sábado, 11 de abril de 2015

Capítulo 2

¿Habrá alguna aeronave del Capitolio viniendo derecha hacia nosotros para
borrarnos del mapa? No dejo de buscar indicios de un ataque durante el viaje sobre
el Distrito 12, pero nadie nos persigue. Al cabo de varios minutos, cuando oigo un
intercambio entre Plutarch y el piloto que confirma que el espacio aéreo está vacío,
empiezo a relajarme un poco.
Gale señala con la cabeza la bolsa de caza, de la que salen aullidos.
‐ Ya sé por qué querías venir.
‐ Tenía que hacerlo, por poco probable que fuera recuperarlo ‐respondo. Suelto la
bolsa en un asiento, donde la odiosa criatura empieza a emitir un gruñido ronco y
amenazador‐. Ay, cállate ya ‐le digo a la bolsa, y me dejo caer en el asiento acolchado
de la ventanilla que está frente al gato.
Gale se sienta a mi lado.
‐ ¿Ha sido muy malo?
‐ No podría ser mucho peor ‐contesto.
Lo miro a los ojos y veo mi propia pena reflejada en los suyos. Nos damos la mano
para agarrarnos con fuerza a una parte del 12 que Snow no ha logrado destruir.
Guardamos silencio durante el resto del viaje al 13, que sólo dura unos cuarenta y
cinco minutos, una simple semana a pie. Resulta que Bonnie y Twill, las refugiadas
del Distrito 8 con las que me encontré en el bosque el verano pasado, no estaban tan
lejos de su destino. Sin embargo, parece que no lo consiguieron. Cuando pregunté
por ellas en el 13, nadie sabía de quién hablaba. Supongo que murieron en el bosque.
Desde el aire, el 13 parece tan alegre como el 12: las ruinas no echan humo, como
el Capitolio nos muestra en la televisión, pero apenas queda vida sobre la superficie.
En los setenta y cinco años transcurridos desde los Días Oscuros (cuando se suponía
que el 13 había quedado destruido en la guerra entre el Capitolio y los distritos), casi
todas las nuevas construcciones se han hecho bajo tierra. Ya había unas instalaciones
subterráneas bastante grandes allí, desarrolladas a lo largo de los siglos como refugio
clandestino de líderes gubernamentales en caso de guerra o como último recurso
para la humanidad si la vida se volvía imposible en la superficie. Lo más importante
para la gente del 13 es que se trataba del centro del programa de desarrollo de armas
nucleares del Capitolio. Durante los Días Oscuros, los rebeldes del 13 lograron
hacerse con el control del lugar, apuntaron con los misiles al Capitolio e hicieron un
trato: se harían los muertos a cambio de que los dejaran en paz. El Capitolio tenía
otro arsenal nuclear en el oeste, pero no podía atacar al 13 sin sufrir su venganza, así
que se vio obligado a aceptar el trato. El Capitolio demolió los restos visibles del
distrito y cortó todos los accesos desde el exterior. Quizá los líderes del Gobierno
pensaron que, sin ayuda, el 13 moriría solo. Estuvo a punto de hacerlo unas cuantas
veces, pero logró salir adelante gracias a un estricto racionamiento de recursos, una
disciplina agotadora y una vigilancia continua ante posibles ataques del exterior.
Ahora los ciudadanos viven bajo tierra casi todo el tiempo. Puedes salir a hacer
ejercicio y tomar el sol a unas horas muy concretas de tu horario. No puedes saltarte
tu horario. Cada mañana se supone que tienes que meter el brazo derecho en un
cacharro de la pared que te tatúa en la parte interior del antebrazo cuál será tu
programa para el día. La tinta de color morado enfermizo dicta: «7:00 ‐ Desayuno.
7:30 ‐ Trabajo en la cocina. 8:30 ‐ Centro educativo, aula 17». Etcétera, etcétera. La
tinta es indeleble hasta las «22:00 ‐ Aseo». Entonces pierde su cualidad impermeable
y puedes quitártela con agua. Las luces se apagan a las 22:30, lo que indica que ha
llegado la hora de dormir para todos los que no estén en el turno de noche.
Al principio, cuando estaba enferma en el hospital, podía evitar la impresión del
horario. Sin embargo, en cuanto me trasladé al compartimento 307 con mi madre y
mi hermana, se suponía que tenía que cumplir el programa. Salvo para ir a comer,
hago caso omiso de lo que pone en mi brazo. Me limito a volver al compartimento, a
vagar por el 13 o a dormirme en cualquier escondrijo: un conducto de ventilación
abandonado, detrás de las tuberías del agua de la lavandería… Hay un armario en el
Centro Educativo que me viene genial porque, al parecer, nunca necesitan reponer
material para las clases. Aquí son tan frugales con las cosas que desperdiciar algo es
casi un delito. Por suerte, los habitantes del Distrito 12 nunca hemos sido muy
derrochadores, pero una vez vi a Fulvia Cardew arrugar un trozo de papel en el que
sólo había escrito un par de palabras, y la miraron de tal forma que era como si
hubiera asesinado a alguien. Se le puso la cara roja como un tomate, lo que hizo que
las flores plateadas grabadas en sus rollizas mejillas se notaran todavía más: era la
imagen misma del exceso. Uno de mis escasos placeres en el 13 es observar al grupito
de mimados «rebeldes» del Capitolio que intentan adaptarse.
No sé durante cuánto tiempo podré seguir despreciando la precisión horaria
exigida por mis anfitriones. En estos momentos me dejan en paz porque me han
clasificado como mentalmente desorientada (lo dice en mi pulsera médica de
plástico) y todos tienen que tolerar mis incoherencias. Sé que no durará para siempre,
igual que tampoco puede durar su paciencia con el tema del Sinsajo.
Desde la pista de aterrizaje, Gale y yo bajamos unas escaleras que llevan al
compartimento 307. Aunque podríamos usar el ascensor, me recuerda demasiado al
que me llevaba a la arena. Me está costando mucho acostumbrarme a pasar tanto
tiempo bajo tierra. Sin embargo, después del surrealista encuentro con la rosa, es la
primera vez que este descenso me hace sentir más segura.
Vacilo ante la puerta marcada con el número 307, temiendo las preguntas de mi
familia.
‐ ¿Qué les voy a contar sobre el Distrito 12? ‐le pregunto a Gale.
‐ Dudo que te pidan detalles. Ellas lo vieron arder, así que estarán más
preocupadas por cómo lo lleves tú ‐me responde, tocándome la mejilla‐. Igual que
me pasa a mí.
Aprieto la mejilla contra su mano durante un segundo.
‐ Sobreviviré.
Después respiro hondo y abro la puerta. Mi madre y mi hermana están en casa
para «18:00 ‐ Reflexión», una media hora de descanso antes de la cena. Noto que
están preocupadas e intentan calcular mi estado emocional. Antes de que nadie
pregunte nada, vacío la bolsa de caza y la hora se convierte en «18:00 ‐ Adoración del
gato». Prim, llorando, se sienta en el suelo y mece al odioso Buttercup, que sólo
interrumpe su ronroneo de vez en cuando para bufarme. Me lanza una mirada
especialmente petulante cuando mi hermana le ata el lazo azul al cuello.
Mi madre abraza con fuerza la foto de boda y después la coloca, junto con el libro
de plantas, en la cómoda proporcionada por el Gobierno. Cuelgo la chaqueta de mi
padre en el respaldo de una silla y, por un momento, es como estar en casa, así que
supongo que el viaje al Distrito 12 no ha sido una completa pérdida de tiempo.
Cuando salimos hacia el comedor para «18:30 ‐ Cena», el brazalector de Gale
empieza a pitar. Tiene aspecto de reloj o brazalete grande, pero recibe mensajes
escritos; tener un brazalector es un privilegio especial que se reserva a los más
importantes para la causa, un estatus que Gale logró por su rescate de los ciudadanos
del 12.
‐ Nos necesitan a los dos en la sala de mando ‐dice.
Avanzo unos cuantos pasos por detrás de él e intento prepararme antes de
sumergirme en lo que seguro será otra implacable sesión sinsajística. Me rezago en la
puerta de la sala de mando, una habitación de alta tecnología mezcla de sala de
reuniones y sala de guerra, equipada con paredes que hablan, mapas electrónicos
que muestran los movimientos de la tropa en distintos distritos y una gigantesca
mesa rectangular con cuadros de control que no debo tocar. Sin embargo, nadie nota
mi presencia, están todos reunidos en torno a una pantalla de televisión situada en el
otro extremo de la sala, en la que se ven veinticuatro horas al día las retransmisiones
del Capitolio. Justo cuando estoy pensando en escabullirme, Plutarch, cuyo amplio
cuerpo tapaba el televisor, me ve y me hace gestos urgentes para que me acerque. Lo
hago a regañadientes, intentando imaginar por qué me iba a interesar a mí, ya que
siempre es lo mismo: grabaciones de batallas, propaganda, repeticiones del
bombardeo del Distrito 12 o un siniestro mensaje del presidente Snow. Así que me
resulta casi divertido ver a Caesar Flickerman, el eterno presentador de los Juegos
del Hambre, con su cara pintada y su traje chispeante, preparándose para hacer una
entrevista…, hasta que la cámara se retira y veo que su invitado es Peeta.
Dejo escapar un sonido, la misma combinación de grito ahogado y gruñido que se
produce cuando te sumerges en el agua y te falta tanto el oxígeno que duele. Aparto
a la gente a empujones y me pongo delante de él, con la mano sobre la pantalla.
Busco en sus ojos algún rastro de dolor, cualquier señal de tortura, pero no hay nada.
Peeta parece sano hasta el punto de resultar robusto; le brilla la piel, que no tiene
defecto alguno, como cuando te arreglan de pies a cabeza. Su gesto es sereno, serio.
No logro conciliar esta imagen con la del chico machacado y ensangrentado que
atormenta mis sueños.
Caesar se acomoda en el sillón que hay frente a Peeta y lo mira durante un buen
rato.
‐ Bueno…, Peeta…, bienvenido de nuevo.
‐ Imagino que no pensabas volver a entrevistarme, Caesar ‐responde Peeta,
sonriendo un poco.
‐ Confieso que no. La noche antes del Vasallaje de los Veinticinco… Bueno, ¿quién
iba a pensar que volveríamos a verte?
‐ No formaba parte de mi plan, eso te lo aseguro ‐dice Peeta, frunciendo el ceño.
‐ Creo que a todos nos quedó claro cuál era tu plan ‐afirma Caesar, acercándose un
poco a él‐: sacrificarte en la arena para que Katniss Everdeen y tu hijo pudieran vivir.
‐ Exacto, simple y llanamente. ‐Peeta recorre con los dedos el diseño de la tapicería
del brazo del sillón‐. Pero había más gente con planes.
«Sí, otra gente con planes», pienso. ¿Habría averiguado Peeta que los rebeldes nos
usaron como marionetas? ¿Que mi rescate se organizó desde el principio? ¿Y,
finalmente, que nuestro mentor, Haymitch Abernathy, nos traicionó a los dos en
favor de una causa por la que fingía no sentir interés?
En aquel momento de silencio noto las arrugas que se han formado entre las cejas
de Peeta: o lo ha averiguado o se lo han dicho. Sin embargo, el Capitolio ni lo ha
asesinado ni lo ha castigado. Por el momento, eso supera mis más locas esperanzas,
así que me alimento de su buen aspecto, de su salud física y mental, que me corre por
las venas como la morflina que me dan en el hospital para mitigar el dolor de las
últimas semanas.
‐ ¿Por qué no nos hablas de la última noche en la arena? ‐sugiere Caesar‐.
Ayúdanos a aclarar un par de cosas.
Peeta asiente, pero se toma su tiempo para contestar.
‐ Aquella última noche… Hablarte sobre esa última noche…, bueno, primero
tienes que imaginar cómo era estar en la arena. Era como ser un insecto atrapado bajo
un cuenco lleno de aire hirviendo. Y jungla por todas partes, jungla verde, viva y en
movimiento. Un reloj gigantesco va marcando lo que te queda de vida. Cada hora
significa un nuevo horror. Tienes que imaginar que en los últimos dos días han
muerto dieciséis personas, algunas de ellas defendiéndote. Al ritmo que van las
cosas, los últimos ocho estarán muertos cuando salga el sol. Salvo uno, el vencedor. Y
tu plan es procurar no ser tú.
Empiezo a sudar al recordarlo; aparto la mano de la pantalla y la dejo caer muerta
junto al costado. Peeta no necesita pincel para pintar imágenes de los Juegos. Sabe
trabajar igual de bien con las palabras.
‐ Una vez en la arena, el resto del mundo se vuelve muy lejano ‐sigue diciendo‐.
Todas las personas y cosas que amas o te importan casi dejan de existir. El cielo rosa,
los monstruos de la jungla y los tributos que quieren tu sangre se convierten en tu
realidad, en la única que importa. Por muy mal que eso te haga sentir, vas a matar a
otros seres humanos, porque en la arena sólo se te permite un deseo, y es un deseo
muy caro.
‐ Te cuesta la vida.
‐ Oh, no, te cuesta mucho más que la vida. ¿Matar a gente inocente? Te cuesta todo
lo que eres.
‐ Todo lo que eres ‐repite Caesar en voz baja.
La sala guarda silencio y puedo notar que ese silencio se extiende por Panem, una
nación entera inclinándose sobre sus televisores, porque nadie había hablado antes
sobre cómo es realmente la arena.
‐ Así que te aferras a tu deseo ‐sigue Peeta‐. Y esa última noche sí, mi deseo era
salvar a Katniss, pero, aun sin saber lo de los rebeldes, había algo que fallaba. Todo
era demasiado complicado. Me arrepentí de no haber huido con ella antes, aquel
mismo día, como me había sugerido. Sin embargo, ya no había forma de evitarlo.
‐ Estabas demasiado inmerso en el plan de Beetee para electrificar el lago de sal ‐
dice Caesar.
‐ Demasiado ocupado jugando a alianzas con los demás. ¡No tendría que haberles
permitido separarnos! ‐estalla Peeta‐. Ahí fue donde la perdí.
‐ Cuando te quedaste en el árbol del rayo, mientras Johanna Mason y ella se
llevaban el rollo de alambre hasta el agua ‐aclara Caesar.
‐ ¡No quería hacerlo! ‐exclama Peeta, sonrojándose de la emoción‐. Pero no podía
discutir con Beetee sin dar a entender que estábamos a punto de romper la alianza.
Cuando se cortó el alambre empezó la locura. Sólo recuerdo algunas cosas: haber
intentado encontrarla, ver cómo Brutus mataba a Chaff, matar a Brutus… Sé que ella
me llamó. Después el rayo cayó en el árbol y el campo de fuerza que rodeaba la
arena… voló por los aires.
‐ Lo voló Katniss, Peeta. Ya has visto las grabaciones.
‐ Ella no sabía lo que estaba haciendo. Ninguno entendíamos el plan de Beetee. Se
ve claramente que Katniss intentaba averiguar qué hacer con el alambre ‐responde
Peeta.
‐ De acuerdo, aunque parece sospechoso, como si formara parte del plan de los
rebeldes desde el principio.
Peeta se pone en pie y se inclina sobre la cara de Caesar, agarrando los brazos del
sillón de su entrevistador.
‐ ¿En serio? ¿Y formaba parte del plan que Johanna estuviera a punto de matarla?
¿Que la descarga eléctrica la paralizara? ¿Provocar el bombardeo? ‐añade, gritando‐.
¡No lo sabía, Caesar! ¡Lo único que intentábamos los dos era protegernos el uno al
otro!
Caesar le pone una mano en el pecho, en un gesto que le servía tanto de protección
como de ademán conciliador.
‐ Vale, Peeta, te creo.
‐ Vale ‐responde él. Se aparta de Caesar, retira las manos y se las pasa por el pelo,
alborotando el perfecto peinado de sus rizos rubios. Se deja caer en el sillón,
angustiado.
Caesar espera un momento y lo observa.
‐ ¿Y vuestro mentor, Haymitch Abernathy?
El gesto de Peeta se endurece.
‐ No sé qué sabía Haymitch.
‐ ¿Podría haber formado parte de la conspiración?
‐ Nunca lo mencionó.
‐ ¿Y qué te dice el corazón? ‐insiste Caesar.
‐ Que no tendría que haber confiado en él, eso es todo.
No he visto a Haymitch desde que lo ataqué en el aerodeslizador y le dejé las
largas marcas de mis uñas en la cara. Sé que lo ha pasado mal porque el Distrito 13
prohíbe terminantemente tanto la producción como el consumo de bebidas
alcohólicas, hasta el punto de mantener bajo llave el alcohol del hospital. Por fin
Haymitch se ve obligado a mantenerse sobrio, sin alijos secretos ni brebajes caseros
que le faciliten la transición. Lo tienen recluido hasta que se le pase, y creen que no
está presentable para aparecer en público. Debe de ser espantoso, pero dejé de sentir
compasión por él cuando me di cuenta de que nos había engañado. Espero que esté
viendo la emisión del Capitolio en estos momentos y sepa que Peeta también lo ha
abandonado.
Caesar le da unas palmaditas en el hombro.
‐ Podemos parar, si quieres.
‐ ¿Es que tenemos que hablar de algo más? ‐dice Peeta, irónico.
‐ Te iba a preguntar por tu opinión sobre la guerra, pero si estás demasiado
afectado…
‐ Oh, no lo suficiente para no contestar a esa pregunta. ‐Peeta respira hondo y mira
directamente a la cámara‐. Quiero que todos me veáis, estéis en el Capitolio o en el
lado rebelde, que os detengáis un segundo a pensar sobre lo que podría significar
esta guerra para los seres humanos. Casi nos extinguimos luchando entre nosotros la
última vez, ahora somos aún menos y estamos en condiciones más difíciles. ¿De
verdad es lo que queréis hacer? ¿Que nos aniquilemos por completo? ¿Con la
esperanza de… qué? ¿De que alguna especie decente herede los restos humeantes de
la tierra?
‐ No sé… no estoy seguro de seguirte… ‐dice Caesar.
‐ No podemos luchar entre nosotros, Caesar ‐explica Peeta‐. No quedará suficiente
gente viva para seguir adelante. Si no deponemos todos las armas (y tendría que ser
ahora mismo), todo acabará.
‐ Entonces, ¿estás pidiendo un alto el fuego? ‐pregunta Caesar.
‐ Sí, estoy pidiendo un alto el fuego ‐replica Peeta, cansado‐. Y ahora, ¿podemos
pedir ya a los guardias que me lleven a mi alojamiento para que pueda construir
otros cien castillos de naipes?
Caesar se vuelve hacia la cámara.
‐ De acuerdo, creo que hemos acabado. Volvemos a nuestra programación
habitual.
La música pone fin a la emisión y aparece una mujer leyendo una lista de los
productos que escasearán en el Capitolio: fruta fresca, pilas solares, jabón… La
observo con una atención desacostumbrada porque sé que todos están esperando mi
reacción a la entrevista. Sin embargo, me es imposible procesarlo todo tan deprisa: la
alegría de ver sano y salvo a Peeta, su defensa de mi inocencia en el plan rebelde y su
innegable complicidad con el Capitolio al pedir un alto el fuego. Oh, hizo que
pareciera que condenaba a ambos bandos del conflicto, pero, llegados a este punto,
teniendo en cuenta que los rebeldes sólo han conseguido victorias menores, un alto el
fuego supondría una vuelta al estado anterior. O algo peor.
Detrás de mí oigo que surgen las acusaciones contra Peeta. Las palabras «traidor»,
«mentiroso» y «enemigo» rebotan en las paredes. Como no puedo sumarme a la ira
de los rebeldes ni rebatirla, decido que lo mejor es largarme. Justo cuando llego a la
puerta, la voz de Coin se eleva por encima de las demás.
‐ No se te ha dado permiso para salir, soldado Everdeen.
Uno de los hombres de Coin me pone una mano en el brazo; aunque no es un
gesto agresivo, después de la arena reacciono a la defensiva ante cualquier contacto
desconocido, así que aparto el brazo de golpe y salgo corriendo por los pasillos.
Detrás de mí oigo una refriega, pero no me paro. Hago un rápido repaso mental de
mis pequeños escondrijos y acabo en el armario de material escolar, hecha un ovillo
contra una caja llena de tizas.
‐ Estás vivo ‐susurro, llevándome la mano a las mejillas, notando una sonrisa tan
amplia que debe de parecer una mueca. Peeta está vivo. Y es un traidor. Sin embargo,
ahora mismo no me importa lo que sea, ni lo que diga, ni para quién lo diga; sólo que
sigue siendo capaz de hablar.
Al cabo de un rato se abre la puerta y alguien entra. Gale se sienta a mi lado; le
sangra la nariz.
‐ ¿Qué ha pasado? ‐le pregunto.
‐ Me interpuse en el camino de Boggs ‐responde él, encogiéndose de hombros. Le
limpio la nariz con la manga‐. ¡Cuidado!
Intento ser más delicada, dar golpecitos en vez de restregar.
‐ ¿Cuál de ellos es?
‐ Bueno, ya lo sabes, el lacayo favorito de Coin, el que intentó pararte. ‐Me quita la
mano‐. ¡Déjalo! Vas a conseguir que me desangre.
El goteo se ha convertido en todo un chorro, así que me rindo.
‐ ¿Te has peleado con Boggs?
‐ No, sólo le he bloqueado la puerta cuando intentó seguirte. Su codo me acertó en
la nariz ‐responde Gale.
‐ Seguramente te castigarán.
‐ Ya lo han hecho ‐responde, enseñándome la muñeca, y yo me quedo mirándola
sin entenderlo‐. Coin me ha quitado el brazalector.
Me muerdo el labio para intentar mantenerme seria, pero me resulta tan ridículo…
‐ Lo siento, soldado Gale Hawthorne.
‐ No lo sientas, soldado Katniss Everdeen ‐responde, sonriendo‐. La verdad es que
me sentía muy estúpido yendo a todas partes con ese cacharro. ‐Los dos empezamos
a reírnos‐. Creo que ha sido una degradación en toda regla.
Es una de las pocas cosas buenas del 13: haber recuperado a Gale. Como ya no
estamos bajo la presión del matrimonio concertado del Capitolio entre Peeta y yo,
hemos vuelto a nuestra antigua amistad. Él no lo fuerza, no intenta besarme ni hablar
de amor. O yo he estado demasiado enferma o él está dispuesto a darme espacio, o
simplemente sabe que sería demasiado cruel, teniendo en cuenta que Peeta está en
manos del Capitolio. Sea cual sea la razón, vuelvo a tener a alguien a quien contar
mis secretos.
‐ ¿Quiénes son estas personas?
‐ Somos nosotros si hubiéramos contado con armas nucleares en vez de con unos
cuantos trozos de carbón ‐me responde.
‐ Quiero pensar que el 12 no habría abandonado al resto de los rebeldes en los
Días Oscuros.
‐ Puede que lo hubiéramos hecho de haber sido cuestión de rendirse o iniciar una
guerra nuclear. En cierto modo, es asombroso que sobrevivieran.
Quizá sea porque sigo teniendo las cenizas de mi distrito en los zapatos, pero, por
primera vez, estoy dispuesta a ver en los del 13 algo que no les había visto hasta
ahora: mérito. Por seguir vivos contra todo pronóstico. Sus primeros años tuvieron
que ser terribles, acurrucados en las cámaras subterráneas después de que los
bombardeos redujeran su ciudad a polvo. La población diezmada, sin posibilidad de
pedir ayuda a algún aliado. A lo largo de los últimos setenta y cinco años han
aprendido a ser autosuficientes, han convertido a sus ciudadanos en un ejército y han
construido una nueva sociedad sin ayuda de nadie. Serían aún más poderosos si esa
epidemia de varicela no hubiera reducido su índice de natalidad y no estuvieran tan
desesperados por aumentar su reserva genética y sus criaderos. Quizá sean
militaristas, demasiado organizados y algo faltos de sentido del humor, pero aquí
siguen, y están dispuestos a derrocar al Capitolio.
‐ De todos modos, han tardado mucho en aparecer ‐digo.
‐ No fue fácil, tenían que organizar una base rebelde en el Capitolio y montar una
red clandestina en los distritos. Después necesitaban a alguien que lo pusiera todo en
marcha. Te necesitaban a ti.
‐ Necesitaban a Peeta también, aunque parece que se les ha olvidado.
‐ Peeta puede haber causado mucho daño hoy ‐responde Gale con el rostro
ensombrecido‐. La mayoría de los rebeldes no harán caso de lo que ha dicho, claro,
pero hay distritos en los que la resistencia es más inestable. No cabe duda de que el
alto el fuego ha sido idea del presidente Snow. El problema es que, en boca de Peeta,
suena muy razonable.
Temo la respuesta de Gale, pero lo pregunto de todos modos:
‐ ¿Por qué crees que lo ha dicho?
‐ Puede que lo hayan torturado o persuadido. Yo creo que ha hecho algún trato
para protegerte. Habrá aceptado la idea del alto el fuego a cambio de que Snow lo
dejara presentarte como una chica embarazada y aturdida que no tenía ni idea de lo
que pasaba cuando los rebeldes la tomaron prisionera. Así, si los distritos pierden,
todavía tendrías una oportunidad. Si sabes aprovecharla. ‐Debo de tener cara de
perplejidad, porque Gale dice la siguiente frase muy despacio‐: Katniss…, todavía
intenta mantenerte con vida.
¿Mantenerme con vida? Entonces lo entiendo: los Juegos no han terminado.
Salimos de la arena, pero como no nos mataron, su último deseo de proteger mi vida
sigue en pie. Su idea es que yo no destaque, que permanezca a salvo y encerrada
mientras transcurre la guerra. Así ninguno de los dos bandos tendrá motivos para
matarme. ¿Y Peeta? Si ganan los rebeldes, será desastroso para él; y si gana el
Capitolio, ¿quién sabe? Quizá nos permitan vivir a los dos (si juega bien sus cartas)
para que veamos cómo continúan los Juegos…
Me pasan varias imágenes por la cabeza: la lanza perforando el cuerpo de Rue en
la arena, Gale colgado del poste de los latigazos, el páramo cubierto de cadáveres que
antes era mi hogar. ¿Y para qué? ¿Para qué? Se me calienta la sangre y recuerdo otras
cosas: la primera vez que intuyo un levantamiento, en el Distrito 8; los vencedores de
la mano la noche antes del Vasallaje de los Veinticinco; y que no fue un accidente que
disparara la flecha al campo de fuerza de la arena. Estaba deseando clavarla en lo
más profundo del corazón de mi enemigo.
Me levanto de golpe y tiro una caja de cien lápices, que se desperdigan por el
suelo.
‐ ¿Qué pasa? ‐me pregunta Gale.
‐ No puede haber un alto el fuego ‐respondo antes de agacharme para meter los
palitos de grafito gris oscuro en su caja‐. No podemos retroceder.
‐ Lo sé ‐responde Gale mientras agarra un puñado de lápices y los alinea
perfectamente dándoles golpecitos en el suelo.
‐ Sea cual sea la razón por la que lo ha dicho, Peeta se equivoca.
Los estúpidos palitos no se meten en la caja, y mi frustración me hace romper unos
cuantos.
‐ Lo sé. Dámelos, vas a hacerlos pedazos.
Gale me quita la caja y la vuelve a llenar con movimientos rápidos y precisos.
‐ No sabe lo que han hecho con el 12. Si hubiera visto lo que había en el suelo… ‐
empiezo.
‐ Katniss, no te lo estoy discutiendo. Si pudiera pulsar un botón y matar a todas y
cada una de las personas que trabajan para el Capitolio, lo haría sin dudar ‐afirma;
después mete el último lápiz en la caja y la cierra‐. La cuestión es: ¿qué vas a hacer
tú?
Resulta que la pregunta a la que había estado dando tantas vueltas sólo tenía una
respuesta posible, aunque para reconocerlo me ha hecho falta ver la estratagema que
Peeta había montado por mí.
«¿Qué voy a hacer?»
Respiro hondo. Subo un poco los brazos (como si recordara las alas negras y
blancas que me dio Cinna) y los dejo caer a los lados.
‐ Voy a ser el Sinsajo.

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