sábado, 11 de abril de 2015

Capítulo 9

Dejo de intentar dormir después de que unas pesadillas indescriptibles
interrumpan mis primeros intentos. Luego me quedo quieta y finjo respirar
profundamente cuando alguien viene a echarme un vistazo. Por la mañana me dejan
salir del hospital y me indican que me lo tome con calma. Cressida me pide grabar
unas cuantas líneas para una nueva propo del Sinsajo. En la comida sigo esperando a
que alguien comente la aparición de Peeta, pero nadie lo hace. Alguien más tiene que
haberlo visto, aparte de Finnick y yo misma.
Tengo entrenamiento, pero a Gale lo envían a trabajar con Beetee en armas o algo,
así que obtengo un permiso para llevarme a Finnick al bosque. Damos vueltas un
rato y después escondemos los intercomunicadores bajo un arbusto. Cuando estamos
a una distancia segura, nos sentamos a hablar de la retransmisión de Peeta.
‐ No he oído ni palabra sobre el tema. ¿Nadie te ha dicho nada? ‐pregunta Finnick,
y yo sacudo la cabeza; hace una pausa antes de preguntar‐: ¿Ni siquiera Gale?
Me aferro a la tenue esperanza de que Gale de verdad no sepa nada del mensaje
de Peeta, aunque tengo un mal presentimiento al respecto.
‐ Quizá está intentando encontrar el momento apropiado para contártelo a solas ‐
añade Finnick.
‐ Quizá.
Guardamos silencio tanto rato que un ciervo se pone a tiro y lo derribo de un
flechazo. Finnick lo arrastra de vuelta a la valla.
En la cena hay venado picado en el guiso. Gale me acompaña al compartimento E
después de comer. Cuando le pregunto qué ha estado pasando por aquí, sigue sin
decir nada de Peeta. En cuanto mi madre y mi hermana se duermen, saco la perla del
cajón y me paso una segunda noche en vela aferrada a ella, repitiendo las palabras de
Peeta en mi cabeza: «Pregúntate esto: ¿de verdad confías en las personas con las que
trabajas? ¿De verdad sabes qué está pasando? Y si no lo sabes…, averígualo».
Averígualo. ¿El qué? ¿De quién? ¿Y cómo puede Peeta saber otra cosa que no sea
lo que el Capitolio le cuente? No es más que una propo del Capitolio, más ruido. Sin
embargo, si Plutarch cree que no es más que un guión del Capitolio, ¿por qué no me
ha dicho nada? ¿Por qué nadie nos ha dicho nada ni a Finnick ni a mí?
Debajo de todo este debate mental se esconde la verdadera razón de mi inquietud:
Peeta. ¿Qué le han hecho? ¿Y qué le están haciendo ahora mismo? Está claro que
Snow no se tragó la historia de que Peeta y yo no sabíamos nada de la rebelión. Y sus
sospechas se han reforzado al verme aparecer convertida en el Sinsajo. Peeta sólo
puede hacer suposiciones sobre las tácticas rebeldes o inventarse cosas para sus
torturadores, mentiras que, una vez descubiertas, le acarrearían graves castigos. Debe
de sentir que lo he abandonado. En su primera entrevista intentó protegerme del
Capitolio y los rebeldes, y no sólo he fallado protegiéndolo, sino que lo han castigado
más por mi culpa.
Por la mañana, meto el antebrazo en la pared y me quedo mirando medio
dormida el horario. Justo después del desayuno tengo Producción. En el comedor,
mientras me trago los cereales calientes, la leche y la pastosa remolacha, veo un
brazalector en la muñeca de Gale.
‐ ¿Cuándo lo has recuperado, soldado Hawthorne? ‐le pregunto.
‐ Ayer. Pensaron que vendría bien como sistema de comunicación adicional
cuando salga contigo al campo de batalla.
Nadie me ha ofrecido nunca un brazalector. ¿Me lo darían si lo pidiera?
‐ En fin, supongo que uno de los dos debe ser accesible ‐respondo en tono algo
molesto.
‐ ¿Qué quieres decir?
‐ Nada, sólo repito lo que dijiste, y estoy completamente de acuerdo en que seas tú
el accesible. Sólo espero que sigas siéndolo para mí también.
Nos miramos a los ojos y me doy cuenta de lo furiosa que estoy con Gale, de que
no creo ni por un instante que no viera la propo de Peeta, de que me ha traicionado
al no contármelo. Nos conocemos demasiado bien para que no capte mi humor y
suponga qué lo ha causado.
‐ Katniss… ‐empieza; su tono de voz ya es de por sí una confesión.
Agarro mi bandeja, voy a la zona de recogida y coloco a golpes los platos en la
repisa. Cuando llego al pasillo ya me ha alcanzado.
‐ ¿Por qué no has dicho nada? ‐me pregunta, agarrándome del brazo.
‐ ¿Que por qué no lo he dicho yo? ‐replico, apartando el brazo‐. ¿Por qué no lo has
dicho tú, Gale? Y, por cierto, sí que lo dije: ¡anoche te pregunté que había pasado!
‐ Lo siento, ¿vale? No sabía qué hacer. Quería contártelo, pero todos temían que
ver la propo de Peeta te pusiera más enferma.
‐ Tenían razón, me puse mala, pero no tanto como saber que me mentías por Coin.
‐En ese momento empieza a pitar su brazalector‐. Ahí está, será mejor que corras,
tienes cosas que contarle.
Durante un instante le veo en la cara que está dolido de verdad. Después se pone
furioso, se da media vuelta y se larga. Quizá yo haya sido demasiado rencorosa,
quizá no le haya dado el tiempo suficiente para explicarse. Quizá lo que todos
intentan es mentirme para protegerme. Me da igual, estoy harta de que me mientan
por mi propio bien, porque, en realidad, es por su propio bien. Vamos a mentir a
Katniss sobre la rebelión para que no haga ninguna locura. Vamos a enviarla a la
arena sin tener ni idea para que podamos sacarla. No le digáis lo de la propo de Peeta
porque podría enfermar, y ya nos cuesta lo suficiente sacarle buenas tomas tal cual.
Sí que me siento enferma, tengo el corazón roto. Y estoy muy cansada para pasar
un día de producción, pero ya estoy en Belleza, así que entro. Hoy descubro que
vamos a volver al Distrito 12. Cressida quiere hacer entrevistas sin guión con Gale y
conmigo hablando sobre nuestra ciudad destruida.
‐ Si estáis los dos preparados ‐dice Cressida, mirándome con atención.
‐ Cuenta conmigo ‐respondo.
Me quedo quieta, rígida y poco comunicativa, como un maniquí, mientras mi
equipo de preparación me viste, me peina y me pone algo de maquillaje; no tanto
como para que se note, sólo lo bastante para taparme un poco las ojeras del
insomnio.
Boggs me acompaña al hangar, pero no hablamos más que para saludarnos. Me
alegro de ahorrarme otra charla sobre mi desobediencia en el 8, sobre todo porque su
máscara parece muy incómoda.
En el último momento recuerdo enviar un mensaje a mi madre para decirle que
salgo del 13 y enfatizar que no será peligroso. Subimos a un aerodeslizador para el
corto camino al 12 y me piden que me siente a una mesa en la que Plutarch, Gale y
Cressida señalan un mapa. Plutarch está henchido de satisfacción al enseñarme los
efectos del antes y el después de las dos primeras propos. Los rebeldes, que
mantenían su posición a duras penas en varios distritos, han avanzado. Han tomado
el 3 y el 11 (que resulta crucial porque es el principal suministrador de comida de
Panem), y han hecho incursiones en otros distritos.
‐ Esperanzador, muy esperanzador ‐dice Plutarch‐. Fulvia tendrá lista la primera
ronda de anuncios de la serie «Recordamos» esta noche, así que podremos dirigirnos
individualmente a cada distrito con sus propios muertos. Finnick está absolutamente
maravilloso.
‐ La verdad es que verlo resulta doloroso ‐añade Cressida‐. Conocía a muchos de
ellos en persona.
‐ Por eso es tan eficaz ‐dice Plutarch‐. Directo desde el corazón. Todos lo estáis
haciendo muy bien. Coin no podría estar más contenta.
Así que Gale no les ha dicho nada sobre que fingí no ver a Peeta y que me fastidió
su encubrimiento. Supongo que ya es un poco tarde para eso, porque sigo enfadada.
Da igual, él tampoco me habla a mí.
Al llegar a la Pradera me doy cuenta de que Haymitch no viene con nosotros. Le
pregunto a Plutarch, que sacude la cabeza y dice:
‐ No podía enfrentarse a esto.
‐ ¿Haymitch? ¿Incapaz de enfrentarse a algo? Seguramente quería tener el día
libre.
‐ Creo que sus palabras exactas fueron: «No podría enfrentarme a eso sin una
botella» ‐responde Plutarch.
Pongo los ojos en blanco, no me queda paciencia con mi mentor, su debilidad por
la bebida y a lo que puede o no enfrentarse. Sin embargo, a los cinco minutos de
regresar al 12, yo misma estoy deseando tener una botella. Creía que había aceptado
la muerte del 12: lo había oído, lo había visto desde el aire y había caminado entre
sus cenizas. Entonces, ¿por qué todo hace que vuelva a sentir esta punzada de dolor?
¿Acaso estaba demasiado atontada antes para percibir del todo la pérdida de mi
mundo? ¿O es que la mirada de Gale al recorrer a pie la destrucción hace que la
atrocidad me parezca nueva?
Cressida pide al equipo que empiece conmigo en mi vieja casa. Le pregunto qué
quiere que haga.
‐ Lo que te apetezca ‐responde.
De pie en mi cocina, no me apetece hacer nada. De hecho, me concentro en el cielo
(el único techo que queda) porque me ahogan los recuerdos. Al cabo de un rato,
Cressida dice:
‐ Con eso basta, Katniss, sigamos.
Gale no se escapa tan fácilmente en su vieja casa. Cressida lo graba en silencio
durante unos minutos, pero justo cuando recoge de las cenizas el único vestigio de su
antigua vida (un atizador metálico retorcido), ella empieza a preguntarle por su
familia, su trabajo y la vida en la Veta. Hace que vuelva a la noche del bombardeo y
lo reviva; empezamos en su casa y avanzamos por la Pradera, a través de los
bosques, hasta el lago. Me quedo detrás del equipo de grabación y los
guardaespaldas, y me da la impresión de que su presencia viola mi querido bosque.
Es un lugar privado, un santuario ya corrompido por la maldad del Capitolio.
Aunque ya hemos dejado atrás los tocones achicharrados junto a la valla, seguimos
pisando cadáveres en descomposición. ¿Tenemos que grabarlo para que lo vea todo
el mundo?
Cuando llegamos al lago, Gale ha perdido el habla. Todos estamos sudando (sobre
todo Castor y Pollux, con sus arneses de insecto), y Cressida decide hacer un
descanso. Bebo agua del lago con las manos, deseando poder zambullirme y flotar
sola, desnuda, sin que nadie me observe.
Vago por el perímetro un momento. Al rodear la casita de hormigón junto al lago
me detengo en la puerta y veo a Gale colocando junto a la chimenea el atizador
retorcido que ha sacado de su casa. Durante un momento veo a un desconocido
solitario, en algún momento del futuro, deambulando perdido por el bosque y
encontrando este pequeño refugio con la pila de troncos partidos, la chimenea y el
atizador. Se preguntará qué pasó aquí. Gale se vuelve, me mira a los ojos y sé que
está pensando en nuestro último encuentro en este lugar, cuando intentábamos
decidir si huir o no. De haberlo hecho, ¿seguiría aquí el Distrito 12? Creo que sí,
aunque el Capitolio todavía controlaría Panem.
Nos repartimos unos sándwiches de queso y los comemos a la sombra de los
árboles. Me siento a posta en el otro extremo del grupo, al lado de Pollux, para no
tener que hablar. Nadie habla mucho, en realidad. Gracias al relativo silencio, los
pájaros recuperan su bosque. Le doy un codazo a Pollux y señalo a un pajarito negro
con cresta. El pájaro salta a una nueva rama, abre un instante las alas y nos enseña
sus manchas blancas. Pollux hace un gesto hacia mi insignia y arquea las cejas.
Asiento para confirmar que es un sinsajo y levanto un dedo para decir: «Espera,
ahora verás». Entonces silbo un gorjeo. El sinsajo ladea la cabeza y lo imita.
Sorprendida, veo que Pollux silba unas notas. El pájaro responde al instante. Pollux
pone cara de alegría e inicia un intercambio melódico con el pájaro. Supongo que es
la primera conversación que tiene en años. La música atrae a los sinsajos como las
flores a las abejas, así que en pocos minutos tiene a media docena de ellos posados en
las ramas que nos cubren. Me da un golpecito en el brazo y usa una ramita para
escribir una palabra en la tierra: «¿Cantas?».
En otras circunstancias me negaría, pero es imposible decir que no a Pollux.
Además, las voces de cantar de los sinsajos no son iguales que sus silbidos y quiero
que él las oiga. Antes de pensar mucho en lo que hago, canto las cuatro notas de Rue,
las que usaba para marcar el final del día de trabajo en el 11. Las notas que acabaron
siendo la banda sonora de su asesinato. Los pájaros no lo saben, recogen la sencilla
frase y se la repiten entre ellos en dulce armonía; igual que hicieron en los Juegos del
Hambre antes de que las mutaciones aparecieran entre los árboles, nos persiguieran
hasta la Cornucopia y convirtieran poco a poco a Cato en una masa sanguinolenta…
‐ ¿Quieres oírlos cantar una canción de verdad? ‐le suelto; cualquier cosa para
detener los recuerdos.
Me pongo de pie, vuelvo a los árboles y apoyo la mano en el rugoso tronco del
arce en el que están los pájaros. No he cantado El árbol del ahorcado en voz alta
desde hace diez años porque está prohibido, pero recuerdo todas las palabras.
Empiezo en voz baja, dulce, como hacía mi padre:
¿Vas, vas a volver
al árbol en el que colgaron
a un hombre por matar a tres?
Cosas extrañas pasaron en él,
no más extraño sería
en el árbol del ahorcado reunirnos al anochecer.
Los sinsajos empiezan a cambiar sus canciones al darse cuenta de mi nuevo
ofrecimiento.
¿Vas, vas a volver
al árbol donde el hombre muerto
pidió a su amor huir con él?
Cosas extrañas pasaron en él,
no más extraño sería
en el árbol del ahorcado reunirnos al anochecer.
Ya he captado la atención de los pájaros. Sólo tardarán otra estrofa en entender la
melodía, ya que es sencilla y se repite cuatro veces sin mucha variación.
¿Vas, vas a volver
al árbol donde te pedí huir
y en libertad juntos correr?
Cosas extrañas pasaron en él,
no más extraño sería
en el árbol del ahorcado reunirnos al anochecer.
Los árboles callan, sólo se oye el susurro de las hojas con la brisa, pero nada de
pájaros, ni sinsajos ni otros. Peeta tiene razón: guardan silencio cuando canto, igual
que hacían con mi padre.
¿Vas, vas a volver
al árbol con un collar de cuerda
para conmigo pender?
Cosas extrañas pasaron en él,
no más extraño sería
en el árbol del ahorcado reunirnos al anochecer.
Los pájaros esperan a que siga, pero ya está, última estrofa. En el silencio que
sigue recuerdo la escena. Estaba en casa después de pasar el día en el bosque con mi
padre, sentada en el suelo con Prim, que era un bebé, cantando El árbol del ahorcado.
Hacíamos collares de trapos viejos, como decía en la canción, sin conocer el
verdadero significado de las palabras. La melodía era sencilla y fácil de cantar en
armonía, y entonces yo era capaz de memorizar casi cualquier cosa con música con
un par de veces que la cantara. De repente, mi madre nos quitó los collares de cuerda
y empezó a gritar a mi padre. Me puse a llorar porque mi madre nunca chillaba, Prim
se puso a berrear, y yo corrí afuera para esconderme. Como sólo tenía un escondrijo
(en la Pradera, bajo un arbusto de madreselva), mi padre me encontró muy deprisa.
Me calmó y me dijo que todo iba bien, pero que lo mejor era que no volviéramos a
cantar aquella canción. Mi madre sólo quería que yo la olvidara, así que, por
supuesto, todas y cada una de las palabras quedaron grabadas sin remedio y para
siempre en mi cerebro.
Mi padre y yo no volvimos a cantarla, ni siquiera a hablar de ella. Cuando murió,
me acostumbre a venir mucho por aquí y empecé a entender la letra. Al principio es
como si un hombre intentara convencer a su novia para que se reuniera con él en
secreto por la noche. Sin embargo, un árbol del ahorcado, en el que han ajusticiado a
un hombre por asesinato, es un lugar muy extraño para un encuentro amoroso.
Puede que la amante del asesino tuviera algo que ver con el asesinato o quizá fueran
a castigarla de todos modos, porque el cadáver del asesino la llama para que huya. Es
raro, claro, lo del cadáver que habla, pero es en la tercera estrofa cuando El árbol del
ahorcado empieza a ser desconcertante. Te das cuenta de que el que canta la canción
es el asesino muerto, que sigue en el árbol. Y aunque le dijo a su amante que
escapara, no deja de pedirle que se reúna con él. La frase «donde te pedí huir y en
libertad juntos correr» es la más inquietante, porque al principio parece que está
hablando de cuando él le pidió a ella que huyera, seguramente para ponerse a salvo.
Pero después te preguntas si se refiere a que vaya con él, que vaya a la muerte. En la
estrofa final queda claro que eso es justo lo que el hombre espera, que su amante se
ponga un collar de cuerda y cuelgue muerta del árbol junto a él.
Antes pensaba que el asesino era el tío más espeluznante del mundo. Ahora, con
un par de viajes a los Juegos del Hambre a mis espaldas, creo que es mejor no
juzgarlo antes de conocer los detalles. Quizá ya hubieran sentenciado a muerte a su
amante y él intentaba ponérselo más fácil, hacerle saber que la esperaba. O quizá
pensaba que el lugar en el que la dejaba era mucho peor que la muerte. ¿Acaso no
quise matar a Peeta con aquella jeringuilla para salvarlo del Capitolio? ¿De verdad
era mi única opción? Seguramente no, pero en aquel momento no se me ocurría nada
mejor.
Supongo que mi madre pensaba que todo aquello era demasiado retorcido para
una niña de siete años, sobre todo una que se hacía sus propios collares de cuerda.
Los ahorcamientos tampoco eran una cosa que sólo ocurriera en las historias, ya que
ejecutaron así a muchas personas en el 12. Apuesto lo que sea a que no quería que
cantara la canción delante de todos mis compañeros de la clase de música. Es
probable que tampoco le haga mucha gracia saber que lo estoy haciendo aquí,
delante de Pollux, pero al menos no me están… Espera, me equivoco: miro de lado y
veo que Castor me ha grabado. Todos me observan atentamente y Pollux está
llorando, porque seguro que mi espeluznante canción ha desenterrado algún horrible
incidente de su vida. Genial. Suspiro y me apoyo en el tronco. Entonces es cuando los
sinsajos empiezan su versión de El árbol del ahorcado. En sus picos resulta muy
bella. Consciente de que me filman, me quedo quieta hasta que Cressida dice:
‐ ¡Corten!
Plutarch se me acerca riendo.
‐ ¿De dónde has sacado eso? ¡Parece hecho a posta! ‐Me rodea con un brazo y me
da un beso en la frente haciendo mucho ruido‐. ¡Eres una mina!
‐ No lo hacía para las cámaras ‐respondo.
‐ Pues hemos tenido suerte de que estuvieran encendidas. ¡Venga, todos de vuelta
a la ciudad!
En nuestro camino por el bosque llegamos a un canto rodado, y Gale y yo
volvemos la cabeza en la misma dirección, como un par de perros captando un rastro
en el viento. Cressida lo nota y pregunta qué hay por allí. Reconocemos sin mirarnos
que es nuestro antiguo punto de encuentro para cazar. Ella quiere verlo, incluso
después de decirle que no tiene nada especial.
«Salvo que allí era feliz», pienso.
Nuestra repisa de roca da al valle. Quizá esté algo menos verde de lo normal, pero
los arbustos de moras están cargados de frutos. Aquí dieron comienzo incontables
días de caza, trampas, pesca y recolección, paseando juntos por el bosque,
compartiendo nuestros pensamientos mientras llenábamos las bolsas. Era la puerta a
la alimentación y la cordura. Y los dos éramos nuestras respectivas llaves.
Ahora no hay Distrito 12 del que escapar ni agentes de la paz a los que engañar, ni
bocas hambrientas que alimentar. El Capitolio nos lo ha quitado todo y estoy a punto
de perder también a Gale. El pegamento de la necesidad que nos unió con tanta
fuerza durante todos esos años empieza a derretirse, y lo que aparece en los huecos
no es luz, sino manchas oscuras. ¿Cómo es posible que hoy, enfrentados a la horrible
muerte del 12, estemos demasiado enfadados para hablarnos?
Gale prácticamente me ha mentido. Eso es inaceptable, aunque estuviera
preocupado por mi bienestar. Sin embargo, su disculpa parecía auténtica, y es cierto
que yo se la agradecí con un insulto que sabía que le dolería. ¿Qué nos está pasando?
¿Por qué ahora siempre estamos peleados? Estoy hecha un lío, pero me da la
sensación de que, si vuelvo al origen de nuestros problemas, mis acciones estarán en
el centro. ¿De verdad quiero apartarlo de mí?
Rodeo una mora con los dedos y la arranco de la mata. Después la hago rodar con
cuidado entre el pulgar y el índice. De repente, me vuelvo hacia él y se la tiro,
diciendo:
‐ Y que la suerte…
La lanzo lo bastante alto como para que tenga tiempo de decidir si rechazarla o
aceptarla.
Gale tiene los ojos fijos en mí, no en la mora, pero, en el último momento, abre la
boca y la recoge. La mastica, la traga y hace una pausa antes de decir:
‐ … esté siempre, siempre de vuestra parte.
Pero lo dice.
Cressida pide que nos sentemos en las rocas, donde es imposible no tocarse, y nos
hace hablar sobre la caza: lo que nos llevó al bosque, cómo nos conocimos, los
momentos favoritos… Nos relajamos, empezamos a reírnos un poco mientras
contamos percances con abejas, perros salvajes y mofetas. Cuando la conversación se
desvía a cómo nos sentimos al usar nuestra habilidad con las armas en el bombardeo
del 8, dejo de hablar. Gale sólo dice:
‐ Iba siendo hora.
Cuando llegamos a la plaza de la ciudad, la tarde se ha convertido en noche. Llevo
a Cressida a las ruinas de la panadería y le pido que grabe una cosa. La única
emoción que siento es cansancio.
‐ Peeta, éste es tu hogar. No sabemos nada de tu familia desde el bombardeo. El 12
ha desaparecido. ¿Y tú nos pides un alto el fuego? ‐Miro al vacío‐. No queda nadie
que pueda escucharte.
De pie delante del tocón de metal que antes era la horca, Cressida nos pregunta si
alguna vez nos han torturado. A modo de respuesta, Gale se quita la camiseta y
ofrece su espalda a la cámara. Me quedo mirando las marcas de latigazos y vuelvo a
oír el silbido del látigo, vuelvo a ver su figura ensangrentada colgando inconsciente
de las muñecas.
‐ He terminado ‐anuncio‐. Me reuniré con vosotros en la Aldea de los Vencedores.
Tengo que recoger una cosa para… mi madre.
Supongo que he venido caminando, aunque lo siguiente que sé es que estoy
sentada en el suelo, delante de los armarios de la cocina de nuestra casa en la Aldea,
colocando meticulosamente tarros de cerámica y botellas de cristal dentro de una
caja, con vendas limpias de algodón entre ellos para evitar que se rompan;
envolviendo montoncitos de flores secas.
De repente recuerdo la rosa de mi cómoda. ¿Era real? Si lo era, ¿seguirá allí?
Tengo que resistir la tentación de comprobarlo. Si está, sólo servirá para volver a
asustarme. Me doy más prisa empaquetando.
Una vez vacíos los armarios, me levanto y veo que Gale ha aparecido en la cocina.
Es desconcertante lo silencioso que puede ser. Está apoyado en la mesa, con los
dedos extendidos sobre las vetas de la madera. Dejo la caja entre nosotros.
‐ ¿Lo recuerdas? ‐me dice‐. Aquí es donde me besaste.
Así que la fuerte dosis de morflina administrada después de los latigazos no bastó
para borrar eso de su conciencia.
‐ Creía que no lo recordarías ‐respondo.
‐ Tendría que estar muerto para no recordarlo. Y quizá ni siquiera entonces lo
olvidaría. Quizá sea como ese hombre de El árbol del ahorcado, esperando una
respuesta.
Gale, a quien nunca he visto llorar, tiene lágrimas en los ojos. Para evitar que las
derrame, me acerco y lo beso en los labios. Sabemos a calor, cenizas y tristeza, un
sabor sorprendente para un beso tan suave. Él se aparta primero y esboza una
sonrisa irónica.
‐ Estaba seguro de que me besarías.
‐ ¿Por qué? ‐pregunto, porque ni yo lo sabía.
‐ Porque sufro. Es la única forma de llamar tu atención ‐añade, recogiendo la caja‐.
No te preocupes, Katniss, se me pasará.
Y se va antes de que pueda responder.
Estoy demasiado cansada para repasar su última acusación. Me paso el corto viaje
de vuelta al 13 acurrucada en un asiento, intentando no hacer caso de Plutarch, que
no deja de hablar de uno de sus temas favoritos: las armas de las que la humanidad
ya no dispone: aviones para grandes altitudes, satélites militares, desintegradores de
células, vehículos aéreos no tripulados y armas biológicas con fecha de caducidad.
Todo desaparecido por la destrucción de la atmósfera, la falta de recursos o los
escrúpulos morales. Se nota el pesar de un Vigilante Jefe que no puede más que
soñar con esos juguetes, que tiene que conformarse con aerodeslizadores, misiles
tierra‐tierra y simples armas de fuego.
Después de quitarme el traje de Sinsajo me voy directa a la cama sin comer. Aun
así, Prim tiene que sacudirme para que me levante por la mañana. Después de
desayunar, hago caso omiso de mi horario y me echo una siesta en el armario de
material escolar. Cuando me despierto y salgo a rastras de entre las cajas de tizas y
lápices, ya es la hora de cenar. Me tomo una porción extragrande de sopa de
guisantes y me dirijo de vuelta al compartimento E, pero Boggs me intercepta.
‐ Hay una reunión en la sala de Mando. No prestes atención a tu horario.
‐ Hecho ‐respondo.
‐ ¿Lo has seguido en algún momento del día? ‐pregunta, impaciente.
‐ ¿Quién sabe? Estoy mentalmente desorientada.
Levanto la muñeca para enseñarle la pulsera médica y me doy cuenta de que ya
no está.
‐ ¿Ves? ‐le digo‐ Ni siquiera recuerdo que me quitaron la pulsera. ¿Por qué me
quieren en Mando? ¿Me he perdido algo?
‐ Creo que Cressida quería enseñarte las propos del 12, aunque supongo que ya las
verás cuando las emitan.
‐ Para eso necesito un horario, para saber cuándo emiten las propos ‐respondo; me
lanza una miradita, pero no hace ningún comentario.
La sala de Mando está llena, aunque me han guardado un asiento al lado de
Finnick y Plutarch. Las pantallas de la mesa ya están levantadas, y en ellas se ven las
retransmisiones de siempre del Capitolio.
‐ ¿Qué pasa? ¿No íbamos a ver las propos del 12? ‐pregunto.
‐ Oh, no ‐responde Plutarch‐. Es decir, puede. No sé bien qué grabación va a usar
Beetee.
‐ Beetee cree que ha encontrado la forma de entrar en la emisión a nivel nacional ‐
dice Finnick‐, para que nuestras propos se vean también en el Capitolio. Ahora está
abajo, trabajando en ello en Defensa Especial. Esta noche hay programación en
directo. Snow va a hacer una aparición o algo. Creo que ya empieza.
Ponen el sello del Capitolio, subrayado por el himno. De repente me encuentro
mirando a los ojos de serpiente del presidente Snow, que saluda a la nación. Es como
si usara su podio de barricada, aunque la rosa blanca de su solapa está bien a la vista.
La cámara se aleja para incluir a Peeta; lo han puesto a un lado, delante de un mapa
proyectado de Panem. Está sentado en una silla elevada, con los zapatos encima de
un escalón metálico. El pie de su pierna protésica da golpecitos en el suelo de manera
irregular. Unas gotas de sudor han atravesado la capa de polvos del labio superior y
de la frente, pero es su mirada (de enfado, pero perdida) lo que más me asusta.
‐ Está peor ‐susurro.
Finnick me agarra la mano para ofrecerme apoyo, y yo intento aferrarme a él.
Peeta empieza a hablar en tono frustrado sobre la necesidad del alto el fuego.
Destaca el daño hecho a las infraestructuras de varios distritos y, mientras habla,
algunas partes del mapa se iluminan para mostrar imágenes de la destrucción: una
presa rota en el 7, un tren descarrilado con un charco de residuos tóxicos saliendo de
los vagones cisterna y un granero derrumbándose después de un incendio. Todo lo
atribuye a la acción de los rebeldes.
¡Pum! De repente, sin previo aviso, estoy en la tele, de pie entre las ruinas de la
panadería.
Plutarch se levanta y exclama:
‐ ¡Lo ha hecho! ¡Beetee ha entrado!
La sala está eufórica cuando Peeta vuelve, distraído. Me ha visto en el monitor.
Intenta seguir con su discurso pasando al bombardeo de un planta depuradora de
agua, cuando lo sustituye una grabación de Finnick hablando de Rue. Y entonces
aquello se convierte en una batalla por las ondas: los expertos en tecnología del
Capitolio intentan rechazar el ataque de Beetee, pero no están preparados; y Beetee,
al parecer anticipando que no mantendría el control de manera continua, tiene
preparado un arsenal de fragmentos de cinco a diez segundos con los que trabajar.
Observamos cómo se deteriora la presentación oficial, salpicada de imágenes
escogidas de las propos.
Plutarch sufre espasmos de placer y casi todos vitorean a Beetee, pero Finnick
permanece callado e inmóvil a mi lado. Haymitch está al otro lado de la sala; lo miro
a los ojos y veo reflejado en ellos mi propio miedo. Los dos sabemos que, con cada
vítor, Peeta se aleja más y más de nuestro alcance.
Vuelven a poner el sello del Capitolio, acompañado de un pitido continuo. Snow y
Peeta tardan veinte segundos en volver, y vemos que el estudio es un caos. Oímos
conversaciones frenéticas en su cabina. Snow se lanza hacia la pantalla diciendo que,
sin duda, los rebeldes intentan evitar que todos conozcan la información que los
incrimina, pero que la verdad y la justicia prevalecerán. La emisión se restablecerá
cuando restauren la seguridad. Pregunta a Peeta que si, dados los hechos acaecidos
esta noche, tiene algo más que decir a Katniss Everdeen.
Al oír mi nombre, el rostro de Peeta se arruga, como si le costara hablar.
‐ Katniss…, ¿cómo crees que acabará esto? ¿Qué quedará? Nadie está a salvo, ni en
el Capitolio ni en los distritos. Y tú… en el 13… ‐dice, tomando aire con dificultad,
como si no pudiera respirar; con ojos de loco‐. ¡Mañana estarás muerta!
Fuera de cámara, Snow ordena cortar la emisión. Beetee lo termina de liar todo
poniendo una imagen fija de mí de pie delante del hospital a intervalos de tres
segundos. Sin embargo, entre las imágenes, somos testigos de lo que pasa en el plató,
de que Peeta intenta seguir hablando, de que la cámara cae al suelo y graba las
baldosas blancas, del movimiento de muchas botas, del impacto del golpe que va
unido al grito de dolor de Peeta…, y de su sangre salpicando las baldosas.

3 comentarios:

  1. Es mega fantastico amo los juegos del hambre y amo a peeta...please termina de publicar el libro

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  2. Fics Twilight! Capítulos diarios! http://letrasdehieloyfuego21.blogspot.com
    nos seguimos?^^

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  3. Fics Twilight! Capítulos diarios! http://letrasdehieloyfuego21.blogspot.com
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