificio está dividido de la siguiente manera: en la planta baja hay un gran almacén,
que se usa para el depósito de mercancías. Este está subdividido en distintos cuartos,
como el que se usa para moler la canela, el clavo y el sucedáneo de la pimienta, y luego
está el cuarto de las provisiones. Al lado de la puerta del almacén está la puerta de
entrada normal de la casa, tras la cual una segunda puerta da acceso a la escalera.
Subiendo las escaleras se llega a una puerta de vidrio traslúcido, en la que antiguamente
ponía «OFICINA» en letras negras. Se trata de la oficina principal del edificio, muy
grande, muy luminosa y muy llena. De día trabajan allí Bep, Miep y el señor Kleiman.
Pasando por un cuartito donde está la caja fuerte, el guardarropa y un armario para
guardar útiles de escritorio, se llega a una pequeña habitación bastante oscura y húmeda
que da al patio. Éste era el despacho que compartían el señor Kugler y el señor Van
Daan, pero que ahora sólo ocupa el pri
mero. También se puede acceder al despacho de Kugler desde el pasillo, aunque sólo a
través de una puerta de vidrio que se abre desde dentro y que es difícil de abrir desde
fuera. Saliendo de ese despacho se va por un pasillo largo y estrecho, se pasa por la carbonera
y, después de subir cuatro peldaños, se llega a la habitación que es el orgullo del
edificio: el despacho principal. Muebles oscuros muy elegantes, el piso cubierto de
linóleo y alfombras, una radio, una hermosa lámpara, todo verdaderamente precioso. Al
lado, una amplia cocina con calentador de agua y dos hornillos, y al lado de la cocina, un
retrete. Ése es el primer piso.
Desde el pasillo de abajo se sube por una escalera corriente de madera. Arriba hay un
pequeño rellano, al que llamamos normalmente descansillo. A la izquierda y derecha del
descansillo hay dos puertas. La de la izquierda comunica con la casa de delante,
donde hay almacenes, un desván y una buhardilla. Al otro extremo de esta parte delantera
del edificio hay una escalera superempinada, típicamente holandesa (de ésas en las que es
fácil romperse la crisma), que lleva a la segunda puerta que da a la calle.
A la derecha del descansillo se halla la «casa de atrás». Nunca
nadie sospecharía que detrás de esta puerta pintada de gris, sin nada de particular, se
esconden tantas habitaciones. Delante de la puerta hay un escalón alto, y por allí se entra.
Justo enfrente de la puerta de entrada, una escalera empinada; a la izquierda hay un
pasillito y una habitación que pasó a ser el cuarto de estar y dormitorio de los Frank, y al
lado otra habitación más pequeña: el dormitorio y estudio de las señoritas Frank. A la derecha de la escalera, un cuarto sin ventanas, con un lavabo y un retrete cerrado, y otra
puerta que da a la habitación de Margot y mía. Subiendo las escaleras, al abrir la puerta
de arriba, uno se asombra al ver que en una casa tan antigua de los canales pueda haber
una habitación tan grande, tan luminosa y tan amplia. En este espacio hay un fogón (esto
se lo debemos al hecho de que aquí Kugler tenía antes su laboratorio) y un fregadero. O
sea, que ésa es la cocina, y a la vez también dormitorio del señor y la señora Van Daan,
cuarto de estar general, comedor y estudio. Luego, una diminuta habitación de paso, que
será la morada de Peter van Daan y, finalmente, al igual que en la casa de delante, un
desván y una buhardilla. Y aquí termina la presentación de toda nuestra hermosa Casa de
atrás.

Tu Ana.

Miércoles, 8 de Julio de 1942

Querida Kitty:
Desde la mañana del domingo hasta ahora parece que hubieran pasado años. Han pasado
tantas cosas que es como si de repente el mundo estuviera patas arriba, pero ya ves, Kitty:
aún estoy viva, y eso es lo principal, como dice papá. Sí, es cierto, aún estoy viva, pero
no me preguntes dónde ni cómo. Hoy no debes de entender nada de lo que te escribo, de
modo que empezaré por contarte lo que pasó el domingo por la tarde.
A las tres de la tarde -Helio acababa de salir un momento, luego volvería- alguien llamó a
la puerta. Yo no lo oí, ya que estaba leyendo en una tumbona al sol en la galería. Al rato
apareció Margot toda alterada por la puerta de la cocina.
-Ha llegado una citación de la SS para papá -murmuró-. Mamá ya ha salido para la casa
de Van Daan. (Van Daan es un amigo y socio de papá.)
Me asusté muchísimo. ¡Una citación! Todo el mundo sabe lo que eso significa. En mi
mente se me aparecieron campos de concentración y celdas solitarias. ¿Acaso íbamos a
permitir que a papá se lo llevaran a semejantes lugares?
-Está claro que no irá -me aseguró Margot cuando nos sentamos a esperar en el salón a
que regresara mamá-. Mamá ha ido a preguntarle a Van Daan si podemos instalarnos en
nuestro escondite mañana. Los Van Daan se esconderán con nosotros. Seremos siete.
Silencio. Ya no podíamos hablar. Pensar en papá, que sin sospechar nada había ido al
asilo judío a hacer unas visitas, esperar a que volviera mamá, el calor, la angustia, todo
ello junto hizo que guardáramos silencio.
De repente llamaron nuevamente a la puerta. -Debe de ser Helio -dije yo.
-No abras -me detuvo Margot, pero no hacía falta, oímos a mamá y al señor Van Daan
abajo hablando con Helio. Luego entraron y cerraron la puerta. A partir de ese momento,
cada vez que llamaran a la puerta, una de nosotras debía bajar sigilosamente para ver si
era papá; no abriríamos la puerta a extraños. A Margot y a mí nos hicieron salir del salón;
Van Daan quería hablar a solas con mamá.
Una vez en nuestra habitación, Margot me confesó que la cita
ción no estaba dirigida a papá, sino a ella. De nuevo me asusté muchísimo y me eché a
llorar. Margot tiene dieciséis años. De modo que quieren llevarse a chicas solas tan
jóvenes como ella... Pero por suerte no iría, lo había dicho mamá, y seguro que a eso se
había referido papá cuando conversaba conmigo sobre el hecho de escondernos.
Escondernos... ¿Dónde nos esconderíamos? ¿En la ciudad, en el campo, en una casa, en
una cabaña, cómo, cuándo, dónde? Eran muchas las preguntas que no podía hacer, pero
que me venían a la mente una y otra vez.
Margot y yo empezamos a guardar lo indispensable en una cartera del colegio. Lo
primero que guardé fue este cuaderno de tapas duras, luego unas plumas, pañuelos, libros
del colegio, un peine, cartas viejas... Pensando en el escondite, metí en la cartera las cosas más estúpidas, pero no me arrepiento. Me importan más los recuerdos que los vestidos.
A las cinco llegó por fin papá. Llamamos por teléfono al señor Kleiman, pidiéndole que
viniera esa misma tarde. Van Daan fue a buscar a Miep. Miep vino, y en una bolsa se
llevó algunos zapatos, vestidos, chaquetas, ropa interior y medias, y prometió volver por
la noche. Luego hubo un gran silencio en la casa: ninguno de nosotros quería comer nada,
aún hacía calor y todo resultaba muy extraño.
La habitación grande del piso de arriba se la habíamos alquilado a un tal Goldschmidt, un
hombre divorciado de treinta y pico, que por lo visto no tenía nada que hacer, por lo que
se quedó matando el tiempo hasta las diez con nosotros e4 el salón, sin que hubiera
manera de hacerle entender que se fuera.
A las once llegaron Miep y Jan Gies. Miep trabaja desde 1933 para papá y se ha hecho
íntima amiga de la familia, al igual que su flamente marido Jan. Nuevamente
desaparecieron zapatos, medias, libros y ropa interior en la bolsa de Miep y en los
grandes bolsillos del abrigo de Jan, y a las once y media también desaparecieron ellos
mismos.
Estaba muerta de cansancio, y aunque sabía que sería la última noche en que dormiría en
mi cama, me dormí en seguida y no me desperté hasta las cinco y media de la mañana,
cuando me llamó mamá. Por suerte hacía menos calor que el domingo; durante todo el
día cayó una lluvia cálida. Todos nos pusimos tanta ropa que era como si tuviéramos que
pasar la noche en un frigorífico, pero era para poder llevarnos más prendas de vestir. A
ningún judío que estuviera en nuestro lugar se le habría ocurrido salir de casa con una
maleta llena de ropa. Yo lleva a puestas dos camisetas, tres pantalones, un vestido,
encima una falda, una chaqueta, un abrigo de verano, dos pares de me 'as, zapatos
cerrados, un gorro, un pañuelo y muchas cosas as; estando todavía en casa ya me entró
asfixia, pero no había' más remedio.
Margot llenó de libros la cartera del colegio, sacó la bicicleta del garaje para bicicletas y
salió detrás de Miep, con un rumbo para mí desconocido. Y es que yo seguía sin saber
cuál era nuestro misterioso destino.
A las siete y media también nosotros cerramos la puerta a nuestras espaldas. Del único
del que había tenido que despedirme era de Moortje, mi gatito, que sería acogido en casa
de los vecinos, según le indicamos al señor Goldschmidt en una nota.
Las camas deshechas, la mesa del desayuno sin recoger, medio kilo de carne para el gato
en la nevera, todo daba la impresión de que habíamos abandonado la casa
atropelladamente. Pero no nos importaba la impresión que dejáramos, queríamos irnos,
sólo irnos y llegar a puerto seguro, nada más.
Seguiré mañana.

Tu Ana.

Domingo, 5 de Julio de 1942

Querida Kitty:
El acto de fin de curso del viernes en el Teatro Judío salió muy bien. Las notas que me
han dado no son nada malas: un solo insuficiente (un cinco en álgebra) y por lo demás
todo sietes, dos ochos y dos seises. Aunque en casa se pusieron contentos, en cuestión de
notas mis padres son muy distintos a otros padres; nunca les importa mucho que mis
notas sean buenas o malas; sólo se fijan en si estoy sana, en que no sea demasiado fresca
y en si me divierto. Mientras estas tres cosas estén bien, lo demás viene solo.
Yo soy todo lo contrario: no quiero ser mala alumna. Me aceptaron en el liceo de forma
condicional, ya que en realidad me faltaba ir al séptimo curso del colegio Montessori,
pero cuando a los chicos judíos nos obligaron a ir a colegios judíos, el señor Elte, después
de algunas idas y venidas, a Lies Goslar y a mí nos dejó matricularnos de manera
condicional. Lies también ha aprobado el curso pero tendrá que hacer un examen de
geometría de recuperación bastante difícil.
Pobre Lies, en su casa casi nunca puede sentarse a estudiar tranquila. En su habitación se
pasa jugando todo el día su hermana pequeña, una niñita consentida que está a punto de
cumplir dos años. Si no hacen lo que ella quiere, se pone a gritar, y si Lies no se ocupa de
ella, la que se pone a gritar es su madre. De esa manera es imposible estudiar nada, y
tampoco ayudan mucho las incontables clases de recuperación que tiene a cada rato. Y es
que la casa de los Goslar es una verdadera casa de tócame Roque. Los abuelos maternos
de Lies viven en la casa de al lado, pero comen con ellos. Luego hay una criada, la niñita,
el eternamente distraído y despistado padre y la siempre nerviosa e irascible madre, que
está nuevamente embarazada. Con un panorama así, la patosa de Lies está completamente
perdida.
A mi hermana Margot también le han dado las notas, estupendas como siempre. Si en el
colegio existiera el cum laude, se lo habrían dado. ¡Es un hacha!
Papá está mucho en casa últimamente; en la oficina no tiene nada que hacer. No debe ser
nada agradable sentirse un inútil. El señor Kleiman se ha hecho cargo de Opekta, y el
señor Kugler, de Gies & Cía., la compañía de los sucedáneos de especias, fundada hace
poco, en 1941.
Hace unos días, cuando estábamos dando una vuelta alrededor de la plaza, papá empezó a
hablar del tema de la clandestinidad. Dijo que será muy difícil vivir completamente
separados del mundo. Le pregunté por qué me estaba hablando de eso ahora.
-Mira, Ana -me dijo-. Ya sabes que desde hace más de un año estamos llevando ropa,
alimentos y muebles a casa de otra gente. No queremos que nuestras cosas caigan en
manos de los alemanes, pero menos aún que nos pesquen a nosotros mismos. Por eso, nos
iremos por propia iniciativa y no esperaremos a que vengan por nosotros.
-Pero papá, ¿cuándo será eso?
La seriedad de las palabras de mi padre me dio miedo.
-De eso no te preocupes, ya lo arreglaremos nosotros. Disfruta de tu vida despreocupada mientras puedas.
Eso fue todo. ¡Ojalá que estas tristes palabras tarden mucho en cumplirse!
Acaban de llamar al timbre. Es Hello. Lo dejo.

Tu Ana.

Miércoles,1 de Julio de 1942

Querida Kitty:
Hasta hoy te aseguro que no he tenido tiempo para volver a escribirte. El jueves estuve
toda la tarde en casa de unos amigos, el viernes tuvimos visitas y así sucesivamente hasta
hoy.
Helio y yo nos hemos conocido más a fondo esta semana. Me ha contado muchas cosas
de su vida. Es oriundo de Gelsenkirchen y vive en Holanda en casa de sus abuelos. Sus
padres están en Bélgica, pero no tiene posibilidades de viajar allí para reunirse con ellos.
Helio tenía una novia, Ursula. La conozco, es la dulzura y el aburrimiento personificado.
Desde que me conoció a mí, Helio se ha dado cuenta de que al lado de Ursula se duerme.
O sea, que soy una especie de antisomnífero. ¡Una nunca sabe para lo que puede llegar a
servir!
El sábado por la noche, Jacque se quedó a dormir conmigo, pero por la tarde se fue a casa
de Hanneli y me aburrí como una ostra.
Helio había quedado en pasar por la noche, pero a eso de las seis me llamó por teléfono.
Descolgué el auricular y me dijo: -Habla Helmuth Silberberg. ¿Me podría poner con
Ana? -Sí, Helio, soy Ana.
-Hola, Ana. ¿Cómo estás?
-Bien, gracias.
-Siento tener que decirte que esta noche no podré pasarme por tu casa, pero quisiera
hablarte un momento. ¿Te parece bien que vaya dentro de diez minutos?
-Sí, está bien. ¡Hasta ahora!
-¡Hasta ahora!
Colgué el auricular y corrí a cambiarme de ropa y a arreglarme el pelo. Luego me asomé,
nerviosa, por la ventana. Por fin lo vi llegar. Por milagro no me lancé escaleras abajo,
sino que esperé hasta que sonó el timbre. Bajé a abrirle y él fue directamente al grano:
-Mira, Ana, mi abuela dice que eres demasiado joven para que esté saliendo contigo.
Dice que tengo que ir a casa de los Löwenbach, aunque quizá sepas que ya no salgo con
Ursula.
-No, no lo sabía. ¿Acaso habéis reñido?
-No, al contrario. Le he dicho a Ursula que de todos modos no nos entendíamos bien y
que era mejor que dejáramos de salir juntos, pero que en casa siempre sería bien recibida, y que yo esperaba serlo también en la suya. Es que yo pensé que ella se estaba viendo con
otro chico, y la traté como si así fuera. Pero resultó que no era cierto, y ahora mi tío me
ha dicho que le tengo que pedir disculpas, pero yo naturalmente no quería, y por eso he
roto con ella, pero ése es sólo uno de muchos motivos. Ahora mi abuela quiere que vaya
a ver a Ursula y no a ti, pero yo no opino como ella y no tengo intención de hacerlo. La
gente mayor tiene a veces ideas muy anticuadas, pero creo que no pueden imponérnoslas
a nosotros. Es cierto que necesito a mis abuelos, pero ellos en cierto modo también me
necesitan. Ahora resulta que los miércoles por la noche tengo libre porque se supone que
voy a clase de talla de madera, pero en realidad voy a una de esas reuniones del partido
sionista. Mis abuelos no quieren que vaya porque se oponen rotundamente al sionismo.
Yo no es que sea fanático, pero me interesa, aunque últimamente están armando tal jaleo
que había pensado no ir más. El próximo miércoles será la última vez que vaya. Entonces
podremos vernos los miércoles por la noche, los sábados por la tarde y por la noche, los
domingos por la tarde, y quizá también otros días.
-Pero si tus abuelos no quieren, no deberías hacerlo a sus espaldas.
-El amor no se puede forzar.
En ese momento pasamos por delante de la librería Blankevoort, donde estaban Peter
Schiff y otros dos chicos. Era la primera vez que me saludaba en mucho tiempo, y me
produjo una gran alegría. El lunes, al final de la tarde, vino Helio a casa a conocer a papá
y mamá. Yo había comprado una tarta y dulces, y además había té y galletas, pero ni a
Helio ni a mí nos apetecía estar sentados en una silla uno al lado del otro, así que salimos
a dar una vuelta, y no regresamos hasta las ocho y diez. Papá se enfadó mucho, dijo que
no podía ser que llegara a casa tan tarde. Tuve que prometerle que en adelante estaría en
casa a las ocho menos diez a más tardar. Helio me ha invitado a ir a su casa el sábado que
viene.
Wilma me ha contado que un día que Helio fue a su casa le preguntó:
-¿Quién te gusta más, Ursula o Ana?
Y entonces él le dijo:
-No es asunto tuyo.
Pero cuando se fue, después de no haber cambiado palabra con Wilma en toda la noche,
le dijo:
-¡Pues Ana! Y ahora me voy. ¡No se lo digas a nadie!
Y se marchó.
Todo indica que Helio está enamorado de mí, y a mí, para variar, no me desagrada.
Margot diría que Helio es un buen tipo, y
yo opino igual que ella, y aún más. También mamá está todo el día alabándolo. Que es un
muchacho apuesto, que es muy corté,' simpático. Me alegro de que en casa a todos les
caiga tan bien, menos a mis amigas, a las que él encuentra muy niñas, y en eso tiene
razón. Jacque siempre me está tomando el pelo por lo de Hello. Yo no es que esté
enamorada, nada de eso. ¿Es que no puedo tener amigos? Con eso no hago mal a nadie.
Mamá sigue preguntándome con quién querría casarme, pero creo que ni se imagina que
es con Peter, porque yo lo desmiento una y otra vez sin pestañear. Quiero a Peter como
nunca he querido a nadie, y siempre trato de convencerme de que sólo vive persiguiendo
a todas las chicas para esconder sus sentimientos. Quizá él ahora también crea que Hello
y yo estamos enamorados, pero eso no es cierto. No es más que un amigo o, como dice
mamá, un galán.

Miércoles, 24 de Junio de 1942

Querida Kitty:
¡Qué bochorno! Nos estamos asando, y con el calor que hace tengo que ir andando a
todas partes. Hasta ahora no me había dado cuenta de lo cómodo que puede resultar un
tranvía, sobre todo los que son abiertos, pero ese privilegio ya no lo tenemos los judíos: a
nosotros nos toca ir en el «coche de San Fernando». Ayer a mediodía tenía hora con el
dentista en la Jan Luykenstraat, que desde el colegio es un buen trecho. Lógico que luego
por la tarde en el colegio casi me durmiera. Menos mal que la gente te ofrece algo de
beber sin tener que pedirlo. La ayudante del dentista es verdaderamente muy amable.
El único medio de transporte que nos está permitido coger es el transbordador. El
barquero del canal Jozef Israëlskade nos cruzó nada más pedírselo. De verdad, los
holandeses no tienen la culpa de que los judíos padezcamos tantas desgracias.
Ojalá no tuviera que ir al colegio. En las vacaciones de Semana Santa me robaron la bici,
y la de mamá, papá la ha dejado en casa de unos amigos cristianos. Pero por suerte ya se
acercan las vacaciones: una semana más y ya todo habrá quedado atrás.
Ayer por la mañana me ocurrió algo muy cómico. Cuando pasaba por el garaje de las
bicicletas, oí que alguien me llamaba. Me volví y vi detrás de mí a un chico muy
simpático que conocí anteanoche en casa de Wilma, y que es un primo segundo suyo.
Wilma es una chica que al principio me caía muy bien, pero que se pasa el día hablando
nada más que de chicos, y eso termina por aburrirte. El chico se me acercó algo tímido y me dijo que se llamaba Helio Silberberg. Yo estaba un tanto sorprendida y no sabía muy
bien lo que pretendía, pero no tardó en decírmelo: buscaba mi compañía y quería
acompañarme al colegio. «Ya que vamos en la misma dirección, podemos ir juntos», le
contesté, y juntos salimos. Helio ya tiene dieciséis años y me cuenta cosas muy
entretenidas.
Hoy por la mañana me estaba esperando otra vez, y supongo que en adelante lo seguirá
haciendo.

Tu Ana.