domingo, 20 de mayo de 2012

Capitulo 26

Escupo las bayas y me limpio la lengua con el borde de la camisa para asegurarme de que no quede nada. Peeta tira de mí hacia el lago, donde los dos nos enjuagamos la boca y nos abrazamos, sin fuerzas.
--¿No te has tragado ninguna? --le pregunto.
--¿Y tú? --responde él, sacudiendo la cabeza.
--Supongo que no, porque sigo viva.
Veo que mueve los labios para contestar, pero no lo oigo con el rugido de la multitud del Capitolio, que sale en directo por los altavoces.
El aerodeslizador aparece sobre nosotros y de él caen dos escaleras, sólo que no pienso soltar a Peeta, de ninguna manera. Lo rodeo con un brazo para ayudarlo a subir, y los dos ponemos un pie en el primer travesano. La corriente eléctrica nos paraliza, de lo cual me alegro, porque no estoy segura de que Peeta pudiese quedarse colgado todo el viaje. Al subir estaba mirando hacia abajo, así que veo que, aunque nuestros músculos están inmóviles, nada corta el flujo de sangre de su pierna. Como cabía esperar, se desmaya en cuanto la puerta se cierra detrás de nosotros y la corriente eléctrica se detiene.
Todavía tengo agarrada la parte de atrás de su chaqueta con tanta fuerza que, cuando se lo llevan, se rompe, y me deja con un puñado de tela negra. Unos médicos vestidos con batas, máscaras y guantes blancos esterilizados ya están preparados para trabajar, para entrar en acción. Peeta está tan pálido y quieto sobre la mesa plateada, lleno de tubos y cables por todas partes, que, por un momento, olvido que hemos salido de los juegos y veo a los médicos como una amenaza más, otra manada de mutos diseñados para matarlo. Petrificada, me lanzo a salvarlo, pero me retienen y me empujan al interior de otro cuarto, con una puerta de cristal entre los dos. Nadie me hace caso, salvo un ayudante del Capitolio que aparece detrás de mí y me ofrece una bebida.
Me dejo caer en el suelo, con la cara contra la puerta, mirando el vaso de cristal que tengo en la mano sin entender nada. Está helado, lleno de zumo de naranja, con una pajita de borde decorado. Parece completamente fuera de lugar en mi mano sucia y ensangrentada, al lado de las cicatrices y las uñas llenas de tierra. Se me hace la boca agua con el olor, pero la dejo con cuidado en el suelo, sin confiar en nada tan limpio y bonito.
A través del cristal veo cómo los médicos trabajan sin parar en Peeta; fruncen el ceño, concentrados. Veo el flujo de líquidos que bombean por los tubos, y una pared llena de cuadrantes y luces que no significan nada para mí. No estoy segura, pero creo que se le para el corazón dos veces.
Es como estar en casa cuando traen a una persona destrozada sin remedio en el estallido de una mina, a una mujer en su tercer día de parto o a un niño malnutrido que lucha contra la neumonía; en esas ocasiones, mi madre y Prim suelen tener la misma expresión que los médicos. Ha llegado el momento de huir al bosque y esconderme entre los árboles hasta que el paciente haya desaparecido y, en otra parte de la Veta, los martillos se encarguen del ataúd. Sin embargo, estoy aquí, atrapada no sólo por las paredes del aerodeslizador, sino también por la misma fuerza que ata a los seres queridos de los moribundos. A menudo los he visto reunidos en torno a la mesa de nuestra cocina y he pensado: «¿Por qué no se van? ¿Por qué se quedan a mirar?».
Y ahora lo sé: porque no les queda otra alternativa.
Doy un salto cuando noto que alguien me mira a pocos centímetros, y me doy cuenta de que es mi reflejo en el cristal: ojos enloquecidos, mejillas huecas, pelo enredado; rabiosa, salvaje, loca. No es de extrañar que todos se mantengan a una distancia prudencial de mí.
Lo siguiente que sé es que hemos aterrizado en el tejado del Centro de Entrenamiento y que se llevan a Peeta, aunque a mí me dejan donde estoy. Me lanzo contra el cristal, chillando, y creo distinguir un atisbo de pelo rosa (tiene que ser Effie, Effie viene al rescate), cuando alguien me pincha por detrás con una aguja.
·
Cuando despierto me da miedo moverme. Todo el techo brilla con una suave luz amarilla, lo que me permite ver que estoy en una habitación en la que sólo está mi cama; ni puertas, ni ventanas a la vista. El aire huele a algo fuerte y antiséptico. Del brazo derecho me salen varios tubos que se meten en la pared que tengo detrás. Estoy desnuda, pero la ropa de cama me reconforta. Saco con precaución la mano derecha de la colcha: no sólo está limpia, sino que han arreglado las uñas en óvalos perfectos y las cicatrices de las quemaduras se notan menos. Me toco la mejilla, los labios, la cicatriz arrugada sobre la ceja y, cuando empiezo a pasarme los dedos por mi pelo de seda, me quedo helada. Me muevo el pelo con aprensión por encima de la oreja izquierda; no, no me lo he imaginado: puedo oír de nuevo.
Intento sentarme, pero algún tipo de correa de sujeción me rodea la cintura y sólo me deja levantarme unos centímetros. La restricción física hace que me entre el pánico, y me pongo a tirar y a retorcer las caderas para librarme de la correa; entonces se desliza una parte de la pared, como si fuese una puerta, y por ella entra la chica avox pelirroja con una bandeja. Al verla me calmo y dejo de forcejear. Quiero hacerle un millón de preguntas, aunque me da miedo que un exceso de confianza le cause problemas, porque está claro que me vigilan de cerca. Deja la bandeja sobre mis muslos y aprieta algo que me coloca en posición sentada. Mientras me arregla las almohadas, me atrevo a preguntarle algo; lo digo en voz alta, tan claro como me lo permite mi voz oxidada, para que no parezca que le cuento secretitos.
--¿Ha sobrevivido Peeta?
Ella asiente y, cuando me pone una cuchara en la mano, noto que me la aprieta como una amiga.
Supongo que, al fin y al cabo, no quería verme muerta. Y Peeta lo ha logrado; claro que lo ha logrado, con todo el equipo caro que tienen aquí. Sin embargo, no estaba segura hasta ahora.
Cuando se va la chica, la puerta se cierra sin hacer ruido detrás de ella y yo me vuelvo, hambrienta, hacia la bandeja: un cuenco de caldo claro, una pequeña ración de compota de manzana y un vaso de agua. «¿Ya está?», pienso, enfurruñada. ¿No debería ser mi comida de bienvenida un poco más espectacular? Al final descubro que apenas soy capaz de terminar lo poco que me han puesto. Es como si el estómago se me hubiese reducido al tamaño de una castaña, y me pregunto cuánto tiempo llevo inconsciente, porque la última mañana que pasé en el estadio no me costó nada comerme un desayuno considerable. Normalmente pasan unos días entre el final de la competición y la presentación del vencedor, de modo que puedan volver a convertir a un tributo muerto de hambre, herido y destrozado en una persona. Cinna y Portia andarán por aquí, creando nuestro vestuario para las apariciones públicas. Haymitch y Effie estarán disponiendo el banquete para los patrocinadores y revisando las preguntas de las últimas entrevistas. En casa, en el Distrito 12, estarán inmersos en el caos de organizar las celebraciones de bienvenida para Peeta y para mí, sobre todo porque las últimas fueron hace casi treinta años.
¡En casa! ¡Prim y mi madre! ¡Gale! Incluso la imagen del viejo gato zarrapastroso de Prim me hace sonreír. ¡Pronto estaré en casa!
Quiero salir de esta cama, ver a Peeta y Cinna, descubrir qué ha estado pasando. ¿Y por qué no? Me siento bien. Sin embargo, cuando empiezo a salir de la correa, noto que un líquido frío sale de uno de los tubos y se introduce por una de mis venas; pierdo la conciencia de forma casi inmediata.
Lo mismo sucede una y otra vez durante un periodo indefinido: me despierto, me alimentan y, aunque resisto el impulso de intentar escapar de la cama, me vuelven a dejar sin sentido. Es como estar en un extraño crepúsculo continuo. Sólo tomo nota de unas cuantas cosas: la chica avox no ha vuelto desde que me dio de comer la primera vez, mis cicatrices desaparecen y... ¿me lo he imaginado o he oído de verdad los gritos de un hombre? No con el acento del Capitolio, sino con la tosca cadencia de mi distrito. No puedo evitar tener la vaga sensación de que alguien cuida de mí, y eso me reconforta.
Entonces, por fin, llega un momento en que me despierto y no tengo nada clavado en el brazo derecho. También me han quitado la correa de la cintura y soy libre para moverme a mi gusto. Empiezo a levantarme, pero me detiene la visión de mis manos: la piel está perfecta, suave y reluciente. No sólo han desaparecido sin dejar rastro las cicatrices del campo de batalla, sino también las que había acumulado con los años de cazadora. Me toco la frente y parece de satén; cuando intento buscar la quemadura de la pantorrilla, no encuentro nada.
Saco las piernas de la cama, con los nervios de no saber si soportarán bien mi peso, y compruebo que están fuertes y preparadas. Al pie de la cama encuentro un traje que me hace estremecer, el mismo que llevábamos todos los tributos en el estadio. Me quedo mirándolo hasta que recuerdo que, obviamente, es lo que tengo que ponerme para saludar a mi equipo.
Me visto en menos de un minuto y toqueteo la pared, donde sé que está la puerta aunque no la vea, hasta que, de repente, se abre. Salgo a un pasillo amplio y vacío que no parece tener más puertas. No obstante, debe de haberlas, y detrás de una de ellas tiene que estar Peeta. Ahora que estoy consciente y en movimiento, mi preocupación por él aumenta por segundos. Si no estuviera bien, la avox me lo habría dicho, pero necesito verlo por mí misma.
--¡Peeta! --lo llamo, ya que no hay nadie a quien preguntar.
Oigo que alguien responde gritando mi nombre, aunque no es su voz, sino una que me provoca primero irritación y después impaciencia: Effie.
Me vuelvo y los veo a todos esperando en una gran sala al final del pasillo: Effie, Haymitch y Cinna. Salgo corriendo hacia ellos sin vacilar. Es posible que los vencedores deban ser más comedidos, más arrogantes, sobre todo cuando sabes que te están mirando, pero me da igual. Corro hacia ellos y me sorprendo a mí misma abrazando primero a Haymitch. Cuando me susurra al oído «buen trabajo, preciosa», no suena sarcástico. Effie está algo llorosa y no deja de darme palmaditas en el pelo y de hablar sobre cómo le decía a todo el mundo que éramos perlas. Cinna se limita a abrazarme con fuerza y no dice nada. Entonces veo que Portia no está y tengo un mal presentimiento.
--¿Dónde está Portia? ¿Con Peeta? Peeta está bien, ¿no? Quiero decir, que está vivo, ¿verdad?
--Está bien, pero quieren que os encontréis en directo durante la ceremonia --responde Haymitch.
--Ah, vale --respondo, y el horrible momento de temer que Peeta estuviese muerto se pasa de nuevo--. Supongo que es lo que yo querría ver.
--Ve con Cinna. Tiene que ponerte a punto --dice Haymitch.
Es un alivio estar a solas con Cinna, sentir su brazo protector sobre los hombros y alejarnos de las cámaras, recorrer algunos pasillos y llegar a un ascensor que nos conduce al vestíbulo del Centro de Entrenamiento. Eso quiere decir que el hospital está en el sótano, incluso debajo del gimnasio en el que los tributos practicábamos haciendo nudos y tirando lanzas. Las ventanas del vestíbulo están oscurecidas y un puñado de guardias lo vigilan todo. Nadie más nos ve llegar al ascensor de los tributos. Se oye el eco de nuestras pisadas en el vacío. Cuando subimos a la duodécima planta, me pasan por la cabeza las caras de todos los tributos que nunca regresarán y noto un nudo en la garganta.
Entonces se abren las puertas, y Venia, Flavius y Octavia me asaltan hablando tan deprisa y con tanta alegría que no consigo entender lo que dicen, aunque el sentido está claro: están realmente encantados de verme, y lo mismo me pasa a mí con ellos, aunque me emocionó mucho más ver a Cinna. Esto es más como alegrarse de ver a un trío de mascotas cariñosas al final de un día muy difícil.
Me llevan al comedor y me dan una comida de verdad (rosbif con guisantes y panecillos), aunque las raciones siguen estando controladas, porque, cuando pido repetir, me dicen que no.
--No, no y no. No quieren que lo eches todo en el escenario --responde Octavia, pero me da un panecillo más sin que nadie lo vea, por debajo de la mesa, para hacerme saber que está de mi parte.
Volvemos a mi habitación y Cinna desaparece durante un rato mientras el equipo de preparación me arregla.
--Oh, te han hecho un buen trabajo de pulido --dice Flavius con envidia--. No tienes ni un defecto en la piel.
Sin embargo, cuando me miro desnuda en el espejo sólo veo lo delgaducha que estoy. Bueno, seguro que estaba peor cuando salí del campo de batalla, pero puedo contarme las costillas sin ningún problema.
Seleccionan los ajustes de la ducha por mí y empiezan a arreglarme el pelo, las uñas y el maquillaje cuando termino. Charlan sin parar, así que apenas tengo que decir nada; eso está bien, porque no me siento muy habladora. Tiene gracia porque, aunque parloteen sobre los juegos, sus comentarios versan acerca de dónde estaban, qué hacían o cómo se sentían cuando sucedió algo en concreto: «¡Todavía estaba en la cama!», «¡Acababa de teñirme las cejas!», «¡Os juro que estuve a punto de desmayarme!». Todo gira en torno a ellos, no tiene nada que ver con los chicos que morían en el estadio.
En el Distrito 12 no nos regodeamos así en los juegos, sino que apretamos los dientes, miramos por obligación e intentamos volver a nuestras cosas lo antes posible en cuanto acaban. Para no odiar al equipo de preparación, consigo bloquear la mayor parte de su charla.
Cinna entra con lo que parece ser un vestido amarillo muy simple.
--¿Ya te has aburrido del tema de la «chica en llamas»?
--Dímelo tú --responde, y me lo mete por la cabeza. Al instante noto que ha rellenado la parte del pecho para añadir las curvas que el hambre me ha robado del cuerpo. Me llevo las manos a los senos y frunzo el ceño--. Ya lo sé --dice Cinna antes de que pueda protestar--, pero los Vigilantes querían modificarte quirúrgicamente. Haymitch tuvo una gran pelea con ellos y ésta fue la solución de compromiso. --Me detiene antes de que pueda mirarme en el espejo--. Espera, no te olvides de los zapatos.
Venia me ayuda a ponerme un par de sandalias de cuero planas y me vuelvo hacia el espejo.
Sigo siendo la «chica en llamas»: la fina tela del vestido despide un ligero brillo; el más leve movimiento del aire crea ondas. En comparación con éste, el traje del carro parece estridente, y el de la entrevista, demasiado artificial; ahora doy la impresión de haberme vestido con la luz de una vela.
--¿Qué te parece?
--Creo que es el mejor que has hecho hasta ahora.
Cuando consigo apartar la mirada de los destellos de la tela, me encuentro con una sorpresa: llevo el cabello suelto y echado atrás con una sencilla cinta; el maquillaje redondea y rellena mis ahora angulosas facciones; me han puesto esmalte transparente en las uñas; el vestido sin mangas está recogido a la altura de las costillas, no de la cintura, de modo que el relleno no afecta demasiado a mi figura; el borde me llega justo a las rodillas; al no llevar tacones, tengo mi estatura real. En resumidas cuentas, parezco una chica, una chica joven, de catorce años como mucho, inocente e inofensiva. Sí, me sorprende que Cinna haya decidido sacar esto, teniendo en cuenta que acabo de ganar los juegos.
Se trata de una imagen muy estudiada, porque Cinna nunca deja nada al azar. Me muerdo el labio, intentando averiguar sus motivos.
--Creía que sería algo más... sofisticado --le digo.
--Supuse que a Peeta le gustaría más esto --responde él, con precaución.
¿Peeta? No, no es por Peeta. Es por el Capitolio, los Vigilantes y la audiencia. Aunque no entiendo todavía el diseño de Cinna, me recuerda que los juegos todavía no han terminado por completo. Además, noto una advertencia debajo de su benévola respuesta. Me advierte sobre algo que no puede mencionar ni siquiera delante de su propio equipo.
Bajamos en el ascensor hasta la planta donde nos entrenamos. La costumbre es que el vencedor y su equipo de preparación salgan al escenario en una plataforma elevada. Primero el equipo de preparación, seguido por el acompañante, el estilista, el mentor y, finalmente, el vencedor. Como este año somos dos vencedores que comparten acompañante y mentor, han tenido que reorganizarlo todo. Me encuentro en una parte mal iluminada bajo el escenario. Han instalado una nueva plataforma de metal para elevarme; todavía se ven pequeños montoncitos de serrín y huele a pintura fresca. Cinna y el equipo de preparación se van para ponerse sus trajes y colocarse en su sitio, así que me quedo sola. En la penumbra veo una pared improvisada a unos nueve metros de mí; supongo que Peeta estará detrás.
El rugido de la multitud es tan ensordecedor que no me doy cuenta de la llegada de Haymitch hasta que me toca el hombro y doy un bote, sobresaltada; supongo que parte de mí sigue en el estadio.
--Tranquila, soy yo. Deja que te eche un vistazo --dice. Levanto los brazos y doy una vuelta--. No está mal.
--¿Pero? --pregunto, porque no ha sido un gran cumplido.
--Pero nada. ¿Qué tal un abrazo de buena suerte? --responde él, después de examinar mi mohoso lugar de espera y tomar una decisión.
Vale, es una petición extraña viniendo de él, pero, al fin y al cabo, hemos ganado; quizás un abrazo sea lo más apropiado. Sin embargo, cuando le rodeo el cuello con los brazos, me encuentro atrapada por los suyos y me empieza a hablar muy deprisa y muy bajito al oído, con los labios ocultos por mi pelo.
--Escucha, tienes problemas. Se dice que el Capitolio está furioso por la manera en que los habéis dejado en ridículo en el estadio. Si hay algo que no soportan es que se rían de ellos, y ahora son el hazmerreír de Panem --me dice Haymitch.
Siento que el miedo me corre por las venas, pero me río como si me dijese algo encantador, porque no tengo nada que me oculte la boca.
--¿Y qué?
--Tu única defensa sería que estuvieses tan loca de amor que no fueses responsable de tus acciones. --Haymitch se aparta y me arregla la cinta del pelo--. ¿De acuerdo, preciosa?
Podría estar hablando de cualquier cosa.
--De acuerdo. ¿Se lo has dicho a Peeta?
--No hace falta. Él lo tiene claro.
--Pero ¿crees que yo no? --pregunto, aprovechando la oportunidad para enderezar la pajarita de color rojo intenso que Cinna debe de haberle obligado a llevar.
--¿Y desde cuándo importa lo que yo crea? Será mejor que ocupemos nuestros puestos. --Me conduce al círculo de metal--. Es tu noche, preciosa, disfrútala.
Me da un beso en la frente y desaparece en la penumbra.
Me tiro de la falda deseando que fuese más larga para tapar lo mucho que me chocan las rodillas. Entonces me doy cuenta de que no tendría sentido, porque todo el cuerpo me tiembla como una hoja. Con suerte, lo atribuirán a la emoción. Al fin y al cabo, es mi noche.
El olor a humedad y moho que hay debajo del escenario amenaza con ahogarme. Noto un sudor frío y pegajoso en la piel y no puedo evitar la sensación de que las tablas que tengo encima están a punto de derrumbarse, de enterrarme viva debajo de los escombros. Después de salir del campo de batalla, después de las trompetas, se suponía que estaría a salvo para siempre, para el resto de mi vida. Sin embargo, si lo que dice Haymitch es cierto (y no tiene razones para mentir), nunca he corrido tanto peligro como ahora.
Es mucho peor que la caza del estadio, porque allí podía morir y ya está, fin de la historia. Aquí podrían castigar a Prim, a mi madre, a Gale, a la gente del Distrito 12, a todas las personas que me importan, si no consigo hacer creíble el escenario de chica-loca-de-amor que Haymitch ha sugerido.
Bueno, aún tengo una oportunidad. Qué curioso, cuando saqué las bayas en el estadio sólo pensaba en ser más lista que los Vigilantes, no en lo mal que haría quedar al Capitolio con mis acciones. Pero los Juegos del Hambre son su arma y se supone que no puedes vencerlos, así que ahora el Capitolio actuará como si hubiese controlado la situación desde el principio, como si lo dirigiese todo, suicidio doble incluido. Claro que, para que eso funcione, tengo que seguirles el juego.
Y Peeta... Peeta también sufrirá si la actuación no sale bien. Pero ¿qué ha respondido Haymitch cuando le he preguntado si se lo había explicado a Peeta, que tenía que fingir estar loco de amor por mí?
«No hace falta, él lo tiene claro.»
¿Tiene claro lo que está pasando, como siempre, y es muy consciente del peligro que corremos? ¿O... tiene claro que está loco de amor por mí? No lo sé, ni siquiera he empezado a ordenar lo que siento por Peeta, es demasiado complicado. No sé qué hice como parte de los juegos, qué hice por odio al Capitolio, qué hice para que lo vieran en el Distrito 12, qué hice porque era lo correcto y qué hice porque este chico me importa.
Son preguntas que debo resolver en casa, en la tranquilidad y el sosiego del bosque, cuando no me vea nadie, pero no aquí, con todos los ojos del país clavados en mí. Sin embargo, no disfrutaré de ese lujo durante vete a saber cuánto tiempo y, ahora mismo, la parte más peligrosa de los Juegos del Hambre está a punto de empezar.

1 comentario: