miércoles, 18 de marzo de 2015

14 de Enero de 1992

Querido amigo:

Me siento como un gran farsante porque he
estado recomponiendo mi vida sin que nadie lo
sepa. Es difícil sentarme en mi habitación y
leer, como he hecho siempre. Es difícil hasta
hablar con mi hermano por teléfono. Su equipo
acabó tercero a nivel nacional. Nadie le dijo que
nos perdimos el partido en directo por mi culpa.
Fui a la biblioteca y saqué un libro porque
me estaba empezando a asustar. De vez en
cuando las cosas empezaban a moverse otra
vez, y los sonidos se volvían graves y huecos. Y
no podía hacer una frase completa. El libro
decía que a veces la gente toma LSD y no acaba
de salir de la experiencia. Decía que aumentaba
cierto tipo de transmisor cerebral. Decía que
fundamentalmente la droga provoca doce horas
de esquizofrenia, y si tú ya tienes bastante de
este tipo de transmisor cerebral, no te la quitas
de encima.
Se me empezó a acelerar la respiración en
la biblioteca. Era terrible, porque me acordaba
de algunos de los niños esquizofrénicos del
hospital cuando era pequeño. Y no ayudó a
mejorar las cosas el que ese fuera el día después
de que me diera cuenta de que todos los chicos
llevaban puesta la ropa nueva que les habían
regalado por Navidad, así que decidí llevar al
instituto el traje nuevo de Patrick, y me
estuvieron tomando el pelo despiadadamente
durante nueve horas seguidas. Fue un día
malísimo. Me salté una clase por primera vez en
mi vida y fui a encontrarme con Sam y Patrick
afuera.
—Qué distinguido, Charlie —dijo Patrick,
sonriendo.
—¿Puedo pedirte un cigarrillo? —dije. No
pude decir «gorronearte un piti». No siendo mi
primer cigarrillo. Simplemente, no pude.
—Claro —dijo Patrick.
Sam lo detuvo.
—¿Qué te pasa, Charlie?
Les conté lo que me pasaba, lo que movió a
Patrick a preguntarme insistentemente si había
tenido un «mal viaje».
—No. No. No es eso —me estaba
empezando a enfadar de verdad.
Sam me rodeó los hombros con el brazo y
dijo que sabía lo que me pasaba. Me dijo que no
debía preocuparme. Que una vez que lo haces,
recuerdas cómo te parecían las cosas. Nada más.
Por ejemplo, cómo la carretera se llenaba de
olas. Y cómo tu cara era de plástico y tus ojos
tenían distinto tamaño. Está todo en tu mente.
Entonces fue cuando me dio el cigarrillo.
Cuando lo encendí, no tosí. La verdad es
que me pareció relajante. Sé que es malo,
hablando en términos de la clase de Salud, pero
era cierto.
—Ahora, concéntrate en el humo —dijo
Sam.Y me concentré en el humo.
—Vale, parece normal, ¿verdad?
—Ajá —creo que dije.
—Ahora mira al cemento del patio. ¿Se está
moviendo?
—Ajá.
—Vale... Ahora fíjate en el trozo de papel.
Y me concentré en el trozo de papel que
estaba en el suelo.
—¿Se está moviendo el cemento ahora?
—No. No lo hace.
Desde «ahí lo tienes» hasta «se te va a
pasar», hasta «probablemente no deberías
volver a tomar ácido», Sam pasó a explicar lo
que llamó «el trance». El trance ocurre cuando
no te concentras en nada, y todo el panorama te
absorbe y se mueve a tu alrededor. Dijo que
normalmente era metafórico, pero para la gente
que no debería volver a tomar ácido, era literal.
Ahí fue cuando empecé a reírme. Me sentí
aliviadísimo. Y Sam y Patrick sonrieron. Me
alegré de que ellos también empezaran a
sonreír, porque no podía soportar sus caras de
preocupación.
En general, las cosas han dejado de
moverse desde entonces. No me he vuelto a
saltar otra clase. Y supongo que ahora no me
siento como un gran farsante por intentar
recomponer mi vida. A Bill, mi redacción sobre
El guardián entre el centeno (¡que escribí en mi
nueva máquina de escribir antigua!) le ha
parecido la mejor hasta ahora. Ha dicho que
estoy «progresando» a gran velocidad y me ha
dado otro tipo de libro como «recompensa». Es
En el camino, de Jack Kerouac.
Ahora fumo hasta diez cigarrillos al día.

Con mucho cariño,
Charlie.

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