domingo, 20 de mayo de 2012

Capitulo 18

El chico del Distrito 1 muere antes de poder sacar la lanza. Mi flecha se le clava en el centro del cuello, y él cae de rodillas y reduce el poco tiempo que le queda de vida al sacarse la flecha y ahogarse en su propia sangre. Yo ya he recargado y muevo el arco de un lado a otro, mientras le grito a Rue:
--¿Hay más? ¿Hay más?
Tiene que repetirme varias veces que no antes de que la oiga.
Rue ha rodado por el suelo con el cuerpo acurrucado sobre la lanza. Aparto de un empujón el cadáver del chico y saco el cuchillo para liberarla de la red. Con sólo echarle un vistazo a la herida sé que está más allá de mis conocimientos de sanadora, y seguramente esté más allá de los conocimientos de cualquiera. La punta de la lanza se ha clavado hasta el fondo en su estómago. Me agacho a su lado y miro el arma con impotencia; no tiene sentido consolarla con palabras, decirle que se pondrá bien, porque no es idiota. Alarga una mano y me aferró a ella como si fuese un salvavidas, como si fuese yo la que se muere, y no Rue.
--¿Volaste la comida en pedazos? --susurra.
--Hasta el último trocito.
--Vas a ganar.
--Lo haré. Ahora voy a ganar por las dos --le prometo. Oigo un cañonazo y levanto la vista; debe de ser por el chico del Distrito 1.
--No te vayas --me pide, apretándome la mano.
--Claro que no, me quedo donde estoy.
Me acerco más a ella y le apoyo la cabeza en mi regazo. Después le aparto unos tupidos mechones de pelo oscuro de la cara y se los recojo tras la oreja.
--Canta --dice, aunque apenas la oigo.
«¿Cantar? --pienso--. ¿Cantar el qué?»
Me sé unas cuantas canciones porque, aunque resulte difícil de creer, en mi hogar hubo música una vez, música que yo ayudé a crear. Mi padre siempre me animaba con esa voz tan maravillosa que tenía, pero no he cantado desde su muerte, salvo cuando Prim se pone muy enferma. Entonces canto las mismas canciones que le gustaban cuando era un bebé.
Cantar. Las lágrimas me han hecho un nudo en la garganta, y estoy ronca por el humo y la fatiga, pero si es la última voluntad de Prim, digo, de Rue, tengo que intentarlo, por lo menos. La canción que me viene a la cabeza es una nana muy sencilla, una que cantamos a los bebés nerviosos y hambrientos para que se duerman. Creo que es muy, muy antigua, alguien se la inventó hace muchos años, en nuestras colinas; es lo que mi profesor de música llama un aire de montaña. Sin embargo, las palabras son fáciles y tranquilizadoras, prometen un mañana más feliz que este horrible trozo de tiempo en el que nos encontramos.
Toso un poco, trago saliva y empiezo:
·
·  En lo más profundo del prado, allí, bajo el sauce,
·  hay un lecho de hierba, una almohada verde suave;
·  recuéstate en ella, cierra los ojos sin miedo
·  y, cuando los abras, el sol estará en el cielo.
·
·  Este sol te protege y te da calor,
·  las margaritas te cuidan y te dan amor,
·  tus sueños son dulces y se harán realidad
·  y mi amor por ti aquí perdurará.
·
Rue ha cerrado los ojos. Todavía se le mueve el pecho, pero cada vez con menos fuerza. Dejo que se me deshaga el nudo de la garganta y fluyan mis lágrimas, pero tengo que terminar la canción para ella.
·
·  En lo más profundo del prado, bien oculta,
·  hay una capa de hojas, un rayo de luna.
·  Olvida tus penas y calma tu alma,
·  pues por la mañana todo estará en calma.
·
·  Este sol te protege y te da calor,
·  las margaritas te cuidan y te dan amor.
·
Los últimos versos son apenas audibles:
·
·  Tus sueños son dulces y se harán realidad
·  y mi amor por ti aquí perdurará.
·
Todo queda en silencio; entonces, de una manera que resulta casi inquietante, los sinsajos repiten mi canción.
Me quedo sentada un momento, viendo cómo mis lágrimas caen sobre su cara. Suena el cañonazo de Rue, y yo me inclino sobre ella y le doy un beso en la sien. Despacio, como si no quisiera despertarla, dejo su cabeza en el suelo y le suelto la mano.
Seguro que quieren que me vaya para poder recoger los cadáveres, y ya no hay ninguna razón para que me quede. Pongo boca abajo el cadáver del chico del Distrito 1, le quito la mochila y le arranco la flecha que le ha quitado la vida. Después corto las correas de la mochila de Rue, porque sé que ella habría querido que me la llevase, pero no le saco la lanza del estómago. Las armas que estén dentro de los cadáveres se transportan con ellos al aerodeslizador; no necesito una lanza, así que, cuanto antes desaparezca del estadio, mejor.
No puedo dejar de mirar a Rue. Parece más pequeña que nunca, un cachorrito acurrucado en un nido de redes. Me resulta imposible abandonarla así; aunque ya no vaya a sufrir más daño, da la impresión de estar completamente indefensa. El chico del Distrito 1 también parece vulnerable, ahora que está muerto, así que me niego a odiarlo; a quien odio es al Capitolio por hacernos todo esto.
Oigo la voz de Gale; sus desvaríos sobre el Capitolio ya no me parecen inútiles, ya no puedo hacerles caso omiso. La muerte de Rue me ha obligado a enfrentarme a mi furia contra la crueldad, contra la injusticia a la que nos someten. Sin embargo, aquí me siento todavía más impotente que en casa, pues no hay forma de vengarme del Capitolio, ¿verdad?
Entonces recuerdo las palabras de Peeta en el tejado: «Pero desearía poder encontrar una forma de... de demostrarle al Capitolio que no le pertenezco, que soy algo más que una pieza de sus juegos».
Por primera vez, entiendo lo que significa.
Quiero hacer algo ahora mismo, aquí mismo, algo que los avergüence, que los haga responsables, que les demuestre que da igual lo que hagan o lo que nos obliguen a hacer, porque siempre habrá una parte de cada uno de nosotros que no será suya. Tienen que saber que Rue era algo más que una pieza de sus juegos, igual que yo misma.
A pocos pasos de donde estamos hay un lecho de flores silvestres. En realidad, quizá sean malas hierbas, pero tienen flores con unos preciosos tonos de violeta, amarillo y blanco. Recojo un puñado y regreso con Rue; poco a poco, tallo a tallo, decoro su cuerpo con las flores: cubro la fea herida, le rodeo la cara, le trenzo el pelo de vivos colores.
Tendrán que emitirlo o, si deciden sacar otra cosa en este preciso momento, tendrán que volver aquí cuando recojan los cadáveres, y así todos la verán y sabrán que lo hice yo. Doy un paso atrás y miro a la niña por última vez; lo cierto es que podría estar dormida de verdad en ese prado.
--Adiós, Rue --susurro.
Me llevo los tres dedos centrales de la mano izquierda a los labios y después la apunto con ellos. Me alejo sin mirar atrás.
Los pájaros guardan silencio. En algún lugar, un sinsajo silba la advertencia que precede a un aerodeslizador; no sé cómo lo sabe, debe de oír cosas que los humanos no podemos. Me detengo y clavo la vista en lo que tengo delante, no en lo que sucede detrás de mí. No tardan mucho; después continúa el canto de siempre de los pájaros y sé que ella se ha ido.
Otro sinsajo, con aspecto de ser joven, aterriza en una rama delante de mí y entona la melodía de Rue. Mi canción y el deslizador eran demasiado extraños para que este novicio los repitiese, pero ha dominado el puñado de notas de la niña, las que significan que está a salvo.
--Sana y salva --digo al pasar bajo su rama--. Ya no tenemos que preocuparnos por ella.
Sana y salva.
No tengo ni idea de qué dirección tomar. Ya se ha desvanecido aquella vaga sensación de estar en casa de la que disfruté la noche que pasé con Rue. Mis pies me llevan por donde quieren hasta que se pone el sol, y yo no tengo miedo, ni siquiera estoy alerta, lo que me convierte en una presa fácil, salvo por el detalle de que mataría a cualquiera que se me pusiera delante. Sin emoción y sin que me temblasen las manos. El odio que siento por el Capitolio no ha templado en absoluto el odio que siento por mis competidores, sobre todo por los profesionales. Al menos a ellos puedo hacérselas pagar por la muerte de mi amiga.
Sin embargo, nadie aparece. Ya no quedamos muchos en el estadio y, dentro de nada, se inventarán otro truco para juntarnos. No obstante, ya habrán tenido suficiente sangre por hoy, y quizá nos permitan dormir.
Cuando estoy a punto de subir mis mochilas a un árbol para acampar, un paracaídas plateado aterriza a mis pies. Un regalo de un patrocinador. ¿Por qué ahora? Me va bastante bien con mis suministros; quizá Haymitch haya notado mi abatimiento e intente animarme un poco. ¿O será algo para mi oído?
Abro el paracaídas y encuentro una pequeña barra de pan, no del elegante pan blanco del Capitolio, sino hecho con las raciones de cereal oscuro, con forma de media luna y cubierto de semillas. Recuerdo la lección de Peeta en el Centro de Entrenamiento sobre los distintos panes de los distritos: este pan es del Distrito 11. Lo sostengo con cuidado: todavía está caliente. ¿Cuánto debe de haberle costado a la gente del Distrito 11, que ni siquiera tiene con que alimentarse? ¿Cuántas personas tendrán que pasar hambre por haber dado una moneda para la colecta en la que se ha comprado este pan? Seguro que pensaban dárselo a Rue, pero, en vez de retirar el regalo con su muerte, le han dado autorización a Haymitch para dármelo a mí. ¿A modo de agradecimiento? ¿O porque, como a mí, no les gusta dejar deudas sin saldar? Sea por lo que sea, es la primera vez que ocurre: nunca antes un distrito le ha dado un regalo a un tributo que no le pertenece.
Alzo la cabeza y procuro colocarme en un punto iluminado por los últimos rayos de sol.
--Mi agradecimiento a la gente del Distrito 11 --digo.
Quiero que sepan que soy consciente de quién me ha hecho el regalo, que he entendido todo lo que significa.
Me subo a un árbol y trepo a una altura peligrosa, aunque no por seguridad, sino para alejarme todo lo posible de este día. Mi saco de dormir está bien doblado dentro de la mochila de Rue. Mañana ordenaré las provisiones; mañana decidiré un nuevo plan. Sin embargo, esta noche sólo soy capaz de amarrarme con el cinturón y darle mordisquitos al pan. Está bueno. Sabe a casa.
El sello no tarda en aparecer, seguido del himno, que sólo oigo con el oído derecho. Veo al chico del Distrito 1 y a Rue; nada más por hoy.
«Quedamos seis --pienso--. Sólo seis.»
Con el pan todavía entre las manos, me quedo dormida de inmediato.
·
A veces, cuando las cosas van especialmente mal, mi cerebro me regala un sueño feliz: una visita a mi padre en el bosque o una hora de sol y tarta con Prim. Esta noche me envía a Rue, todavía cubierta de flores, subida a un alto mar de árboles, intentando enseñarme a hablar con los sinsajos. No veo ni rastro de sus heridas, ni sangre; sólo una niña brillante y sonriente. Canta canciones que no he oído nunca con una voz clara y melódica, una y otra vez, durante toda la noche. Paso por un periodo intermedio de duermevela en el que oigo las últimas notas de su música, aunque ella ya se ha perdido entre las hojas. Cuando me despierto del todo, me siento reconfortada durante un momento; intento aferrarme a la sensación de tranquilidad del sueño, pero se va rápidamente, y me deja más triste y sola que nunca.
Me pesa todo el cuerpo, como si me corriese plomo líquido por las venas. He perdido la voluntad necesaria hasta para las tareas más sencillas. Me limito a quedarme donde estoy, contemplando sin parpadear el dosel de hojas. Me paso varias horas sin moverme y, como siempre, es la imagen de la cara de preocupación de Prim viéndome en pantalla lo que me saca de mi letargo.
Empiezo por una serie de órdenes fáciles, como: «Ahora tienes que sentarte, Katniss. Ahora tienes que beber agua, Katniss». Sigo las órdenes con lentos movimientos robóticos. «Ahora tienes que ordenar las provisiones, Katniss.»
En la mochila de Rue está mi saco de dormir, su bota de agua casi vacía, un puñado de nueces y raíces, un poco de conejo, sus calcetines de recambio y su honda. El chico del Distrito 1 tiene varios cuchillos, dos cabezas de lanza de repuesto, una linterna, un saquito de cuero, un botiquín de primeros auxilios, una botella llena de agua y una bolsa de fruta desecada. ¡Una bolsa de fruta desecada! De todas las cosas que podría haber cogido, se le ocurre llevarse esto. Para mí es una señal de extrema arrogancia: ¿por qué molestarse en llevar comida cuando tienes todo un botín en el campamento, cuando matas con tanta rapidez a tus enemigos que puedes estar de vuelta antes de que te entre hambre? Sólo espero que los demás profesionales viajasen igual de ligeros en lo tocante a la comida y ahora no tengan nada.
Hablando de lo cual, mis suministros también empiezan a menguar. Me acabo el pan del Distrito 11 y lo que queda del conejo. Hay que ver lo deprisa que desaparece la comida; sólo me quedan las raíces y nueces de Rue, la fruta desecada del chico y una tira de cecina.
«Ahora tienes que cazar, Katniss», me digo.
Obedezco y meto las provisiones que me interesan en mi mochila. Después, bajo del árbol, y escondo los cuchillos y las puntas de lanza del chico bajo una pila de rocas para que nadie más pueda usarlas. Me he desorientado con todas las vueltas que di ayer por la noche, pero intento volver en la dirección aproximada del arroyo. Sé que voy por buen camino cuando me encuentro con la tercera fogata de Rue, la que no llegó a encender. Poco después descubro una bandada de gransos en un árbol y derribo a tres antes de que puedan reaccionar. Vuelvo a la fogata de Rue y la enciendo, sin preocuparme por el exceso de humo.
«¿Dónde estás, Cato? --pienso, mientras aso los pájaros y las raíces de Rue--. Te estoy esperando.»
¿Quién sabe dónde estarán los profesionales? Demasiado lejos para alcanzarme, demasiado seguros de que les he preparado una trampa o... ¿Será posible que les dé miedo? Saben que tengo el arco y las flechas, claro, porque Cato me vio quitárselas a Glimmer, pero ¿habrán sabido unir los puntos? ¿Sabrán que yo hice volar las provisiones y maté a su compañero? Seguramente creen que esto último lo hizo Thresh. ¿No sería más probable que él vengase la muerte de Rue, y no yo, ya que son del mismo distrito? Aunque tampoco parecía muy interesado en ella...
¿Y la Comadreja? ¿Se quedó para ver cómo estallaba el alijo? No, cuando la encontré riendo entre las cenizas, a la mañana siguiente, era como si alguien le hubiese dado una bonita sorpresa.
Dudo que crean que Peeta encendió las hogueras, porque para Cato es como si estuviera muerto. De repente, se me ocurre que me gustaría poder contarle a Peeta lo de las flores que coloqué sobre Rue, que ya entiendo lo que intentaba decirme en el tejado. Quizá si gana los juegos podrá verlo la noche de la victoria, cuando repongan los mejores momentos de la competición en una pantalla sobre el escenario en el que hicimos las entrevistas. El ganador se sienta en el lugar de honor de la plataforma, rodeado por su equipo de apoyo.
Pero le dije a Rue que yo ganaría por las dos y, por algún motivo, me parece más importante eso que la promesa que le hice a Prim.
Ahora creo de corazón que tengo la oportunidad de lograrlo, de ganar. No es sólo por las flechas o por haber sido más lista que los profesionales unas cuantas veces, aunque eso ayuda, sino porque pasó algo cuando sostenía la mano de Rue, cuando veía cómo se le iba la vida. Estoy decidida a vengarla, a impedir que olviden su muerte, y sólo puedo conseguirlo si gano e impido que me olviden a mí.
Aso demasiado los pájaros, con la esperanza de que aparezca alguien a quien disparar, pero nada. Quizá los demás tributos estén demasiado ocupados matándose a palos, lo que no me iría mal. Desde el baño de sangre, he aparecido en pantalla más veces de las que me gustaría.
Al final envuelvo la comida y vuelvo al arroyo para recoger agua y algunas plantas, pero la pesadez de esta mañana me ataca de nuevo y, aunque no es más que última hora de la tarde, me subo a un árbol y me preparo para dormir. Mi cerebro empieza a revivir los acontecimientos de ayer: veo a Rue atravesada por la lanza, y mi flecha en el cuello del chico. No sé por qué debería preocuparme por lo que le hice al chico.
Entonces me doy cuenta de que es mi primer asesinato.
Junto con las otras estadísticas que se hacen públicas para ayudar a la gente con sus apuestas, cada tributo tiene una lista de asesinatos. Supongo que, técnicamente, me habrán apuntado el de Glimmer y el de la chica del Distrito 4, por haberles tirado el nido de avispas. Pero el chico del Distrito 1 ha sido la primera persona a la que he matado conscientemente. Numerosos animales han muerto a mis manos, pero sólo una persona. Oigo decir a Gale: «¿De verdad hay tanta diferencia?».
El acto en sí se parece tanto que resulta sorprendente: tensas el arco y disparas una flecha. Sin embargo, el resultado no tiene nada que ver; he matado a un chico que no sé ni cómo se llama. Sus amigos clamarán por mi sangre, quizá tuviese una novia que realmente creyera que volvería a verlo...
Pero cuando pienso en el cuerpo inmóvil de Rue, consigo apartar al chico de mi mente; al menos, por ahora.
Según el cielo, hoy no ha pasado nada importante, no ha habido muertes. Me pregunto cuánto tardarán en provocar la siguiente catástrofe para unirnos. Si va a ser esta noche, quiero dormir un poco primero, así que me tapo la oreja buena para no oír el sonido del himno, aunque después sí oigo las trompetas y me siento de golpe, a la espera.
Normalmente, la única información que reciben los tributos del exterior es el recuento diario de muertes. Sin embargo, de vez en cuando, tocan las trompetas para hacer un anuncio; lo más común es que se trata de una invitación a un banquete. Cuando la comida escasea, los Vigilantes llaman a los jugadores para que participen en una comilona celebrada en un lugar conocido por todos, como la Cornucopia, animándolos así a que se reúnan y luchen. A veces es un banquete de verdad, mientras que otras se trata de una hogaza de pan rancio por la que competir. Yo no iría a por comida, pero podría ser el momento ideal para acabar con unos cuantos rivales.
La voz de Claudius Templesmith retumba en el cielo, felicitándonos a los seis que quedamos, pero no nos invita a un banquete, sino que dice algo muy extraño: han cambiado una regla de los juegos. ¡Han cambiado una regla! Por sí solo, eso ya es alucinante, porque no tenemos ninguna regla propiamente dicha, salvo que no podemos salir del círculo inicial hasta pasados sesenta segundos y la regla implícita de no comernos entre nosotros. Según la nueva regla, los dos tributos del mismo distrito se declararán vencedores si son los últimos supervivientes. Claudius hace una pausa, como si supiera que no lo estamos entendiendo, y repite la regla otra vez.
Asimilo la noticia: este año pueden ganar dos tributos, siempre que sean del mismo distrito. Los dos pueden vivir; los dos podemos vivir.
Antes de poder evitarlo, grito el nombre de Peeta.

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