lunes, 10 de noviembre de 2014

29 de Septiembre de 1991

Querido amigo:

Tengo un montón de cosas que contarte sobre las últimas dos semanas. Bastantes son buenas, pero otras son malas. Sigo sin entender por qué siempre pasa igual.
Antes que nada, Bill me puso un suficiente en   mi   redacción   sobre Matar  un  ruiseñor porque dijo que hago frases demasiado largas. Estoy intentando practicar para no hacerlo. También dijo que debería utilizar el vocabulario que  aprendo  en  clase,  como «corpulento»  e «ictericia». Usaría aquí esas palabras, pero la verdad es que no creo que sean apropiadas en estas cartas.
Para  serte  sincero,  no  sé  dónde  sería apropiado usarlas. No estoy diciendo que no deberíamos conocerlas. Claro que deberíamos. Pero es que nunca, en toda mi vida, he oído a nadie  utilizar  las  palabras «corpulento»  e «ictericia». Incluyendo a los profesores. Así que, ¿qué sentido tiene utilizar palabras que nadie más sabe o puede decir con comodidad? Yo es que no lo entiendo.
Me pasa lo mismo con ciertas estrellas de cine que son malísimas actuando. Algunas de ellas deben de tener por lo menos un millón de dólares, y aun así, siguen haciendo películas. Se cargan a los malos. Gritan a sus detectives. Hacen entrevistas. Cada vez que veo en alguna revista a cierta estrella de cine no puedo evitar que me dé una pena terrible porque nadie tiene ningún respeto por ella, y a pesar de eso, siguen entrevistándola.  Y  en  las  entrevistas  todas dicen lo mismo.
Empiezan con lo que están comiendo en algún   restaurante. «Mientras   masticaba delicadamente su ensalada china de pollo, nos habló de su amor». Y todas las portadas dicen lo mismo: «Nos revela los misterios de la fama, el amor, y de su reciente película/serie/álbum de éxito».
Creo que está bien que los actores hagan entrevistas para hacernos pensar que son como nosotros,  pero  si  te  soy  sincero,  me  da  la sensación de que todo es una gran mentira. El problema es que no sé quién está mintiendo. Y no  entiendo  por  qué  estas  revistas  venden tanto. Y no entiendo por qué a las señoras que van al dentista les gustan tanto. El sábado pasado, estaba en la sala de espera del dentista y oí esta conversación:
—¿Has  visto  esta  película? —señala  la portada.
—Sí. La vi con Harold.
—¿Qué te ha parecido? —Ella es un encanto. —Sí. Lo es.
—Ah, tengo una nueva receta. —¿Baja en calorías?
—Ajá.
—¿Tienes tiempo mañana?
—No. ¿Por qué no haces que Mike se la mande a Harold por fax?
—Vale.
Entonces,   estas   señoras   empezaron   a hablar sobre la actriz que mencioné antes, y las dos lo tenían muy claro:
—Creo que es patética.
—¿Has   leído   la   entrevista   en Good Housekeeping?
—¿De hace algunos meses? —Ajá.
—Patética.
—¿Leíste la de Cosmopolitan? —No.
—Dios  mío,  es  prácticamente  la  misma entrevista.
—No sé ni por qué le hacen caso.
El hecho de que una de esas señoras fuera mi madre me dio especial lástima, porque mi madre es muy guapa. Y siempre está a dieta. A veces, mi padre la llama guapa, pero ella no lo escucha. A propósito, mi padre es muy buen marido. Solo que es pragmático.
Después del dentista, mi madre me llevó en coche  al  cementerio  donde  muchos  de  sus parientes están enterrados. A mi padre no le gusta ir al cementerio porque le da grima. Pero a mí no me importa nada ir, porque mi tía Helen está enterrada allí. Mi madre siempre fue la guapa de las dos, y mi tía Helen fue siempre «la otra». Lo bueno es que mi tía Helen nunca estuvo a dieta. Y mi tía Helen era «corpulenta». ¡Eh! ¡Lo he conseguido!
Mi tía Helen siempre dejaba que los niños nos   quedásemos   levantados   y   viéramos Saturday Night Live cuando hacía de canguro o cuando  estuvo  viviendo  con  nosotros  y  mis padres  se  iban  a  casa  de  otra  pareja  a emborracharse  y  jugar  a  juegos  de  mesa. Cuando yo era muy pequeño, recuerdo que me iba a dormir mientras mis hermanos y la tía Helen veían Vacaciones en el mar y La isla de la   fantasía.   Siendo   tan   pequeño,   nunca aguantaba despierto, y ojalá hubiera podido, porque  mis  hermanos  a  veces  hablan  de aquellos momentos. Tal vez sea triste que ahora se hayan convertido en recuerdos. Y tal vez no sea triste. Tal vez es solo el hecho de que queríamos a la tía Helen, sobre todo yo, y aquel era el único rato que podíamos pasar con ella.
No  empezaré  a  enumerar  recuerdos  de episodios  de  televisión,  excepto  uno,  porque supongo que viene al caso, y parece algo con lo que cualquiera se puede identificar de alguna manera. Y ya que no te conozco, imagino que tal vez pueda escribir sobre algo con lo que te puedas identificar.
Toda la familia estaba sentada viendo el último   episodio   de M.A.S.H.,  y  nunca  lo olvidaré, por muy pequeño que fuera entonces. Mi  madre  lloraba.  Mi  hermana  lloraba.  Mi hermano  estaba  haciendo  de  tripas  corazón para no llorar. Y mi padre se fue durante uno de  los  momentos  finales  para  hacerse  un sándwich. Bueno, no me acuerdo mucho del capítulo   en   sí   porque   yo   era   demasiado pequeño, pero mi padre nunca se iba a hacerse un sándwich, salvo durante la pausa de los anuncios, y entonces normalmente mandaba a mi madre. Fui hasta la cocina y vi a mi padre haciéndose un sándwich... y llorando. Lloraba todavía más desconsoladamente que mi madre. Y yo no me lo podía creer. Cuando terminó de hacerse su sándwich, guardó las cosas en la nevera y paró de llorar y se enjugó los ojos y me vio.
Entonces  se  acercó  a  mí,  me  dio  una palmadita en el hombro y dijo:
—Es   nuestro   pequeño   secreto, ¿vale, campeón?
—Vale —dije.
Y mi padre me levantó con el brazo que no sostenía el sándwich, y me llevó hasta el salón, donde está la televisión, y me sentó en sus rodillas durante el resto del episodio. Y cuando el episodio terminó, me levantó, apagó la tele y se volvió hacia los demás. Y declaró:
—Ha sido una gran serie.
Y mi madre dijo:
—Inmejorable.
Y mi hermana preguntó:
—¿Cuánto tiempo ha estado en antena? Y mi hermano respondió:
—Nueve años, tonta. Y mi hermana replicó: —Tonto lo serás tú... Y mi padre dijo:
—Parad de discutir, ahora mismo. Y mi madre dijo:
—Haced caso a vuestro padre. Y mi hermano no dijo nada. Y mi hermana no dijo nada.
Y años después descubrí que mi hermano se había equivocado.
Fui a la biblioteca a consultar sus datos y descubrí que el episodio que vimos había sido el más visto de toda la historia de la televisión, lo que me parece increíble porque era como si solo hubiese existido para nosotros cinco.
Ya sabes, un montón de chicos en el colegio odian a sus padres. A algunos les pegan. Y a algunos  les  ha  tocado  una  vida  asquerosa. Algunos son trofeos que sus padres muestran a los vecinos, como galones o estrellas doradas. Y algunos de esos padres lo único que quieren es que les dejen beber en paz.
Yo,  personalmente,  a  pesar  de  que  no comprenda a mis padres y a pesar de que a veces sienta pena por los dos, no puedo evitar quererlos mucho. Mi madre saca el coche para visitar a sus seres queridos en el cementerio. Mi padre lloró viendo M.A.S.H. y confió en que le guardara el secreto, y me dejó sentarme en sus rodillas, y me llamó «campeón».
Por cierto, solo tengo una caries y, por mucho que insista mi dentista, soy incapaz de usar la seda dental.

Con mucho cariño,
Charlie.

18 de Septiembre de 1991

Querido amigo:

No te he contado nunca que estoy en clase de Pretecnología, ¿verdad? Bueno, pues estoy en Pretecnología, y es mi clase favorita junto con la de Literatura Avanzada de Bill. Anoche escribí la redacción sobre Matar un ruiseñor, y se la pasé a Bill esta mañana. Se supone que vamos a hablar de ella mañana durante la hora de comer.
Pero a lo que iba es a que hay un chico en Pretecnología que se llama «Nada». No bromeo. Su nombre es «Nada». Y es para partirse de risa. «Nada» se quedó con el mote en el colegio, cuando la gente se metía con él. Creo que ahora está en último curso. Los chicos empezaron a llamarle Patty, cuando su nombre de verdad es Patrick. Y «Nada» les dijo: «Escuchad, o me llamáis Patrick o nada».Así que empezaron a llamarle «Nada». Y se le quedó el mote. En ese momento era un recién llegado al distrito escolar porque su padre se había casado con otra mujer, nueva en esta zona. Creo que dejaré de poner comillas en el nombre de Nada porque es pesado y rompe el hilo del discurso. Espero que no lo encuentres difícil de seguir. Me aseguraré de destacar la diferencia si se da el caso.
Bueno,  pues  en  clase  de  Pretecnología, Nada empezó a imitar a nuestro profesor, el señor Callahan, con muchísima gracia. Hasta se pintó con cera negra las patillas largas. Para partirse de risa. Cuando el profesor Callahan pilló a Nada haciendo esto cerca de la lijadora de banda, incluso se rio, porque Nada no lo estaba imitando con mala idea ni nada. Así de gracioso fue. Ojalá hubieras podido estar allí, porque no me he reído tanto desde que mi hermano se marchó de casa. Mi hermano solía contar chistes sobre polacos, que sé que está mal, pero yo no hacía caso de la parte polaca y escuchaba los chistes. Para partirse de risa.
Ah, por cierto, mi hermana me pidió que le devolviera su cinta de «Hojas de otoño». Ahora la escucha todo el tiempo.

Con mucho cariño,
Charlie.

16 de Septiembre de 1991

Querido amigo:

He   terminado Matar  un  ruiseñor.  Se  ha convertido en mi libro favorito del mundo, pero por otro lado, siempre pienso eso hasta que leo el siguiente libro. Mi profesor de Literatura Avanzada me ha pedido que lo llame «Bill» cuando no estemos en clase, y me ha dado otro libro  para  leer.  Dice  que  tengo  una  gran habilidad para leer e interpretar el lenguaje, y ha  querido  que  haga  una  redacción  sobre Matar un ruiseñor.
Se lo he mencionado a mi madre y me ha preguntado por qué Bill no había recomendado que pasara mejor a la clase de Literatura de Segundo o de Tercero. Y le conté que Bill dijo que esas eran básicamente las mismas clases aunque  con  libros  más  complicados  y  que aquello no me ayudaría a mejorar. Mi madre dijo que no estaba muy segura de eso, y que ya hablaría  con  él  en  la  jornada  de  puertas abiertas. Después, me pidió que la ayudara a fregar los platos, cosa que hice.
Francamente,  no  me  gusta  fregar  los platos. Me gusta comer con los dedos y sobre servilletas, pero mi hermana dice que es malo para el medio ambiente. Es miembro del club del Día de la Tierra en el instituto, y ahí es donde conoce a los chicos. Todos la tratan muy bien, y no me lo acabo de explicar, salvo quizá por lo guapa que es. Ella se porta muy mal con ellos.
Hay un chico que lo tiene particularmente difícil. No te diré su nombre. Pero te lo contaré todo sobre él. Tiene el pelo castaño muy bonito, y lo lleva largo, recogido con una coleta. Creo que se arrepentirá en el futuro cuando eche la vista atrás. Siempre está grabándole cintas de varios a mi hermana de temas muy específicos. Una  se  llamaba «Hojas  de  Otoño».  Incluyó muchas  canciones  de  The  Smiths.  Incluso coloreó a mano la carátula. Después de que terminara la película que había alquilado y de que él se marchara, mi hermana me dio la cinta:
—¿Quieres esto, Charlie?
Tomé la cinta, pero me sentí raro porque él la había hecho para ella. Aunque la escuché. Y me gustó muchísimo. Hay una canción llamada Asleep que me gustaría que escucharas. Le hablé a mi hermana de ella. Y una semana después me dio las gracias porque cuando este chico   le   preguntó   por   la   cinta,   le   dijo exactamente lo que yo había dicho sobre la canción Asleep,  y  a  este  chico  le  emocionó mucho  cuánto  había  significado  para  ella. Espero que esto quiera decir que se me dará bien ligar cuando llegue el momento.
Pero debería ceñirme al tema. Eso es lo que mi  profesor  Bill  me  dice  que  haga,  porque escribo más o menos como hablo. Creo que por eso  quiere  que  escriba  esa  redacción  sobre Matar un ruiseñor.
El  chico  al  que  le  gusta  mi  hermana siempre es respetuoso con mis padres. Por eso a mi madre le cae muy bien. Mi padre piensa que es un blando. Creo que esa es la causa de que mi hermana haga lo que hace con él.
Una noche le estuvo diciendo cosas muy crueles sobre que él nunca se había enfrentado al matón de la clase cuando tenía quince años, o algo parecido. Para serte sincero, yo estaba viendo la película que él había alquilado, así que no le estaba prestando mucha atención a su pelea. Se pelean todo el rato, por lo que supuse que al menos la película sería diferente, aunque no lo fue porque era una segunda parte.
En  todo  caso,  después  de  que  ella  se metiera con él durante más o menos cuatro escenas de la película, que creo que fueron diez minutos o así, él se echó a llorar. A llorar a mares. Entonces volví la cabeza y mi hermana me señaló.
—Para que veas, hasta Charlie le plantó cara al matón de su clase. Ya ves.
Y el chico se puso coloradísimo. Y me miró. Después, la miró a ella. Y levantó la mano y le cruzó la cara con una buena bofetada. Buena de verdad. Me quedé helado, porque no podía creer lo que había hecho. No era propio de él pegar a nadie. Era el chico que grababa cintas temáticas de varios, con las carátulas pintadas a mano, hasta que pegó a mi hermana y paró de llorar.
Lo más raro es que mi hermana no hizo nada. Solo se quedó mirándolo en completo silencio. Fue extrañísimo. Mi hermana se pone como loca si te comes un tipo de atún que no debes, pero aquí estaba este chico pegándole, y ella no dijo ni mu. Solo se volvió más dulce y amable. Y me pidió que me fuera, cosa que hice. Después  de  que  el  chico  se  marchara,  mi hermana me dijo que estaban «saliendo», y que no le contara a mamá ni a papá lo que había pasado.
Supongo que él se había enfrentado a su matón. Y supongo que tiene lógica. Ese fin de semana, mi hermana pasó un montón de tiempo con este chico. Y se rieron mucho más de lo que normalmente hacen. El viernes por la noche, estuve leyendo mi nuevo libro, pero como estaba mentalmente cansado, decidí ver un poco la tele. Y abrí la puerta del sótano y mi hermana y este chico estaban desnudos. Él estaba encima de ella, y ella tenía las piernas extendidas a ambos lados del sofá. Y me gritó en un susurro:
—¡Sal de aquí, pervertido!
Así que me fui. Al día siguiente, todos vimos en la tele a mi hermano jugar al fútbol. Y mi hermana invitó a este chico a casa. No sé a ciencia cierta cuándo se había marchado la noche  anterior.  Estuvieron  agarrados  de  la mano y se comportaron como si todo fuera alegre. Y el chico dijo que el equipo de fútbol del instituto no era el mismo desde que mi hermano se graduó, o algo así, y mi padre se lo agradeció. Y cuando el chico se fue, mi padre dijo que se estaba convirtiendo en un joven excelente que sabía cómo comportarse. Y mi madre se quedó callada.   Y   mi   hermana   me   miró   para asegurarse de que yo no abriría la boca. Y así fue.
—Sí. Lo es —fue lo único que pudo decir mi hermana.
Y  yo  imaginé  a  este  chico  en  su  casa haciendo  los  deberes  y  pensando  en  mi hermana desnuda. Y los imaginé de la mano en partidos  de  fútbol  a  los  que  no  prestarían atención. E imaginé a este chico vomitando en los arbustos de una fiesta en la casa de alguien. E imaginé a mi hermana aguantándolo.
Y me sentí muy mal por los dos.

Con mucho cariño,
Charlie.

11 de Septiembre de 1991

Querido amigo:

No tengo mucho tiempo porque mi profesor de Literatura Avanzada nos ha mandado un libro para leer y me gusta leerme los libros dos veces. Por cierto, el libro es Matar un ruiseñor. Si no lo has leído, creo que deberías hacerlo, porque es muy interesante. El profesor nos ha encargado que  leamos  solo  unos  cuantos  capítulos  de momento, pero no me gusta leer los libros así. Ya  voy  por  la  mitad,  y  eso  que  acabo  de empezar.
De todas formas, la razón por la que te escribo  es  porque  vi  a  mi  hermano  por televisión.   Normalmente   no   me   interesan demasiado  los  deportes,  pero  esta  era  una ocasión especial. Mi madre empezó a llorar, y mi padre la rodeó con el brazo, y mi hermana sonrió, cosa rara porque mis hermanos siempre se pelean cuando él está por aquí.
Pero mi hermano mayor ha salido en la televisión y, hasta ahora, ha sido lo mejor de las dos semanas que llevo en el instituto. Lo echo de menos muchísimo, lo que es extraño, porque nunca hablábamos demasiado cuando estaba aquí. Tampoco lo hacemos ahora, para serte sincero.
Te diría en qué posición juega, pero como te conté,   me   gustaría   mantenerme   en   el anonimato contigo. Espero que lo comprendas.

Con mucho cariño,
Charlie.

7 de Septiembre de 1991

Querido amigo:

No me gusta el instituto. La cafetería se llama «Centro de Nutrición», que ya es raro. Hay una chica en mi clase de Literatura Avanzada que se llama Susan. En el colegio era muy divertido estar con ella. Le gustaban las películas, y su hermano   Frank   le   grababa   unas   cintas buenísimas  de  música  que  compartía  con nosotros. Pero este verano le han quitado los braquets y está un poco más alta, más guapa, y le ha crecido el pecho. Ahora se comporta como una tonta por los pasillos, sobre todo cuando hay chicos cerca. Y me da pena, porque Susan no parece tan feliz como antes. Si te digo la verdad, no le gusta reconocer que está en la clase  de  Literatura  Avanzada,  y  tampoco saludarme por los pasillos.
Cuando Susan estuvo en la reunión de orientación sobre Michael, contó que Michael una vez le dijo que era la chica más guapa del mundo, con braquets y todo. Después, le pidió  que «diera  una  vuelta  con  él»,  lo  que  en cualquier colegio se consideraba como dar un gran paso. En el instituto lo llaman «salir con alguien». Y se besaron y hablaron de películas, y ahora lo echa terriblemente de menos porque era su mejor amigo.
Es curioso, además, porque los chicos y las chicas  normalmente  no  se  hacían  mejores amigos en mi colegio. Pero Michael y Susan sí. Un poco como yo y mi tía Helen. Perdón. «Mi tía Helen y yo». Es algo que he aprendido esta semana. Eso y a sistematizar mejor las normas de puntuación.
Estoy callado la mayoría del tiempo, y solo un chico llamado Sean pareció fijarse en mí. Me esperó a la salida de la clase de Educación Física y me dijo cosas muy inmaduras como que iba  a  darme  un «remojón»,  que  es  cuando alguien te mete la cabeza en el váter y tira de la cadena para hacer que tu pelo dé vueltas. Él también parecía bastante infeliz, y se lo dije. Entonces  se  enfadó  conmigo  y  empezó  a pegarme, y yo me limité a hacer las cosas que me había enseñado mi hermano. Mi hermano es un gran luchador.
—Ve a por las rodillas, la garganta y los ojos.
Y eso hice. Y le hice bastante daño a Sean. Y entonces se echó a llorar. Y mi hermana tuvo que salir de su clase de último curso avanzado y llevarme a casa en coche. Me hicieron ir al despacho  del  director  Small,  pero  no  me castigaron ni nada porque un chico le contó al director Small la verdad sobre la pelea.
—Sean empezó. Fue en defensa propia.
Así fue. Pero no logro comprender por qué Sean quería hacerme daño. Yo no le había hecho nada. Soy muy bajito. Es verdad. Pero supongo que Sean no sabía que podía pelear. La verdad es que podría haberle hecho mucho más daño. Y quizá debería habérselo hecho. Se me ocurrió que tal vez tendría que hacerlo, si Sean persiguiera al chico que le dijo al director Small la verdad, pero Sean nunca fue a por él. Así que todo quedó olvidado.
Algunos  chicos  me  miran  raro  por  los pasillos porque no adorno mi taquilla, y soy el que le dio la paliza a Sean y no pudo parar de llorar después de hacerlo. Supongo que soy bastante sensible.
Me  he  sentido  muy  solo  últimamente porque mi hermana está ocupada haciendo de la  mayor  de  la  familia.  Mi  hermano  está ocupado  siendo  jugador  de  fútbol  en  Penn State. Después    del    campamento    de entrenamiento, su entrenador le dijo que iba a ser suplente y que, cuando empiece a asimilar el sistema, será titular.
Mi padre confía de verdad en que llegue al fútbol profesional y juegue con los Steelers. Mi madre  simplemente  se  alegra  de  que  vaya gratis a la universidad, porque mi hermana no juega al fútbol y no hubiera habido dinero suficiente para enviarlos a los dos. Por eso quiere que yo siga esforzándome mucho, para conseguir una beca.
Así que en eso estoy, hasta que haga algún amigo por aquí. Esperaba que el chico que dijo la verdad pudiera hacerse amigo mío, pero creo que solo lo hizo porque era lo correcto.

Con mucho cariño,
Charlie.

domingo, 9 de noviembre de 2014

25 de agosto de 1991

Querido amigo:
Te  escribo  porque  ella  dijo  que  escuchas  y comprendes y que no intentaste acostarte con aquella persona en esa fiesta aunque hubieras podido hacerlo. Por favor, no intentes descubrir quién es ella porque entonces podrías descubrir quién soy yo, y la verdad es que no quiero que lo hagas. Me referiré a la gente cambiándole el nombre  o  por  nombres  comunes  porque  no quiero que me encuentres. Por la misma razón no he adjuntado una dirección para que me respondas. No pretendo nada malo con esto. En serio.
Solo necesito saber que alguien ahí afuera escucha y comprende y no intenta acostarse con la gente aun pudiendo hacerlo. Necesito saber que existe alguien así.
Creo que tú lo comprenderías mejor que nadie porque creo que eres más consciente que los demás y aprecias lo que la vida significa. Al menos, eso espero, porque hay gente que acude a ti en busca de ánimos y amistad. Por lo menos, eso he oído.
Bueno, esta es mi vida. Y quiero que sepas que estoy al mismo tiempo contento y triste y que  todavía  intento  descubrir  cómo  eso  es posible.
Intento pensar que mi familia es una de las causas de que yo esté así, sobre todo después de que mi amigo Michael dejara de ir al colegio un día la primavera pasada y oyéramos la voz del señor Vaughn por el altavoz:
—Chicos y chicas, lamento informaros de que uno de nuestros estudiantes ha fallecido. Haremos una ceremonia por Michael Dobson en la asamblea escolar de este viernes.
No sé cómo se extienden las noticias por el colegio ni por qué a menudo no se equivocan. Quizá  fuera  en  el  comedor.  Es  difícil  de recordar. Pero Dave, el de las gafas raras, nos dijo que Michael se había suicidado. Su madre estaba jugando al bridge con una de las vecinas de Michael y oyeron el disparo.
No me acuerdo demasiado de lo que pasó después  de  aquello,  salvo  que  mi  hermano mayor vino al colegio, al despacho del señor Vaughn, y me dijo que parara de llorar. Luego, me rodeó los hombros con el brazo y me dijo que terminara de desahogarme antes de que papá volviera a casa. Después fuimos a comer patatas fritas a McDonalds y me enseñó a jugar al pinball. Incluso bromeó con que gracias a mí se había librado de las clases de la tarde y me preguntó  si  quería  ayudarlo  a  arreglar  su Chevrolet Camaro. Supongo que yo debía de estar hecho un desastre, porque hasta entonces nunca me había dejado arreglar su Camaro.
En las sesiones de orientación, nos pidieron a los que apreciábamos de verdad a Michael que  dijéramos  algunas  palabras.  Creo  que temían que algunos intentáramos matarnos o algo así, porque los orientadores parecían muy tensos y uno de ellos no paraba de tocarse la barba.
Bridget, que está loca, dijo que a veces pensaba en el suicidio cuando ponían anuncios en  la  tele.  Lo  decía  sinceramente,  y  esto desconcertó a los orientadores. Carl, que es muy amable con todo el mundo, dijo que estaba muy triste, pero que nunca podría suicidarse porque es pecado.
Uno de los orientadores fue pasando por todo el grupo hasta que al final llegó a mí: —¿Tú qué piensas, Charlie?
Lo extraño de esto era que yo no había visto  nunca  a  este  hombre  porque  era  un «especialista», y él sabía mi nombre aunque yo no llevara ninguna tarjeta identificativa, como se hace en las jornadas de puertas abiertas.
—Pues... a mí Michael me parecía un chico muy si.jpgmpático, y no entiendo por qué lo hizo. Por muy triste que me sienta, creo que no saberlo es lo que de verdad me preocupa.
Acabo de releer esto y no parece mi forma de hablar. Y mucho menos en ese despacho, porque  todavía  seguía  llorando.  Todavía  no había parado de llorar.
El  orientador  dijo  que  sospechaba  que Michael tenía «problemas en casa» y que creyó que no tenía a nadie con quien hablar. Tal vez por eso se sintió tan solo y se suicidó.Entonces empecé a gritarle al orientador que Michael podía haber hablado conmigo. Y me  puse  a  llorar  con  más  fuerza  todavía. Intentó calmarme diciendo que se refería a algún adulto, como un profesor o un orientador. Pero no funcionó, y al final mi hermano vino a recogerme al colegio con su Camaro.
Durante el resto del curso, los profesores me trataron  de  forma  especial  y  me  pusieron mejores notas, aunque yo no me había vuelto más listo. Si te digo la verdad, creo que los ponía nerviosos.
El funeral de Michael fue raro porque su padre no lloró. Y tres meses después abandonó a la madre de Michael. Al menos, eso nos contó Dave a la hora de comer. A veces pienso en ello. Me pregunto qué pasaba en la casa de Michael cuando se acercaba la hora de la cena y los programas de televisión. Michael no dejó una nota, o al menos sus padres no se la dejaron ver a nadie. Quizá fueran los «problemas en casa». Ojalá lo supiera. Podría hacer que lo echara mejor de menos. Podría darle un triste sentido a lo que hizo.
Lo que sí tengo claro es que esto hace que me pregunte si yo tengo «problemas en casa», pero me parece que un montón de gente lo tiene mucho peor que yo. Como cuando el primer novio de mi hermana empezó a verse con otra chica y mi hermana estuvo llorando durante todo el fin de semana.
Mi padre dijo:
—Hay gente que lo tiene mucho peor.
Y mi madre se quedó callada. Y eso fue todo. Un mes después, mi hermana conoció a otro chico y empezó a poner música alegre otra vez. Y mi padre siguió trabajando. Y mi madre siguió   barriendo.   Y   mi   hermano   siguió arreglando su Camaro. Bueno, hasta que se fue a la universidad a principios del verano. Juega al fútbol americano en el equipo de Penn State, pero necesitaba subir las notas este verano para poder jugar al fútbol.
No  creo  que  en  nuestra  familia  haya ningún hijo favorito. Somos tres, y yo soy el más pequeño. Mi hermano es el mayor. Es buenísimo jugando al fútbol y le encanta su coche. Mi hermana es muy guapa, es cruel con los chicos, y es la hija mediana. Yo ahora saco sobresaliente en todo como mi hermana y por eso me dejan en paz.
Mi   madre   llora   un   montón   con   los programas de la tele. Mi padre trabaja un montón y es un hombre honrado. Mi tía Helen solía   decir   que   mi   padre   era   demasiado orgulloso  como  para  tener  la  crisis  de  los cuarenta.  Todavía  no  comprendo  a  qué  se refería, porque acaba de cumplir los cuarenta y no ha cambiado nada.
Mi tía Helen era mi persona favorita del mundo entero. Era la hermana de mi madre. Sacaba  sobresaliente  en  todo  cuando  era adolescente, y solía darme libros para leer. Mi padre  decía  que  esos  libros  eran  un  poco antiguos para mí, pero me gustaban, así que acababa encogiéndose de hombros y me dejaba leer.
Mi tía Helen estuvo viviendo con nuestra familia durante los últimos años de su vida porque  algo  muy  malo  le  había  ocurrido. Entonces nadie me decía qué había pasado, aunque yo siempre quise saberlo. Cuando tenía más o menos siete años, dejé de preguntar sobre el tema porque un día estuve insistiendo, como siempre hacen los niños, y mi tía Helen se echó a llorar desconsoladamente.
Entonces fue cuando mi padre me dio una bofetada y dijo:
—¡Estás hiriendo los sentimientos de tu tía Helen!
Como no quería hacerlo, paré. La tía Helen le dijo a mi padre que no me pegara delante de ella nunca más, y mi padre repuso que aquella era su casa y que haría lo que le diera la gana, y mi madre se quedó callada y mis hermanos también.
No recuerdo mucho más después de eso porque empecé a llorar a lágrima viva y al cabo de un rato mi padre hizo que mi madre me llevara a mi cuarto. No fue hasta mucho tiempo más tarde que mi madre se tomó unas cuantas copas de vino blanco y me contó lo que le había pasado   a   su   hermana.   Algunas   personas verdaderamente lo tienen mucho peor que yo. Y tanto que sí.
Creo que ahora debería irme a dormir. Es muy tarde. No sé por qué te he contado todo esto. Te he escrito esta carta porque mañana empiezo el instituto y estoy bastante asustado.
Con mucho cariño,
Charlie

viernes, 18 de enero de 2013

Capitulo 27


    Mi co­ra­zón la­te con tan­ta fu­er­za que la san­g­re em­pi­eza a cor­rer de­ba­jo de mi em­pa­pa­da ven­da de mus­go. Mis pen­sa­mi­en­tos se nub­lan. Des­pu­és de to­do aún es po­sib­le que san­g­re has­ta mo­rir an­tes de que me re­ani­men. En mi men­te su­sur­ro un gra­ci­as a Johan­na Ma­son por la ex­ce­len­te he­ri­da que in­f­li­gió, y me des­ma­yo.
    Cuando reg­re­so a la se­mi­con­s­ci­en­cia, pu­edo sen­tir que es­toy tum­ba­da sob­re una me­sa acol­c­ha­da. Es­tá la sen­sa­ci­ón pun­zan­te de tu­bos en mi bra­zo iz­qu­i­er­do. Es­tán in­ten­tan­do man­te­ner­me con vi­da por­que, si me des­li­zo si­len­ci­osa y pri­va­da­men­te ha­cia la mu­er­te, se­rá una vic­to­ria. Aún soy en ge­ne­ral in­ca­paz de mo­ver­me, ab­ro los pár­pa­dos, le­van­to la ca­be­za.
    Pero mi bra­zo de­rec­ho ha re­cu­pe­ra­do al­go de mo­vi­li­dad. Es­tá ex­ten­di­do cru­zán­do­me el ab­do­men, co­mo una ale­ta, no, al­go me­nos ani­ma­do, co­mo un gar­ro­te. No ten­go ver­da­de­ra co­or­di­na­ci­ón mo­to­ra, nin­gu­na pru­eba de que si­qu­i­era ten­ga de­dos to­da­vía. Aún así con­si­go bam­bo­le­ar el bra­zo de un la­do a ot­ro has­ta que ar­ran­co los tu­bos. Sal­ta un pi­ti­do pe­ro no pu­edo per­ma­ne­cer des­pi­er­ta pa­ra des­cub­rir a qu­i­en at­ra­erá.
    La si­gu­i­en­te vez que sal­go a la su­per­fi­cie, mis ma­nos es­tán ata­das a la me­sa, los tu­bos de vu­el­ta en mi bra­zo. Sin em­bar­go, pu­edo ab­rir los oj­os y le­van­tar le­ve­men­te la ca­be­za. Es­toy en una gran ha­bi­ta­ci­ón con tec­ho ba­jo y una luz pla­te­ada. Hay dos fi­las de ca­mas una fren­te a la ot­ra. Pu­edo oír la res­pi­ra­ci­ón de lo que asu­mo son los de­más ven­ce­do­res. Di­rec­ta­men­te fren­te a mí veo a Be­etee con unas di­ez má­qu­inas dis­tin­tas en­gan­c­ha­das a él. ¡Só­lo de­j­ad­nos mo­rir!
    Grito en mi ca­be­za. Gol­peo la ca­be­za con fu­er­za ha­cia at­rás con­t­ra la me­sa y me des­va­nez­co de nu­evo.
    Cuando por fin, de ver­dad, me des­pi­er­to, las res­t­ric­ci­ones ya no es­tán. Le­van­to la ma­no y des­cub­ro que ten­go de­dos que nu­eva­men­te pu­eden mo­ver­se ba­jo mis ór­de­nes. Me si­en­to y me afer­ro a la me­sa acol­c­ha­da has­ta que la ha­bi­ta­ci­ón se en­fo­ca. Mi bra­zo iz­qu­i­er­do es­tá ven­da­do pe­ro los tu­bos cu­el­gan de bar­ras jun­to a mi ca­ma.
    Estoy so­la sal­vo por Be­etee, que to­da­vía ya­ce fren­te a mí, si­en­do sos­te­ni­do por su ej­ér­ci­to de má­qu­inas. ¿Dón­de es­tán los ot­ros, en­ton­ces? Pe­eta, Fin­nick, Eno­ba­ria y… y… uno más, ¿ver­dad? O bi­en Johan­na o Chaff o Bru­tus, uno de el­los aún es­ta­ba con vi­da cu­an­do em­pe­za­ron las bom­bas. Es­toy se­gu­ra de que qu­er­rán cre­ar ej­em­p­lo con to­dos no­sot­ros. Pe­ro ¿dón­de se los han lle­va­do? ¿Se los han lle­va­do des­de el hos­pi­tal a la cár­cel?
    Peeta… Su­sur­ro. De­se­aba tan­to pro­te­ger­lo. To­da­vía es­toy re­su­el­ta a el­lo. Ya que he fra­ca­sa­do man­te­ni­én­do­lo se­gu­ro con vi­da, de­bo en­con­t­rar­lo, ma­tar­lo aho­ra an­tes de que el Ca­pi­to­lio pu­eda es­co­ger los me­di­os ago­ni­zan­tes de su mu­er­te. Des­li­zo mis pi­er­nas fu­era de la me­sa y mi­ro a mi al­re­de­dor en bus­ca de un ar­ma. Hay va­ri­as jerin­gas sel­la­das en plás­ti­co es­té­ril sob­re una me­sa cer­ca de la ca­ma de Be­etee. Per­fec­to. To­do lo que ne­ce­si­to es aire y un pin­c­ha­zo di­rec­to a una de sus ve­nas.
    Hago una pa­usa, con­si­de­ran­do ma­tar a Be­etee. Pe­ro si lo ha­go, los mo­ni­to­res em­pe­za­rán a pi­tar y me co­ge­rán an­tes de que lle­gue a Pe­eta. Ha­go una pro­me­sa mu­da de reg­re­sar a re­ma­tar­lo si pu­edo.
    Estoy de­sun­da sal­vo por un del­ga­do ca­mi­són, así que des­li­zo la jerin­ga ba­jo el ven­da­je que cub­re la he­ri­da de mi bra­zo. No hay gu­ar­di­as en la pu­er­ta. Sin du­da al­gu­na es­toy a ki­ló­met­ros por de­ba­jo del Cen­t­ro de En­t­re­na­mi­en­to o en al­gu­na for­ta­le­za del Ca­pi­to­lio, y la po­si­bi­li­dad de que es­ca­pe es ine­xis­ten­te. No im­por­ta. No me es­toy es­ca­pan­do, só­lo aca­ban­do una mi­si­ón.
    Me des­li­zo por un es­t­rec­ho pa­sil­lo has­ta una pu­er­ta me­tá­li­ca que es­tá en­t­re­abi­er­ta. Al­gu­i­en es­tá tras el­la. Sa­co la jerin­ga y la afer­ro en la ma­no. Ap­re­tán­do­me con­t­ra la pa­red, es­cuc­ho a las vo­ces del in­te­ri­or.
    Se han per­di­do co­mu­ni­ca­ci­ones en el Si­ete, el Di­ez, y el Do­ce. Pe­ro aho­ra el On­ce ti­ene el con­t­rol sob­re el tran­s­por­te, así que por lo me­nos hay es­pe­ran­za de que sa­qu­en al­go de co­mi­da.
    Plutarch He­aven­s­bee, creo. Aun­que en re­ali­dad só­lo he hab­la­do con él una vez. Una voz ás­pe­ra ha­ce una pre­gun­ta.
    No, lo si­en­to. No hay mo­do de que pu­eda lle­var­te el Cu­at­ro. Pe­ro he da­do ór­de­nes es­pe­cí­fi­cas pa­ra re­cu­pe­rar­la si es po­sib­le. Es to­do lo que pu­edo ha­cer, Fin­nick.
    Finnick. Mi men­te luc­ha por cap­tar el sen­ti­do de la con­ver­sa­ci­ón, del hec­ho de que es­tá te­ni­en­do lu­gar en­t­re Plu­tarch He­aven­s­bee y Fin­nick. ¿Es él tan qu­eri­do y tan cer­ca­no al Ca­pi­to­lio que le ex­cu­sa­rán sus crí­me­nes? ¿O de ver­dad no te­nía ni idea de lo que pre­ten­día Be­etee? Graz­na al­go más. Al­go lle­no de de­ses­pe­ra­ci­ón.
    No se­as es­tú­pi­do. Eso es lo pe­or que pod­rí­as ha­cer. Ha­cer se­gu­ro que la ma­ta­ran.
    Mientras tú es­tés vi­vo, la man­ten­d­rán a el­la vi­va co­mo ce­bo. Di­ce Hay­mitch. ¡Di­ce Hay­mitch! Cru­zo la pu­er­ta con un gol­pe y tro­pi­ezo al in­te­ri­or de la ha­bi­ta­ci­ón.
    Haymitch, Plu­tarch y un Fin­nick en muy ma­las con­di­ci­ones es­tán sen­ta­dos al­re­de­dor de una me­sa pu­es­ta con una co­mi­da que na­die es­tá co­mi­en­do. La luz del día en­t­ra por las ven­ta­nas cur­vas, y en la dis­tan­cia veo la cú­pu­la de un bos­que de ár­bo­les. Es­ta­mos vo­lan­do. ¿Ya has de­j­ado de dor­mi­tar, pre­ci­osa? Di­ce Hay­mitch, el fas­ti­dio evi­den­te en su voz.
    Pero cu­an­do me ec­ho ha­cia de­lan­te él avan­za y me co­ge de las mu­ñe­cas, man­te­ni­én­do­me en pie. Mi­ra mi ma­no. ¿Así que so­is tú y una jerin­ga con­t­ra el Ca­pi­to­lio? Ves, es­ta es la ra­zón por la que na­die te de­ja a ti ha­cer los pla­nes. Lo mi­ro sin com­p­ren­der. Su­él­ta­la. Si­en­to la pre­si­ón in­c­re­men­tar­se en mi mu­ñe­ca de­rec­ha has­ta que mi ma­no se ve ob­li­ga­da a ab­rir­se y sol­tar la jerin­ga. Me si­en­ta en una sil­la jun­to a Fin­nick.
    Plutarch me po­ne un cu­en­co de cal­do de­lan­te. Un pa­ne­cil­lo. Me co­lo­ca una cuc­ha­ra en la ma­no.
    Come. Di­ce en una voz muc­ho más amab­le de la que usó Hay­mitch.
    Haymitch se si­en­ta di­rec­ta­men­te fren­te a mí.
    Katniss, voy a ex­p­li­car­te lo que ha pa­sa­do. No qu­i­ero que pre­gun­tes na­da has­ta que ter­mi­ne. ¿Enti­en­des?
    Asiento, aton­ta­da. Y es­to es lo que me di­ce.
    Había un plan pa­ra sa­car­nos de la are­na de­se el mo­men­to en que el Qu­ell fue anun­ci­ado.
    Los tri­bu­tos de los dis­t­ri­tos 3, 4, 6, 7, 8 y 11 te­ní­an di­ver­sos gra­dos de co­no­ci­mi­en­to acer­ca de el­lo. Plu­tarch He­aven­s­bee ha si­do, du­ran­te va­ri­os años, par­te de un gru­po sec­re­to que in­ten­ta­ba aca­bar con el Ca­pi­to­lio. Se ase­gu­ró de que el cab­le es­tu­vi­era en­t­re las ar­mas. Be­etee era el en­car­ga­do de ab­rir un agu­j­ero en el cam­po de fu­er­za. El pan que re­ci­bi­mos en la are­na era un có­di­go pa­ra el mo­men­to del res­ca­te. El dis­t­ri­to de don­de era ori­gi­na­rio el pan in­di­ca­ba el día. Tres. El nú­me­ro de pa­ne­cil­los la ho­ra. Ve­in­ti­cu­at­ro. El aero­des­li­za­dor per­te­ne­ce al Dis­t­ri­to 13. Bon­nie y Twill, las mu­j­eres del 8 que co­no­cí en el bos­que, te­ní­an ra­zón sob­re su exis­ten­cia y sus ca­pa­ci­da­des de de­fen­sa. Ac­tu­al­men­te es­ta­mos en un vi­a­je in­di­rec­to al Dis­t­ri­to 13. Mi­en­t­ras tan­to, la ma­yo­ría de los dis­t­ri­tos de Pa­nem es­tán en ple­na re­be­li­ón.
    Haymitch se de­ti­ene pa­ra ver si lo si­go. O tal vez ha ter­mi­na­do por el mo­men­to.
    Es muc­hí­si­mo que ab­sor­ber, es­te ela­bo­ra­do plan en el que yo era una fic­ha, tal y co­mo se su­po­nía que de­bía ser una fic­ha en los Ju­egos del Ham­b­re. Uti­li­za­da sin mi con­sen­ti­mi­en­to, sin sa­ber­lo. Por lo me­nos en los Ju­egos del Ham­b­re sa­bía que es­ta­ban jugan­do con­mi­go.
    Mis su­pu­es­tos ami­gos han si­do muc­ho más re­ser­va­dos.
    No me lo di­j­is­te­is. Mi voz es tan ás­pe­ra co­mo la de Fin­nick.
    No se os di­jo ni a ti ni a Pe­eta. No po­dí­amos ar­ri­es­gar­nos. Di­ce Plu­tarch. In­c­lu­so es­ta­ba pre­ocu­pa­do de que men­ci­ona­ras mi in­dis­c­re­ci­ón con el re­loj du­ran­te los Ju­egos. Sa­ca su re­loj de bol­sil­lo y des­li­za su pul­gar sob­re el cris­tal, en­cen­di­en­do el sin­sa­jo. Por su­pu­es­to, cu­an­do te en­se­ñé es­to, no ha­cía más que dar­te una pis­ta sob­re la are­na. Co­mo men­to­ra. Pen­sé que pod­ría ser el pri­mer pa­so pa­ra ga­nar­me tu con­fi­an­za. Nun­ca se me pa­só por la ca­be­za que vol­vi­eras a ser tri­bu­to.
    Todavía no en­ti­en­do por qué a Pe­eta y a mí no se nos in­for­mó sob­re el plan. Di­go.
    Porque una vez ex­p­lo­ta­ra el cam­po de fu­er­za, se­rí­a­is los pri­me­ros a los que in­ten­ta­rí­an cap­tu­rar, y cu­an­to me­nos su­pi­éra­is, me­j­or. Di­ce Hay­mitch. ¿Los pri­me­ros? ¿Por qué? Di­go, in­ten­tan­do asir­me al hi­lo de pen­sa­mi­en­to.
    Por la mis­ma ra­zón por la que los de­más acor­da­mos mo­rir pa­ra man­te­ne­ros con vi­da.
    Dice Fin­nick.
    No, Johan­na in­ten­tó ma­tar­me. Di­go.
    Johanna te no­qu­eó pa­ra ar­ran­car­te el ras­t­re­ador del bra­zo y pa­ra apar­tar a Bru­tus y a Eno­ba­ria de ti. Di­ce Hay­mitch. ¿Qué? Me du­ele muc­ho la ca­be­za y qu­i­ero que de­j­en de hab­lar en cír­cu­los. No sé de qué…
    Teníamos que sal­var­te por­que tú eres el sin­sa­jo, Kat­niss. Di­ce Plu­tarch. Mi­en­t­ras tú vi­vas, la re­vo­lu­ci­ón vi­ve.
    El pá­j­aro, la in­sig­nia, la can­ci­ón, las ba­yas, el re­loj, la gal­le­ta, el ves­ti­do que es­tal­ló en lla­mas. Yo soy el sin­sa­jo. El que sob­re­vi­vió a pe­sar de los pla­nes del Ca­pi­to­lio. El sím­bo­lo de la re­be­li­ón.
    Es lo que sos­pec­hé en el bos­que cu­an­do en­con­t­ré a Bon­nie y Twill hu­yen­do. Aun­que nun­ca lle­gué a en­ten­der la mag­ni­tud. Aun­que cla­ro, no se pre­ten­día que lo en­ten­di­era. Pi­en­so en Hay­mitch des­p­re­ci­an­do mis pla­nes pa­ra hu­ir del Dis­t­ri­to 12, pa­ra em­pe­zar mi pro­pio le­van­ta­mi­en­to, in­c­lu­so la mis­ma no­ci­ón de que el Dis­t­ri­to 13 pu­di­era exis­tir. Sub­ter­fu­gi­os y en­ga­ños. Y si él pu­do ha­cer­lo, det­rás de su más­ca­ra de sar­cas­mo y bor­rac­he­ra, tan con­vin­cen­te­men­te y du­ran­te tan­to ti­em­po, ¿sob­re qué más ha men­ti­do? Sé sob­re qué más.
    Peeta. Su­sur­ro, mi co­ra­zón dan­do un vu­el­co.
    Los ot­ros man­tu­vi­eron a Pe­eta con vi­da por­que si él mo­ría, sa­bí­amos que no hab­ría mo­do de man­te­ner­te en una ali­an­za. Di­ce Hay­mitch. Y no po­dí­amos ar­ri­es­gar­nos a de­j­ar­te sin pro­tec­ci­ón. Sus pa­lab­ras son muy prag­má­ti­cas, su ex­p­re­si­ón in­mu­tab­le, pe­ro no pu­ede ocul­tar el to­no gri­sá­ceo que co­lo­rea su sem­b­lan­te. ¿Dón­de es­tá Pe­eta? Si­seo.
    Fue cap­tu­ra­do por el Ca­pi­to­lio jun­to con Johan­na y Eno­ba­ria. Di­ce Hay­mitch. Y por fin ti­ene la de­cen­cia de ba­j­ar la mi­ra­da.
    Técnicamente, es­toy de­sar­ma­da. Pe­ro na­die de­be­ría su­bes­ti­mar el da­ño que pu­eden ha­cer las uñas, es­pe­ci­al­men­te si el obj­eti­vo no es­tá pre­pa­ra­do. Me lan­zo sob­re la me­sa y ras­t­ril­lo con las mí­as la ca­ra de Hay­mitch, ha­ci­en­do que flu­ya la san­g­re y ca­usan­do da­ño en un ojo. Des­pu­és los dos nos es­ta­mos gri­tan­do co­sas ter­rib­les, ter­rib­les, y Fin­nick es­tá in­ten­tan­do apar­tar­me, y sé que Hay­mitch ape­nas pu­ede con­te­ner­se y no ha­cer­me pe­da­zos, pe­ro yo soy el sin­sa­jo. Yo soy el sin­sa­jo, y ya es bas­tan­te di­fí­cil man­te­ner­me vi­va tal y co­mo es­tán las co­sas.
    Otras ma­nos ayu­dan a Fin­nick y es­toy de vu­el­ta en mi me­sa, mi cu­er­po su­j­eto, mis mu­ñe­cas ata­das, así que gol­peo la ca­be­za, en­fu­re­ci­da, una y ot­ra vez con­tar la me­sa. Una jerin­ga me pin­c­ha en el bra­zo y la ca­be­za me du­ele tan­to que de­jo de luc­har y sim­p­le­men­te gi­mo hor­rib­le­men­te co­mo un ani­mal he­ri­do, has­ta que mi voz ya no pu­ede más.
    La dro­ga ca­usa se­da­ci­ón, no su­eño, así que es­toy at­ra­pa­da en una mi­se­ria in­có­mo­da y va­ga­men­te do­lo­ro­sa du­ran­te lo que pa­re­ce una eter­ni­dad. Re­in­ser­tan sus tu­bos y me hab­lan en vo­ces cal­man­tes que nun­ca me lle­gan. To­do en lo que pu­edo pen­sar es Pe­eta, ya­ci­en­do en una me­sa si­mi­lar en al­gún si­tio, mi­en­t­ras in­ten­tan ob­te­ner de él in­for­ma­ci­ón que ni si­qu­i­era ti­ene.
    Katniss. Kat­niss, lo si­en­to. La vo­iz de Fin­nick lle­ga des­de la ca­ma al la­do de la mía y se des­li­za has­ta mi le­tar­gia. Tal vez por­que suf­ri­mos el mis­mo ti­po de do­lor. Qu­ería vol­ver a por él y Johan­na, pe­ro no po­día mo­ver­me.
    No res­pon­do. Las bu­enas in­ten­ci­ones de Fin­nick Oda­ir sig­ni­fi­can me­nos que na­da.
    Es me­j­or pa­ra él que pa­ra Johan­na. Ave­ri­gu­arán bas­tan­te pron­to que él no sa­be na­da. Y no lo ma­ta­rán si pu­eden usar­lo en tu con­t­ra. Di­ce Fin­nick. ¿Co­mo ce­bo? Le di­go al tec­ho. ¿Igu­al que usa­rán a An­nie co­mo ce­bo, Fin­nick?
    Puedo oír­lo llo­rar pe­ro no me im­por­ta. Pro­bab­le­men­te ni se mo­les­ta­rán en in­ter­ro­gar­la a el­la, tan per­di­da es­tá. Per­di­da en la pro­fun­di­dad de sus Ju­egos de ha­ce años. Hay una gran pro­ba­bi­li­dad de que yo es­té yen­do en la mis­ma di­rec­ci­ón. Tal vez ya me es­toy vol­vi­en­do lo­ca y na­die ti­ene el va­lor de de­cír­me­lo. Ya me si­en­to lo bas­tan­te lo­ca.
    Desearía que es­tu­vi­era mu­er­ta. Di­ce. De­se­aría que to­dos es­tu­vi­eran mu­er­tos y no­sot­ros tam­bi­én. Se­ría lo me­j­or.
    Bueno, no hay una bu­ena res­pu­es­ta pa­ra eso. Ape­nas pu­edo dis­pu­tar­lo ya que es­ta­ba an­dan­do por ahí con una jerin­ga pa­ra ma­tar a Pe­eta cu­an­do los en­con­t­ré. ¿De ver­dad lo qu­i­ero mu­er­to? Lo que qu­i­ero… lo que qu­i­ero es te­ner­lo de vu­el­ta. Pe­ro aho­ra nun­ca lo ten­d­ré de vu­el­ta. In­c­lu­so si de al­gún mo­do las fu­er­zas re­bel­des se las ar­reg­la­ran pa­ra aca­bar con el Ca­pi­to­lio, pu­edes es­tar se­gu­ro de que el úl­ti­mo ac­to del Pre­si­den­te Snow se­rá re­ba­nar­le la gar­gan­ta a Pe­eta. No. Nun­ca lo ten­d­ré de vu­el­ta. Así que mu­er­to es lo me­j­or.
    Pero ¿sab­rá eso Pe­eta, o se­gu­irá luc­han­do? Es tan fu­er­te y tan bu­en men­ti­ro­so. ¿Cree que ti­ene al­gu­na po­si­bi­li­dad de sob­re­vi­vir? ¿Le im­por­ta si­qu­i­era si es así? No es­ta­ba en­t­re sus pla­nes, en cu­al­qu­i­er ca­so. Ya ha­bía re­nun­ci­ado a la vi­da. Tal vez, si sa­be que yo fui res­ca­ta­da, in­c­lu­so es­tá con­ten­to. Si­en­te que tu­vo éxi­to en su mi­si­ón de man­te­ner­me con vi­da.
    Creo que lo odio to­da­vía más que a Hay­mitch.
    Abandono. De­jo de hab­lar, de res­pon­der, rec­ha­zo la co­mi­da y el agua. Pu­eden bom­be­ar lo que les ape­tez­ca en mi bra­zo, pe­ro ha­ce fal­ta más que eso pa­ra ha­cer que una per­so­na si­ga ade­lan­te una vez ha per­di­do el de­seo de vi­vir. Ten­go la ex­t­ra­ña idea de que si mu­ero, a Pe­eta le per­mi­ti­rán vi­vir. No co­mo al­gu­i­en lib­re si­no co­mo un Avox o al­go, sir­vi­en­do a los fu­tu­ros tri­bu­tos del Dis­t­ri­to 12. Des­pu­és tal vez pod­ría en­con­t­rar la for­ma de es­ca­par. Mi mu­er­te to­da­vía pod­ría, de hec­ho, sal­var­lo.
    Si no pu­ede, no im­por­ta. Es su­fi­ci­en­te mo­rir de ren­cor. Pa­ra cas­ti­gar a Hay­mitch, qu­i­en, de en­t­re to­das las per­so­nas en es­te mun­do put­re­fac­to, nos ha con­ver­ti­do a Pe­eta y a mí en fic­has de sus Ju­egos. Yo con­fi­aba en él. Pu­se lo que era pre­ci­oso en las ma­nos dse Hay­mitch. Y me ha tra­ici­ona­do.
    "Ves, es­ta es la ra­zón por la que na­die te de­ja a ti ha­cer los pla­nes," di­jo.
    Es ci­er­to. Na­die con dos de­dos de fren­te me de­j­aría a mí ha­cer los pla­nes. Por­que ob­vi­amen­te no pu­edo dis­tin­gu­ir a un ami­go de un ene­mi­go.
    Un mon­tón de gen­te vi­ene a hab­lar­me, pe­ro ha­go que to­das sus pa­lab­ras su­enen co­mo el chas­qu­ido de los in­sec­tos en la sel­va. Sin sig­ni­fi­ca­do y dis­tan­tes. Pe­lig­ro­sas, pe­ro só­lo si te acer­cas. Cu­an­do las pa­lab­ras em­pi­ezan a dis­tin­gu­ir­se, gi­mo has­ta que me dan más anal­gé­si­co y eso ar­reg­la las co­sas.
    Hasta que una vez ab­ro los oj­os y en­cu­en­t­ro a al­gu­i­en a qu­i­en no pu­edo blo­qu­e­ar, mi­rán­do­me des­de ar­ri­ba. Al­gu­i­en que no sup­li­ca­rá, ni ex­p­li­ca­rá, ni pen­sa­rá que pu­ede al­te­rar mi di­se­ño con ru­egos, por­que só­lo él sa­be có­mo ope­ro.
    Gale. Su­sur­ro.
    Hola, Cat­nip. Apar­ta con la ma­no un mec­hón de pe­lo de mis oj­os. Un la­do de su ca­ra ha si­do qu­ema­do bas­tan­te re­ci­en­te­men­te. Su bra­zo es­tá en un ca­bes­t­ril­lo, y pu­edo ver ven­das ba­jo su ca­mi­sa de mi­ne­ro. ¿Qué le ha pa­sa­do? ¿Có­mo es­tá si­qu­i­era aquí? Al­go muy ma­lo ha pa­sa­do en ca­sa.
    No es tan­to cu­es­ti­ón de ol­vi­dar­me de Pe­eta co­mo de acor­dar­me de los de­más. To­do lo que ha­ce fal­ta es una mi­ra­da a Ga­le y to­dos vu­el­ven re­sur­gi­en­do al pre­sen­te, exi­gi­en­do que les ha­ga ca­so. ¿Prim? Di­go con voz aho­ga­da.
    Está vi­va. Tam­bi­én tu mad­re. Las sa­qué a ti­em­po. ¿No es­tán en el Dis­t­ri­to Do­ce?
    Después de los Ju­egos, en­vi­aron avi­ones. Sol­ta­ron bom­bas. Va­ci­la. Bu­eno, ya sa­bes lo que le pa­só al Qu­ema­dor.
    Lo sé. Lo vi ar­der. El vi­e­jo al­ma­cén cu­bi­er­to en pol­vo de car­bón. To­do el dis­t­ri­to es­tá cu­bi­er­to de eso. Un nu­evo ti­po de hor­ror em­pi­eza a des­per­tar­se en mí cu­an­do me ima­gi­no bom­bas gol­pe­an­do la Ve­ta. ¿No es­tán en el Dis­t­ri­to Do­ce? Re­pi­to. Co­mo si de­cir­lo fu­era a es­qu­ivar la re­ali­dad.
    Katniss. Di­ce Ga­le su­ave­men­te.
    Reconozco esa voz. Es la mis­ma que uti­li­za pa­ra acer­car­se a ani­ma­les he­ri­dos an­tes de dar el gol­pe de gra­cia. Le­van­to la ma­no in­s­tin­ti­va­men­te pa­ra blo­qu­e­ar sus pa­lab­ras, pe­ro él la co­ge y la agar­ra con fu­er­za.
    No. Su­sur­ro.
    Pero Ga­le no es de los que me ocul­tan sec­re­tos.
    Katniss, no hay Dis­t­ri­to Do­ce.