sábado, 11 de abril de 2015

Capítulo 4

El hedor a cuerpos sucios, orina rancia e infección me llega a través de la nube de
antiséptico. La única forma de reconocerlos son sus alteraciones más notables en pro
de la moda: los tatuajes faciales dorados de Venia, los tirabuzones naranjas de
Flavius y la perenne piel verde claro de Venia, que ahora cuelga un poco, como si su
cuerpo fuera un globo desinflándose lentamente.
Al verme, Flavius y Octavia se aplastan contra la pared de azulejos como si
esperasen un ataque, aunque yo nunca les he hecho daño. Lo peor que les he hecho
es pensar maldades sobre ellos que jamás dije en voz alta, así que ¿por qué
retroceden?
El guardia me ordena que salga, pero, por el movimiento posterior, sé que Gale ha
logrado detenerlo. Me dirijo a Venia en busca de respuestas porque siempre ha sido
la más fuerte. Me agacho y le tomo las manos heladas, que se aferran a las mías como
un torno.
‐ ¿Qué ha pasado, Venia? ¿Qué hacéis aquí?
‐ Nos sacaron del Capitolio ‐responde ella con voz ronca.
‐ Pero ¿qué está pasando aquí? ‐pregunta Plutarch, entrando en la habitación.
‐ ¿Quién os sacó? ‐insisto.
‐ Gente ‐responde ella sin precisar‐. La noche que huiste.
‐ Nos pareció que quizá te reconfortaría tener a tu equipo de siempre ‐dice
Plutarch detrás de mí‐. Lo solicitó Cinna.
‐ ¿Cinna solicitó esto? ‐le salto, porque si hay algo que sé es que Cinna nunca
habría aprobado que abusaran así de estos tres, teniendo en cuenta la paciencia y la
amabilidad con las que los trataba él‐. ¿Por qué los tienen como a criminales?
‐ Te aseguro que no lo sé.
Algo en su voz hace que me lo crea, y la palidez de Fulvia lo confirma. Plutarch se
vuelve hacia el guardia, que acaba de aparecer en la puerta con Gale detrás y le dice:
‐ Sólo me contaron que los habían encerrado. ¿Por qué los están castigando?
‐ Por robar comida ‐responde el guardia‐. Tuvimos que retenerlos después de un
altercado por un trozo de pan.
Venia junta las cejas como si intentara encontrarle el sentido.
‐ Nadie nos decía nada. Teníamos mucha hambre. Sólo cogió una rebanada.
Octavia, temblorosa, empieza a sollozar y ahoga el sonido en su andrajosa túnica.
Me acuerdo de que la primera vez que sobreviví a la arena Octavia me pasó un
panecillo por debajo de la mesa porque no soportaba verme con hambre. Me arrastro
hasta ella.
‐ ¿Octavia? ‐le digo, pero, al tocarle el brazo, da un respingo‐. ¿Octavia? No va a
pasar nada. Te sacaré de aquí, ¿vale?
‐ Esto parece demasiado extremo ‐dice Plutarch.
‐ ¿Es porque se llevaron una rebanada de pan? ‐pregunta Gale.
‐ Hubo repetidas infracciones anteriormente. Se les advirtió, pero robaron más pan
‐explica el guardia; hace una pausa, como si no entendiera nuestro enfado‐. No se
puede robar pan.
No logro que Octavia se descubra la cara, pero la levanta un poco. Las esposas se
le resbalan un poquito por las muñecas y dejan al descubierto las rozaduras en carne
viva que hay debajo.
‐ Os voy a llevar con mi madre ‐les aseguro, y me dirijo al guardia‐.
Desencadénalos.
‐ No tengo autorización ‐responde el guardia, sacudiendo la cabeza.
‐ ¡Que los desencadenes! ¡Ahora!
Mi grito le hace perder la compostura; los ciudadanos medios no lo tratan así.
‐ No tengo órdenes de liberarlos, y tú no tienes autoridad para…
‐ Hazlo con la mía ‐interviene Plutarch‐. De todos modos, veníamos a recogerlos,
los necesitan en Defensa Especial. Yo asumo toda la responsabilidad.
El guardia sale para hacer una llamada y vuelve con unas llaves. Los del equipo de
preparación llevan tanto tiempo apretujados que, cuando les quitan las esposas, les
cuesta caminar. Gale, Plutarch y yo tenemos que ayudarlos. El pie de Flavius se
engancha en una rejilla metálica sobre una abertura circular en el suelo, y se me
encoge el estómago cuando caigo en por qué una habitación necesita un desagüe. Las
manchas de miseria humana que deben de haberse limpiado a manguerazos de estas
paredes de azulejos blancos…
En el hospital busco a mi madre, la única en la que confío para cuidar de ellos.
Tarda un minuto en reconocerlos, dadas sus condiciones actuales, pero se la ve
consternada, y sé que no es por lo mal que están, porque ha sido testigo de cosas
peores en el Distrito 12, sino por darse cuenta de que este tipo de cosas también
ocurren en el 13.
A mi madre la recibieron bien en el hospital, aunque la consideran más una
enfermera que un médico, a pesar de llevar toda la vida curando gente. Sin embargo,
nadie se mete cuando guía al trío a una sala de reconocimiento para evaluar sus
heridas. Me coloco en un banco del pasillo a la entrada del hospital y espero el
veredicto. Ella sabrá leer en sus cuerpos el dolor que les han causado.
Gale se sienta a mi lado y me pone un brazo sobre los hombros.
‐ Tu madre los arreglará ‐me dice, y yo asiento y me pregunto si estará pensando
en los brutales latigazos que le dieron en el 12.
Plutarch y Fulvia se sientan en el banco que tenemos enfrente, pero no comentan
nada sobre el estado de mi equipo. Si no sabían nada de esto, ¿qué pensarán de este
movimiento de la presidenta Coin? Decido echarles una mano.
‐ Supongo que nos han dado un aviso a todos ‐comento.
‐ ¿Qué? No. ¿A qué te refieres? ‐pregunta Fulvia.
‐ Castigar a mi equipo de preparación es una advertencia ‐respondo‐, y no sólo
para mí, sino también para vosotros; nos dicen quién es la que está al mando y qué
pasa si no la obedecemos. Si os habíais hecho ilusiones sobre llegar el poder, yo me
olvidaría. Al parecer, un linaje del Capitolio no sirve de protección por aquí, e
incluso puede que sea un lastre.
‐ No podemos comparar a Plutarch, que fue el cerebro de la revuelta, con esos tres
esteticistas ‐dice Fulvia en tono glacial.
‐ Si tú lo dices, Fulvia ‐respondo, encogiéndome de hombros‐. Pero ¿qué pasaría si
le llevaras la contraria a Coin? A mi equipo lo secuestraron, así que al menos les
queda la esperanza de poder volver algún día al Capitolio. Gale y yo podemos vivir
en el bosque. ¿Y vosotros? ¿Adónde huiríais?
‐ Quizá seamos un poquito más necesarios para la guerra de lo que tú crees ‐dice
Plutarch sin inmutarse mucho.
‐ Claro que sí, igual que los tributos eran necesarios para los Juegos. Hasta que
dejaron de serlo, momento en el que pasamos a ser muy prescindibles…, ¿verdad,
Plutarch?
Eso acaba con la conversación. Esperamos en silencio hasta que mi madre nos
encuentra.
‐ Se pondrán bien ‐informa‐, no han sufrido daños físicos permanentes.
‐ Bien, maravilloso ‐dice Plutarch‐. ¿Cuándo pueden ponerse a trabajar?
‐ Seguramente mañana. Eso sí, cabe esperar cierta inestabilidad emocional después
de todo lo que han pasado. No estaban preparados para ello, teniendo en cuenta la
vida que llevaban en el Capitolio.
‐ Así estamos todos ‐responde Plutarch.
Plutarch me libera de mis responsabilidades como Sinsajo para el resto del día, no
sé si porque el equipo de preparación está fuera de servicio o porque yo estoy
demasiado nerviosa. Gale y yo vamos a comer, y nos sirven estofado de alubias con
cebolla, una gruesa rebanada de pan y una taza de agua. Después de la historia de
Venia, el pan se me atranca, así que le paso el resto a Gale. Ninguno de los dos habla
mucho mientras comemos, pero, después de limpiar los cuencos, Gale se sube la
manga y deja al descubierto su horario.
‐ Ahora me toca entrenamiento.
Le pego un tirón a mi manga y pongo mi brazo al lado del suyo.
‐ Yo también ‐respondo, y recuerdo que ahora el entrenamiento significa caza.
Estoy tan ansiosa por escapar al bosque, aunque sea por un par de horas, que me
olvido de mis preocupaciones. Una inmersión en el follaje y la luz del sol me
ayudarán a ordenar las ideas. Gale y yo salimos de los pasillos principales y
corremos como críos hacia la armería. Cuando llegamos estoy sin aliento y mareada,
un recordatorio de que todavía no me he recuperado del todo. Los guardias nos
entregan nuestras viejas armas, además de cuchillos y un saco de arpillera para
guardar las presas. Les permito ponerme el dispositivo en el tobillo e intento hacer
como si escuchara cómo usar el intercomunicador portátil. Lo único que se me queda
grabado es que tiene un reloj y que debemos estar dentro del 13 a la hora designada
si no queremos que nos retiren nuestros privilegios de caza. Es la única regla que me
esforzaré en seguir.
Salimos a la gran área de entrenamiento vallada junto al bosque. Los guardias
abren las puertas sin hacer comentarios. Sería muy complicado atravesarlas solos, ya
que se trata de una altura de nueve metros que siempre está electrificada y acaba en
unos afiladísimos rizos de acero. Atravesamos el bosque hasta casi perder de vista la
verja, nos detenemos en un pequeño claro y echamos la cabeza atrás para disfrutar
de la luz del sol. Giro en círculos con los brazos extendidos a los lados, sin correr
mucho para que el mundo no me dé demasiadas vueltas.
La falta de lluvia que vi en el 12 también ha afectado a estas plantas, así que hay
algunas con hojas quebradizas que han formado una alfombra bajo nuestros pies.
Nos quitamos los zapatos. De todos modos, los míos no me encajan bien, ya que, con
su norma de que nada falta al que no malgasta, los del 13 me dieron un par que se le
había quedado pequeño a alguien. Al parecer, uno de los dos anda raro, porque han
cedido por donde no debían.
Cazamos como en los viejos tiempos: en silencio, sin palabras para comunicarnos;
en el bosque nos movemos como dos partes de un mismo ser. Anticipamos los
movimientos del otro y nos protegemos las espaldas. ¿Cuánto tiempo hace desde la
última vez que disfrutamos de esta libertad? ¿Ocho meses? ¿Nueve? No es
exactamente lo mismo después de todo lo sucedido, con los dispositivos de
seguimiento en los tobillos y mi necesidad de descansar a menudo, pero es lo más
parecido a la felicidad que puedo sentir en estos momentos.
Aquí los animales no son lo bastante suspicaces, y el momento de más que tardan
en ubicar nuestro desconocido olor significa su muerte. En hora y media tenemos
una docena variada (conejos, ardillas y pavos), y decidimos dejarlo para pasar el
resto del tiempo junto a un estanque que debe de alimentarse de un manantial
subterráneo, ya que el agua es fresca y dulce.
Cuando Gale se ofrece a limpiar las presas, no pongo objeción. Me meto unas
hojas de menta en la boca, cierro los ojos y me recuesto en una roca para empaparme
de los sonidos dejando que el abrasador sol de la tarde me queme la piel, casi en paz
hasta que la voz de Gale me interrumpe.
‐ Katniss, ¿por qué te importa tanto tu equipo de preparación?
Abro los ojos para ver si está de broma, pero mira con el ceño fruncido el conejo
que despelleja.
‐ ¿Y por qué no?
‐ Hmmm, a ver… ¿Porque se han pasado un año entero poniéndote guapa para la
matanza? ‐sugiere.
‐ Es más complicado, los conozco. No son ni malos ni crueles, ni siquiera son
listos. Hacerles daño es como hacer daño a unos niños. No ven… Es decir, no
saben… ‐Me enredo yo sola.
‐ ¿No saben qué, Katniss? ¿Que los tributos (que son los verdaderos niños de esta
historia, no tu trío de raros) se ven obligados a luchar hasta morir? ¿Que ibas a la
arena para entretener a la gente? ¿Era eso un gran secreto en el Capitolio?
‐ No, pero ellos no lo ven como nosotros ‐respondo‐. Los educan así y…
‐ ¿De verdad los estás defendiendo? ‐me pregunta, arrancándole la piel al conejo
de un solo movimiento.
Eso me pica porque, de hecho, es lo que estoy haciendo, y resulta ridículo. Hago lo
que puedo por encontrar una postura lógica.
‐ Supongo que defiendo a cualquiera al que traten así por llevarse una rebanada
de pan. ¡Quizá me recuerde demasiado a lo que te pasó a ti por un pavo!
Aun así, tiene razón, resulta extraño lo mucho que me preocupo por el equipo de
preparación. Debería odiarlos y querer verlos colgados de un árbol. Sin embargo,
están completamente perdidos y pertenecían a Cinna, y él estaba de mi lado, ¿no?
‐ No busco pelea ‐dice Gale‐, pero no creo que Coin estuviera enviándote un
mensaje al castigarlos por romper las reglas. Seguramente pensaba que lo verías
como un favor ‐afirma; después mete el conejo en el saco y se levanta‐. Será mejor
que nos vayamos si queremos regresar a tiempo.
Paso de la mano que me ofrece para ponerme de pie y me levanto a trompicones.
‐ Pues vale ‐respondo.
Ninguno de los dos habla durante el camino de vuelta, pero, una vez dentro del
recinto, me acuerdo de otra cosa.
‐ Durante el Vasallaje de los Veinticinco, Octavia y Flavius tuvieron que irse
porque no podían parar de llorar. Y Venia apenas fue capaz de decirme adiós.
‐ Intentaré recordarlo mientras te… rehacen.
‐ Sí, hazlo.
Le entregamos la carne a Sae la Grasienta en la cocina. A ella le gusta bastante el
Distrito 13, aunque cree que a los cocineros les falta algo de imaginación.
Obviamente, una mujer capaz de hacer un estofado aceptable con perro salvaje y
ruibarbo debe de sentirse muy limitada en un sitio como éste.
Exhausta por la caza y la falta de sueño, vuelvo a mi compartimento y lo
encuentro vacío. Entonces recuerdo que nos hemos mudado por Buttercup y subo a
la planta de arriba en busca del compartimento E. Es idéntico al 307, salvo por la
ventana (de sesenta centímetros de ancho por veinte de alto) situada en la parte
central superior del muro exterior. Hay una pesada placa metálica que se cierra sobre
ella, pero en estos momentos está abierta y no veo a cierto gato por ninguna parte.
Me estiro en la cama y un rayo de sol de la tarde juega sobre mi rostro. Cuando mi
hermana me despierta son ya las «18:00 ‐ Reflexión».
Prim me cuenta que han estado anunciando la asamblea desde la hora de la
comida. Toda la población debe asistir, salvo los que tengan trabajos esenciales.
Seguimos las instrucciones que nos dan para llegar al Colectivo, una enorme sala en
la que caben sin problemas los miles de personas que aparecen. Resulta evidente que
la construyeron para un aforo mayor, y quizá se llenara antes de la epidemia. Prim
señala discretamente los resultados del desastre: las cicatrices en los cuerpos de los
habitantes y los niños con leves desfiguraciones.
‐ Aquí han sufrido mucho ‐comenta.
Después de lo de esta mañana, no estoy de humor para sentir lástima por el 13.
‐ No más que nosotros en el 12 ‐respondo.
Veo que mi madre conduce a un grupo de pacientes capaces de moverse, todavía
vestidos con los camisones y las batas del hospital. Finnick está entre ellos; parece
desorientado, aunque está guapísimo. Lleva un trozo de cuerda fina de menos de
treinta centímetros entre las manos, demasiado corto para que haga un nudo
servible. Mueve los dedos rápidamente, atando y desatando mientras mira a su
alrededor. Seguramente forma parte de su terapia. Me acerco y lo saludo:
‐ Hola, Finnick. ‐No parece darse cuenta, así que le doy un codazo para llamarle la
atención‐. ¡Finnick! ¿Cómo estás?
‐ Katniss ‐responde, agarrándome la mano, creo que lo alivia encontrar una cara
conocida‐. ¿Por qué nos reunimos aquí?
‐ Le dije a Coin que sería su Sinsajo, pero la obligué a prometer que otorgaría
inmunidad a los demás tributos si los rebeldes ganan. En público, para que haya
muchos testigos.
‐ Ah, bien, porque me preocupa Annie, que diga algo que consideren traición sin
que ella lo sepa.
Annie. Oh, oh, se me había olvidado por completo.
‐ No te preocupes, me encargaré de ello.
Aprieto la mano de Finnick y voy derecha al podio que hay al frente. Coin, que
observa su discurso, arquea las cejas al verme.
‐ Necesito que añadas a Annie Cresta a la lista de indultados ‐le digo.
‐ ¿Quién es? ‐pregunta la presidenta, frunciendo un poco el ceño.
‐ Es la… ‐¿Qué? En realidad no sé cómo llamarla‐. Es la amiga de Finnick Odair,
del Distrito 4. Otra vencedora. La detuvieron y se la llevaron al Capitolio cuando la
arena voló en pedazos.
‐ Ah, la chica loca. En realidad no es necesario, no tenemos costumbre de castigar a
los más frágiles.
Pienso en la escena de esta mañana, en Octavia acurrucada junto a la pared, en
que Coin y yo debemos de tener una definición completamente distinta de la
fragilidad. Sin embargo, me limito a responder:
‐ ¿No? Entonces no supondrá ningún problema añadir a Annie.
‐ De acuerdo ‐dice la presidenta, escribiendo su nombre‐. ¿Quieres estar aquí
arriba durante el anuncio? ‐me pregunta, y sacudo la cabeza‐. Eso me parecía. Será
mejor que te pierdas entre la multitud lo antes posible, porque estoy a punto de
empezar.
Vuelvo con Finnick.
En el 13 tampoco malgastan las palabras. Coin pide la atención del público y le
dice que he aceptado ser el Sinsajo siempre que se indulte a los demás vencedores
(Peeta, Johanna, Enobaria y Annie) por los perjuicios que pudieran causar a los
rebeldes. La multitud murmura y noto que no están de acuerdo. Supongo que nadie
dudaba que quisiera ser el Sinsajo, así que ponerme precio (un precio que, además,
les salva la vida a posibles enemigos) los enfada. Permanezco impasible antes las
miradas hostiles que me lanzan.
La presidenta permite unos momentos de tensión antes de seguir con el mismo
brío de siempre, aunque las palabras que surgen de sus labios son nuevas para mí.
‐ Sin embargo, a cambio de esta solicitud sin precedentes, la soldado Everdeen ha
prometido dedicarse en cuerpo y alma a la causa. Por tanto, si se desvía de su misión,
tanto en motivos como en hechos, lo consideraremos una ruptura del acuerdo y el fin
de la inmunidad, de modo que el destino de los cuatro vencedores quedaría
determinado por las leyes del Distrito 13, al igual que el suyo. Gracias.
En otras palabras: si me aparto del guión acabaremos todos muertos.

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