domingo, 20 de mayo de 2012

Capitulo 10

Durante un momento, las cámaras se quedan clavadas en la mirada cabizbaja de Peeta, mientras todos asimilan lo que acaba de decir. Después veo mi cara, boquiabierta, con una mezcla de sorpresa y protesta, ampliada en todas las pantallas: ¡soy yo! ¡Dios mío, se refiere a mí! Aprieto los labios y miro al suelo, esperando esconder así las emociones que empiezan a hervirme dentro.
--Vaya, eso sí que es mala suerte --dice Caesar, y parece sentirlo de verdad.
La multitud le da la razón en sus murmullos y unos cuantos han soltado grititos de angustia.
--No es bueno, no --coincide Peeta.
--En fin, nadie puede culparte por ello, es difícil no enamorarse de esa jovencita. ¿Ella no lo sabía?
--Hasta ahora, no --responde Peeta, sacudiendo la cabeza.
Me atrevo a mirar un segundo a la pantalla, lo bastante para comprobar que mi rubor es perfectamente visible.
--¿No les gustaría sacarla de nuevo al escenario para obtener una respuesta? --pregunta Caesar a la audiencia, que responde con gritos afirmativos--. Por desgracia, las reglas son las reglas, y el tiempo de Katniss Everdeen ha terminado. Bueno, te deseo la mejor de las suertes, Peeta Mellark, y creo que hablo por todo Panem cuando digo que te llevamos en el corazón.
El rugido de la multitud es ensordecedor; Peeta nos ha borrado a todos del mapa al declarar su amor por mí. Cuando el público por fin se calla, mi compañero murmura un «gracias» y regresa a su asiento. Nos levantamos para el himno; yo tengo que alzar la cabeza, porque es una muestra de respeto obligatoria, y no puedo evitar ver que en todas las pantallas aparece una imagen de nosotros dos, separados por unos cuantos metros que, en las mentes de los espectadores, deben de parecer insalvables. Pobre pareja trágica.
Sin embargo, yo sé la verdad.
Después del himno, los tributos nos ponemos en fila para volver al vestíbulo del Centro de Entrenamiento y sus ascensores. Me aseguro de no meterme en el mismo que Peeta. La muchedumbre frena a nuestro séquito de estilistas, mentores y acompañantes, así que nos quedamos solos; no hablamos. Mi ascensor deja a cuatro tributos antes de quedarme sola y llegar a la planta doce. Peeta acaba de salir del ascensor cuando me acerco a él y le pego un empujón en el pecho; él pierde el equilibrio y se estrella contra una fea urna llena de flores artificiales. La urna se cae y se hace añicos en el suelo, Peeta aterriza encima de los pedazos y las manos empiezan a sangrarle de inmediato.
--¿A qué viene esto? --me pregunta, horrorizado.
--¡No tenías derecho! ¡No tenías derecho a decir esas cosas sobre mí!
Los ascensores se abren y aparece todo el grupo: Effie, Haymitch, Cinna y Portia.
--¿Qué está pasando? --pregunta Effie, con un deje de histeria en la voz--. ¿Te has caído?
--Después de que ella me empujara --responde Peeta, mientras Effie y Cinna lo ayudan a levantarse.
--¿Lo has empujado? --me pregunta Haymitch.
--Ha sido idea tuya, ¿verdad? ¿Lo de convertirme en una idiota delante de todo el país?
--Fue idea mía --interviene Peeta, mientras se quita trozos de cerámica de las manos--. Haymitch sólo me ayudó a desarrollarla.
--Sí, Haymitch es una gran ayuda... ¡para ti!
--Eres una idiota, sin duda --dice Haymitch, asqueado--. ¿Crees que te ha perjudicado? Este chico acaba de darte algo que nunca podrías lograr tú sola.
--¡Me ha hecho parecer débil!
--¡Te ha hecho parecer deseable! Y, reconozcámoslo, necesitas toda la ayuda posible en ese tema. Eras tan romántica como un trozo de roca hasta que él dijo que te quería. Ahora todos te quieren y sólo hablan de ti. ¡Los trágicos amantes del Distrito 12!
--¡Pero no somos amantes! --exclamo.
--¿A quién le importa? --insiste Haymitch, cogiéndome por los hombros y aplastándome contra la pared--. No es más que un espectáculo, todo depende de cómo te perciban. Después de tu entrevista lo único que podría haber dicho de ti era que resultabas bastante agradable, aunque debo admitir que eso ya de por sí es un milagro. Ahora puedo decir que eres una rompecorazones. Oooh, los chicos de tu distrito caían abrumados a tus pies. ¿Con cuál de las dos imágenes crees que conseguirás más patrocinadores?
El olor a vino de su aliento me pone mala; lo empujo para quitármelo de encima y retrocedo, intentando aclararme las ideas.
--Tiene razón, Katniss --me dice Cinna, acercándose y rodeándome con un brazo.
--Tendría que haberlo sabido --respondo, sin saber qué pensar--. Así no habría parecido tan estúpida.
--No, tu reacción ha sido perfecta. De haberlo sabido, no habría parecido tan real --intervino Portia.
--Lo que le preocupa es su novio --dice Peeta, malhumorado, mientras se arranca un trozo ensangrentado de urna.
--No tengo novio --afirmo, aunque se me encienden otra vez las mejillas al pensar en Gale.
--Lo que tú digas, pero seguro que es lo bastante listo para reconocer un farol. Además, tú no has dicho que me quieras, así que ¿qué más da?
Las palabras empiezan a surtir efecto. Me calmo. Ahora no sé si debo pensar que me han usado o que me han dado una ventaja. Haymitch tiene razón, he sobrevivido a la entrevista, pero ¿qué les he ofrecido? A una chica imbécil dando vueltas con un vestido brillante y soltando risitas tontas. El único momento con sustancia fue cuando hablé de Prim. Comparada con Thresh y su fuerza silenciosa y mortífera, no soy digna de recordar. Tonta, brillante y fácil de olvidar; bueno, no del todo, porque tengo mi once en entrenamiento.
Sin embargo, ahora Peeta me ha convertido en objeto de amor, y no sólo del suyo. Según él, ahora tengo muchos admiradores, y si el público cree de verdad que estamos enamorados... Recuerdo la energía con la que han respondido a su confesión; un amor trágico. Haymitch tiene razón, en el Capitolio adoran estas cosas. De repente me preocupa no haber reaccionado bien.
--Después de que dijese que me quería, ¿a vosotros os pareció que podría estar enamorada de él? --les pregunto.
--A mí sí --responde Portia--. Por la forma en que evitabas mirar a las cámaras y el rubor en las mejillas.
Los otros asienten.
--Eres una mina, preciosa, vas a tener a los patrocinadores haciendo cola --afirma Haymitch.
--Siento haberte empujado --le digo a Peeta, obligándome a mirarlo, avergonzada por mi reacción.
--Da igual --responde él, encogiéndose de hombros--. Aunque, técnicamente, es ilegal.
--¿Tienes bien las manos?
--Se pondrán bien.
En el silencio que sigue a su respuesta nos llegan los deliciosos olores de la cena, que ya está en el comedor.
--Vamos a comer --dice Haymitch, y todos lo seguimos hasta la mesa y nos colocamos en nuestros puestos.
Como Peeta está sangrando demasiado, Portia se lo lleva para que lo atiendan. Empezamos la sopa de nata y pétalos de rosa sin ellos, y, cuando terminamos, vuelven. Las manos de Peeta están envueltas en vendas y yo no puedo evitar sentirme culpable, porque mañana estaremos en el campo de batalla, él me ha hecho un favor y yo le he respondido con una herida. ¿Es que siempre voy a estar en deuda con él?
Después de la cena vemos la repetición de las entrevistas en el salón. Yo parezco presumida y superficial, dando vueltas y soltando risitas, aunque los demás me aseguran que les parezco encantadora. El que sí está encantador es Peeta, y después resulta irresistible en su actuación de chico enamorado. Y ahí salgo yo, ruborizada y perpleja, bella gracias a las manos de Cinna, deseable gracias a la confesión de Peeta, trágica por las circunstancias y, lo mires por donde lo mires, imposible de olvidar.
Cuando termina el himno y la pantalla se oscurece, la habitación guarda silencio. Mañana al alba nos levantarán y nos prepararán para el estadio. Los juegos en sí no empiezan hasta las diez, porque muchos de los habitantes del Capitolio se levantan tarde, pero Peeta y yo tenemos que empezar temprano. No se sabe lo lejos que estará el campo de batalla elegido para este año.
Sé que Haymitch y Effie no irán con nosotros. En cuanto salgamos de aquí, ellos se desplazarán a la sede central de los juegos, donde, esperemos, reclutarán patrocinadores sin parar y trabajarán en una estrategia para decidir cómo y cuándo entregarnos los regalos. Cinna y Portia viajarán con nosotros hasta el mismísimo punto desde el que nos lanzarán a la batalla. A pesar de todo, es el momento de despedirse.
Effie nos coge a los dos de la mano, con lágrimas de verdad en los ojos, y nos desea buena suerte. Nos da las gracias por ser los mejores tributos que ha tenido el privilegio de patrocinar; después, como es Effie y parece estar obligada por ley a decir siempre algo horrible, añade:
--¡No me sorprendería nada que el año que viene me promocionasen por fin a un distrito decente!
Después nos besa en la mejilla y se aleja rápidamente, no sé si abrumada por la sentimental despedida o por la posible mejora de su fortuna.
Haymitch cruza los brazos y nos examina.
--¿Un último consejo? --pregunta Peeta.
--Cuando suene el gong, salid echando leches. Ninguno de los dos sois lo bastante buenos para meteros en el baño de sangre de la Cornucopia. Salid corriendo, poned toda la distancia posible de por medio y encontrad una fuente de agua. ¿Entendido?
--¿Y después? --pregunto.
--Seguid vivos --responde Haymitch.
Es el mismo consejo que nos dio en el tren, pero ahora no está borracho y riéndose. Asentimos. ¿Qué otra cosa podemos hacer?
Cuando me voy hacia mi cuarto, Peeta se queda atrás para hablar con Portia, cosa que me alegra. No sé cuáles serán nuestras incómodas palabras de despedida, pero pueden esperar a mañana. Veo que alguien ha abierto mi cama, aunque no hay ni rastro de la chica pelirroja. Ojalá supiera su nombre; debería habérselo preguntado y puede que ella me lo hubiese escrito o explicado con mímica, aunque es probable que sólo sirviera para que la castigasen.
Me doy una ducha y me quito la pintura dorada, el maquillaje y el aroma de la belleza. Todo lo que queda del trabajo del equipo de diseño son las llamas de las uñas, que decido conservar para recordarle a la audiencia quién soy: Katniss, la chica en llamas. Quizá me dé algo a lo que agarrarme en los días que me esperan.
Me pongo un camisón grueso, como de lana, y me acuesto. En unos cinco segundos me doy cuenta de que no me quedaré dormida, y lo necesito desesperadamente, porque cada momento de fatiga en el estadio es una invitación a la muerte.
No sirve de nada; pasa una hora, luego dos, luego tres, y mis párpados se niegan a cerrarse. No puedo dejar de imaginarme en qué terreno nos soltarán. ¿Desierto? ¿Pantano? ¿Un páramo helado? Sobre todo espero que haya árboles que me puedan ofrecer escondite, alimento y cobijo. Suele haber árboles, porque los paisajes pelados son aburridos y, sin vegetación, los juegos se acaban pronto. Pero ¿cómo será el clima? ¿Qué trampas habrán escondido los Vigilantes para animar los momentos aburridos? Y luego están los otros tributos.
Cuanto más ansiosa estoy por dormirme, menos lo consigo. Al final estoy tan inquieta que tengo que salir de la cama; recorro la habitación notando que el corazón me late demasiado deprisa, que tengo la respiración acelerada. Es como estar en una celda, si no consigo respirar aire fresco pronto voy a empezar a romperlo todo otra vez. Corro por el vestíbulo hacia la puerta que da al tejado, que no sólo no está cerrada, sino que la han dejado entreabierta. Quizás alguien se olvidó de cerrarla, aunque da lo mismo, porque el campo de energía que rodea el tejado impide cualquier intento desesperado de fuga, y yo no quiero escapar, sólo llenarme los pulmones de aire; quiero ver el cielo y la luna antes de que intenten darme caza.
El tejado no está iluminado por la noche, pero en cuanto piso descalza el suelo de baldosas, veo su silueta recortada contra las luces que no dejan de brillar en el Capitolio. En las calles hay bastante barullo, música, gente cantando y cláxones, cosas que no oía a través de los gruesos paneles de cristal de mi cuarto. Podría largarme ahora mismo sin que él se diese cuenta; no me oiría con tanto follón. Sin embargo, el aire nocturno es tan agradable que no soportaría regresar a mi agobiante jaula. ¿Y qué más da? ¿Qué más da si hablamos o no?
Avanzo sin hacer ruido por las baldosas; cuando estoy a un metro de él, le digo:
--Deberías estar durmiendo.
Él se sobresalta, pero no se vuelve, y veo que sacude un poco la cabeza.
--No quería perderme la fiesta. Al fin y al cabo, es por nosotros.
Me acerco a él y me asomo al borde: las amplias calles están llenas de gente bailando. Me esfuerzo por distinguir los detalles de sus figuras diminutas.
--¿Están disfrazados?
--¿Quién sabe? Teniendo en cuenta la locura de ropa que llevan aquí... ¿Tú tampoco podías dormir?
--No podía dejar de pensar --respondo.
--¿Piensas en tu familia?
--No --reconozco, sintiéndome un poco culpable--. No dejo de preguntarme qué pasará mañana, aunque no sirve de nada, claro. --Con la luz que llega de abajo puedo verle la cara, la extraña forma de cogerse las manos vendadas--. Siento mucho lo de las manos, de verdad.
--No importa, Katniss. De todos modos, no tenía ninguna oportunidad en los juegos.
--No debes pensar así.
--¿Por qué no? Es la verdad. Mi única esperanza es no avergonzar a nadie y... --vacila.
--¿Y qué?
--No sé cómo expresarlo bien. Es que... quiero morir siendo yo mismo. ¿Tiene sentido? --pregunta, y yo sacudo la cabeza. ¿Cómo va a morir siendo otra persona?--. No quiero que me cambien ahí fuera, que me conviertan en una especie de monstruo, porque yo no soy así. --Me muerdo el labio, sintiéndome inferior. Mientras yo cavilaba sobre la existencia de árboles, Peeta le daba vueltas a cómo mantener su identidad, su esencia.
--¿Quieres decir que no matarás a nadie? --le pregunto.
--No. Cuando llegue el momento estoy seguro de que mataré como todos los demás. No puedo rendirme sin luchar. Pero desearía poder encontrar una forma de... de demostrarle al Capitolio que no le pertenezco, que soy algo más que una pieza de sus juegos.
--Es que no eres más que eso, ninguno lo somos. Así funcionan los juegos.
--Vale, pero, dentro de ese esquema, tú sigues siendo tú y yo sigo siendo yo --insiste--. ¿No lo ves?
--Un poco. Aunque..., sin ánimo de ofender, ¿a quién le importa, Peeta?
--A mí. Quiero decir, ¿qué otra cosa me podría preocupar en estos momentos? --me pregunta, enfadado. Me mira a los ojos con sus penetrantes ojos azules, exigiendo una respuesta.
--Preocúpate por lo que dijo Haymitch --respondo, dando un paso atrás--. Por seguir vivo.
--Vale --responde él, esbozando una sonrisa triste y burlona--. Gracias por el consejo, preciosa. --Usa el tono condescendiente de Haymitch, es como si me hubiese dado un bofetón.
--Mira, si quieres pasarte las últimas horas de tu vida planeando una muerte noble en el estadio, es cosa tuya. Yo prefiero pasar las mías en el Distrito 12.
--No me sorprendería que lo hicieras. Dale recuerdos a mi madre cuando vuelvas, ¿vale?
--Puedes contar con ello. --Me vuelvo y bajo del tejado.
Me paso el resto de la noche dando cabezadas, imaginándome los comentarios cortantes que le haré a Peeta Mellark por la mañana. Peeta Mellark. Ya veremos lo noble y elevado que se vuelve cuando tenga que decidir entre la vida y la muerte. Seguramente se convertirá en uno de esos tributos bestiales, de los que intentan comerse el corazón de alguien después de matarlo. Hubo un tipo así hace unos cuantos años, Titus, del Distrito 6. Se volvió completamente salvaje y los Vigilantes tuvieron que derribarlo con pistolas eléctricas para recoger los cadáveres de los jugadores que había matado y evitar que se los comiera. En el estadio no hay reglas, pero el canibalismo no es del gusto del público del Capitolio, así que intentaron eliminarlo. Se especuló que la avalancha que acabó finalmente con Titus fue preparada para asegurarse de que el ganador no fuese un lunático.
·
No veo a Peeta por la mañana. Cinna viene a por mí antes del alba, me da una túnica sencilla y me acompaña al tejado. Los últimos preparativos se harán en las catacumbas, debajo del estadio en sí. Un aerodeslizador surge de la nada, igual que el del bosque el día que vi cómo capturaban a la chica pelirroja, y deja caer una escalera de mano. Pongo pies y manos en el primer escalón y, al instante, me quedo paralizada. Una especie de corriente me pega a la escalera hasta que me suben al interior.
Aunque me imaginaba que la escalera me soltaría al llegar, sigo pegada a ella y una mujer vestida con una bata blanca se me acerca con una jeringuilla.
--Es tu dispositivo de seguimiento, Katniss. Cuanto más quieta estés, mejor podré colocártelo --me explica.
¿Quieta? Soy una estatua. Sin embargo, eso no evita que note un dolor agudo cuando la aguja me introduce el dispositivo metálico debajo de la piel del antebrazo. Ahora los Vigilantes podrán localizarme en todo momento. No les gustaría perder a un tributo.
En cuanto el dispositivo está colocado, la escalera me suelta. La mujer desaparece y recogen a Cinna del tejado. Un chico avox se acerca y nos acompaña a una habitación donde han servido el desayuno. A pesar de la tensión que noto en el estómago, como todo lo que puedo, aunque los deliciosos manjares no me impresionan. Estoy tan nerviosa que podría estar comiendo polvo de carbón. Lo único que me distrae es la vista desde las ventanas: sobrevolamos la ciudad y después la zona deshabitada que hay más allá. Esto es lo que ven los pájaros, sólo que ellos son libres y están a salvo. Justo lo contrario que yo.
El viaje dura una media hora. Después se oscurecen las ventanas, lo que nos indica que llegamos al estadio. El aerodeslizador aterriza, y Cinna y yo volvemos a la escalera, aunque esta vez para bajar hasta un tubo subterráneo que da a las catacumbas. Seguimos las instrucciones para llegar a mi destino, una cámara donde realizar los preparativos. En el Capitolio la llaman la sala de lanzamiento. En los distritos la conocemos como el corral, donde guardan a los animales antes de llevarlos al matadero.
Todo está nuevo; yo seré la primera y única ocupante de esta sala de lanzamiento. Los campos de batalla son emplazamientos históricos y los conservan después de los juegos, destinos turísticos populares para los residentes del Capitolio: puedes pasar aquí un mes, volver a ver los juegos, hacer un recorrido por las catacumbas y visitar los lugares donde tuvieron lugar las muertes. Incluso puedes participar en reconstrucciones de los hechos.
Dicen que la comida es excelente.
Lucho por no vomitar el desayuno mientras me ducho y me lavo los dientes. Cinna me peina con mi sencilla trenza de siempre; después llega la ropa, la misma para cada tributo. Cinna no tiene nada que ver con mi traje, ni siquiera sabe qué hay en el paquete, pero me ayuda a vestirme con la ropa interior, los pantalones rojizos, la blusa verde claro, el robusto cinturón marrón y la fina chaqueta negra con capucha que me llega hasta los muslos.
--El material de la chaqueta está diseñado para aprovechar el calor corporal, así que te esperan noches frescas --me dice.
Las botas, que me coloco sobre unos calcetines muy ajustados, son mejores de lo que cabría esperar: cuero suave, parecidas a las que tengo en casa. Sin embargo, éstas tienen una suela de goma flexible con dibujos, perfectas para correr.
Cuando creo que ya he terminado, Cinna se saca del bolsillo la insignia del sinsajo dorado. Se me había olvidado por completo.
--¿De dónde lo has sacado? --le pregunto.
--Del traje verde que llevabas puesto en el tren --responde. Recuerdo que me lo quité del vestido de mi madre y me lo prendí a la camisa--. Es el símbolo de tu distrito, ¿no? --Asiento, y él me lo coloca en la camisa--. Casi no logra pasar por la junta de revisión. Algunos pensaban que podía usarse como arma y darte una ventaja injusta, pero, al final, lo aprobaron. Sí eliminaron un anillo de la chica del Distrito 1; si girabas la gema salía una punta envenenada. La chica decía que no tenía ni idea de que el anillo se transformase y no había pruebas que demostrasen lo contrario. De todos modos, ha perdido su símbolo. Bueno, ya está. Muévete, asegúrate de estar cómoda.
Camino, corro en círculo y agito los brazos.
--Sí, está bien. Me queda perfectamente.
--Entonces sólo queda esperar la llamada --me dice Cinna--. A no ser que puedas comer algo más.
Rechazo la comida, aunque acepto un vaso de agua que me bebo a traguitos mientras esperamos en el sofá. No quiero morderme las uñas ni los labios, así que acabo mordisqueándome el interior de la mejilla. Todavía noto las heridas que me hice hace unos días; no tardo en sangrar.
Los nervios se convierten en terror cuando empiezo a pensar en lo que me espera. Podría estar muerta, muerta del todo, en una hora o menos. Me toco de manera obsesiva el bultito duro del antebrazo, donde la mujer me inyectó el dispositivo de seguimiento. A pesar del dolor, lo aprieto tan fuerte que me hago un moratón.
--¿Quieres hablar, Katniss?
Sacudo la cabeza, pero, al cabo de un momento, le doy la mano y Cinna me la aprieta entre las suyas. Nos quedamos así sentados hasta que una agradable voz femenina nos anuncia que ha llegado el momento de prepararnos para el lanzamiento.
Todavía agarrada a las manos de Cinna, me acerco a la placa de metal redonda.
--Recuerda lo que dijo Haymitch: corre, busca agua. Lo demás saldrá solo --dice, y yo asiento--. Y recuerda una cosa: aunque no se me permite apostar, si pudiera, apostaría por ti.
--¿De verdad? --susurro.
--De verdad --afirma Cinna; después se inclina y me da un beso en la frente--. Buena suerte, chica en llamas.
Entonces me rodea un cilindro de cristal que nos obliga a soltarnos, que me obliga a separarme de él. Cinna se da unos golpecitos en la barbilla; quiere decir que mantenga la cabeza alta.
Levanto la barbilla y me quedo todo lo quieta que me es posible. El cilindro empieza a elevarse y, durante unos quince segundos, me encuentro a oscuras. Después noto que la placa metálica sale del cilindro y me lleva hasta la brillante luz del sol, que me deslumbra; sólo soy consciente de un viento fuerte que me trae un esperanzador aroma a pino.
En ese momento oigo la voz del legendario presentador Claudius Templesmith por todas partes:
--Damas y caballeros, ¡que empiecen los Septuagésimo Cuartos Juegos del Hambre!

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